Domingo de Resurrección. Año A. La resurrección nos cambia la vida
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: Él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.
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Homilía Domingo de Resurrección. Año A.
Domingo 5 de abril
(Esta homilía está escrita sobre el evangelio del domingo,
distinto del evangelio de la Vigilia Pascual)
Desde hace muchos años uso agendas. Me parecen que me ayudan a ordenar la semana, mis tiempos y actividades. A veces la agenda está llena de cosas. A veces, está más vacía. A veces solamente tiene el nombre de alguien que está de cumpleaños. Me gusta el hecho de que la agenda se adapta a mi ritmo de vida y no viene con actividades impresas. Si surge un imprevisto, algo se borra o se reagenda. Es como la experiencia de la resurrección. Viene de improviso, no la vimos llegar, y nos obliga a readecuar nuestras expectativas y nuestra forma de llevar la vida. Algo similar les pasó a los seguidores y seguidoras de Jesús.
El evangelio nos presenta a tres personajes centrales para las primeras comunidades cristianas: María de Magdala, Pedro y el discípulo amado. María Magdalena es la primera en levantarse, es la única que se muestra genuinamente preocupada al comienzo. Es como cuando tenemos una preocupación en nuestras vidas. Nos desvelamos o, por lo menos, nos cuesta conciliar el sueño. María, estando todavía oscuro, va al sepulcro a prestar su respeto a su amigo y maestro. Ella es la primera testigo del evento de la resurrección. El texto no nos dice qué es lo que pensó; sin embargo, sí nos dice lo que vio: La piedra del sepulcro, que separa la vida de la muerte, no estaba en su lugar. Y ella sale al encuentro de otros dos personajes a contarles que en la resurrección no hay muerte, que por la resurrección la vida se prolonga, que ya no hay una piedra que oscurezca nuestras vidas, porque todo es luz y vida en Cristo resucitado. Pero tiene un susto, que es humano, no sabe dónde han puesto a su señor. Los versículos siguientes nos dirán que se encontró con el maestro, que la llamó por su nombre, que compartió con ella, la gracia de la resurrección.
Pedro y el discípulo amado corren a ver lo que ha sucedido. ¿Quién corre más rápido? El discípulo al que Jesús amaba. ¡Obvio! El amor lo impulsa. Él es testigo de que la muerte no aprisiona a Jesús, porque ve las ropas con las que envolvieron el cuerpo muerto de Jesús a un lado. La vida se ha desatado. Ni la piedra, ni las ropas detienen a la vida que se nos regala. Pero él no entra. Se queda expectante. El tercero en escena es Pedro, que llegó más tarde que vio lo mismo que los otros dos, pero sí se atrevió a entrar al sepulcro y lo encontró vacío. De Pedro no se dice mucho más. Sin embargo, en este momento, el discípulo amado que se había tomado su tiempo para evaluar la situación, se adelanta de corazón, porque “cree”.
Los tres han compartido con Jesús su vida pública. Los tres lo acompañaron en la cena. Los tres están en el relato de la cruz. Los tres van al sepulcro. Pero hasta ahí, la resurrección les parece un relato complejo. No entienden de qué se trata. El único que “cree” es el discípulo amado. El amor lo anima a creer. El amor le permite cambiar su percepción del mundo y de la vida.
La preocupación, la urgencia, la perplejidad son tres actitudes frente a la vida. Nos podemos vivir la vida preocupados por no saber qué sucederá mañana. Podemos vivirla con urgencias, con infinidades de tareas que “eran para ayer”. A veces, también, vivimos la vida como una sorpresa, nos lleva tiempo entender lo que hacemos o para dónde caminamos. Son las tres actitudes que nos relata el evangelio. Son tres actitudes de una mujer y dos hombres que atestiguan la resurrección y, sin embargo, cada uno tiene su tiempo para reconocer el amor de Jesús. Son tres experiencias a las que el amor les cambió la agenda y, por ello, les cambió la vida.
La vida y la resurreción no están reservada a los que tienen todo planificado, sino para los que tienen deseo de reescribir sus agendas, de modificar horarios y actividades. La vida está reservada a los que abrazan las dificultades, a los que a veces no entienden lo que están viviendo, a los que se desviven por llevar pan a su casa, porque piensan primero en otros antes que en ellos mismos. La resurrección de Jesús es para los que se arriesgan a ir al encuentro de la dificultad y que abren su corazón a la experiencia de la vida. Eso no les quitará a los discípulos ni a nosotros la posibilidad del dolor, ni de que siga habiendo peligros y dudas, pero sí nos asegurará una vida vivida en profundidad, donde no hay piedras que nos detengan, ropas que nos aten, ni miedos que nos hagan ir más lento. Solo habrá amor que nos impulse a seguir luchando y reconociendo los signos de la vida en la sonrisa de los pequeños, en el abrazo de los amigos, en el cariño de la familia, en los actos de justicia. ¡Eso es resurrección!
¡Feliz pascua!
P. Juan Salazar Parra, SJ.
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