5° Domingo del Tiempo Ordinario. Año A. Un Jesús que nos invita a un compromiso activo

Después de un mes, retomamos la reflexión dominical del Evangelio. Que Dios bendiga cada día de sus vidas. 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 5, 13-16 

Jesús dijo a sus discípulos:
Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya
no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una
montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone
sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.
Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean
sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor

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Homilía 5° Domingo del Tiempo Ordinario. Año A
Domingo 08 de febrero de 2026

Las redes sociales están llenas de personajes que se identifican con una vida en la que el centro son ellos mismos, ocupan su tiempo en sí mismos y prefieren quedarse en su casa en vez de salir. Creo que todos debiéramos tener algo de esos personajes: aprender a cuidarnos, procurar tiempo de calidad para el descanso y el silencio, y no tener que estar siempre “en la cresta de la ola”. Sin embargo, hay un peligro en esas actitudes: que “yo” sea el centro absoluto de mi quehacer. El evangelio de este domingo nos indica una buena actitud con la cual identificarnos como creyentes en Cristo.

La comunidad de Mateo, perteneciente al último cuarto del siglo I EC vive inmersa en una relación conflictiva con el movimiento judaico formativo de esa época, es decir, con el judaísmo rabínico. Los miembros de este tipo de judaísmo abogaban por una lectura más rígida de la Ley y, por tanto, los miembros de la comunidad de Mateo -cuyo origen era judío-, que anunciaban a un Mesías crucificado y promovían el Reinado de Dios, eran perseguidos o excluidos de los cultos religiosos oficiales. En medio de ese conflicto, no es de extrañan que a esos miembros de la comunidad de Mateo les hayan surgido preguntas por su propia identidad religiosa, o sea, ¿qué somos, si ya no somos judíos? y, como consecuencia, ¿qué significa seguir a Jesús? Parte de la respuesta a esas inquietudes las podemos obtener del evangelio que hemos leído en este domingo. El texto nos pone frente a dos elementos: la sal y la luz, pero también frente a dos sensaciones: el sabor y la visión. 

Por una parte, los elementos no funcionan para sí mismos, sino para otros. La sal no se sala a sí misma, sino a otros alimentos y la luz no se ilumina a sí misma, sino a otros espacios. Por otra parte, lo importante de estos dos elementos es que sirven para promover un cambio que mejore nuestras vidas. La sal cambia el sabor de los alimentos sosos y la luz cambia la iluminación de un lugar sombrío. El cambio es fundamental para la identidad de los seguidores de Jesús. En medio del conflicto o de tensiones culturales, la tentación es permanecer en un mismo estado “porque siempre se ha hecho así”. La quietud, en este sentido, condena a los creyentes, a parecerse más al judaísmo rabínico, es decir, a aferrarse a la rigidez de las normas y no abrir sus corazones al proyecto del Reinado de Dios que es siempre dinámico y ágil.

Lo importante de las dos sensaciones es que conectan nuestro interior con nuestro exterior. El sabor que trae un alimento bien sazonado conecta con nuestros afectos, con nuestra memoria, recordamos los postres de la abuela, la mano de mamá o nuestro plato favorito. La visión en medio de la oscuridad nos permite transitar caminos difíciles y confiar en los pasos que se van dando. En el fondo, el sabor y la visión permiten que nos comprometamos afectivamente con nuestra identidad de seguidores de Jesús.

Por un lado, una identidad que llama al cambio, al movimiento. Por otro, una identidad que impulsa el compromiso afectivo. En síntesis, una identidad activa y comprometida. Eso es ser un seguidor o seguidora de Jesús. Significa no estar atados a una historia de nostalgias o a una serie de normativas, dictadas por un grupo de poderosos (social, económica o religiosamente). Se trata de dejarnos interpelar por la novedad que trae Jesucristo y comprometernos con ello a transformar nuestras vidas y la de los demás.

Al final del día, está muy bien cuidarse y descansar, pasar tiempo tranquilo y no buscarse problemas. Pero, a veces, en medio de las dificultades, cuando hay conflictos serios en el mundo, hay que salir de nuestra propia comodidad para ir en ayuda de quien nos necesita, de los descartados del mundo, de los excluidos por el sistema social y religioso (como la comunidad de Mateo) y, así, ejercer nuestra identidad. No se trata simplemente de “decir” que somos creyentes, se trata de “hacer” lo que un creyente está llamado a hacer: anunciar el Reinado de Dios, trabajando por la paz, justicia, inclusión y misericordia.

Que así sea. Amén.  
P. Juan Salazar Parra, SJ.
 
 

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