4º Domingo de Adviento. Año A. Nadie se salva solo: Navidad es comunidad

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 1,18-24

Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”.

Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: “Dios con nosotros”.

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa. 

Palabra del Señor

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Homilía 
4º Domingo de Adviento. Año A.
Domingo 21 de diciembre de 2025

Vivimos en un mundo muy competitivo e individualista. “¡Querer es poder!”, lo he escuchado varias veces en muchos lugares diferentes. El problema es que esta frase responde a las aspiraciones y deseos individuales de alguien. Y cuando miramos al mundo, cuando “¡querer es poder!” de verdad, entonces suceden las guerras, la violencia es parte de nuestra cotidianidad, y la frustración se convierte en un sentimiento común. Nos sentimos frustrados cuando queremos tener el control de todo lo que nos rodea: nuestro trabajo, nuestra familia, nuestra salud, la iglesia, etc., porque no siempre “¡querer es poder!”. Las lecturas de hoy nos muestran que no tenemos el control de las situaciones. En cambio, debemos prestar atención a los demás y no imponerles nuestras perspectivas. Dios no es un Dios de frustración, porque el Señor no es una poderosa divinidad privada. Dios es el Dios de la comunidad. Y ese es su poder.

Alrededor del año 735 aC, Dios envió a Isaías a presentarse ante el rey Ajaz. En ese momento el pueblo perdía esperanza en las promesas de Dios. Entonces, para animar al rey, el profeta sugiere una oración: Pide una señal de Dios. El rey está frustrado, no quiere seguir el consejo del profeta, porque cree que puede hacer todo por sí mismo, y tenía en mente otros proyectos políticos mejores. Pero Dios le dio una señal al rey: De una mujer joven nacerá un niño ("joven" según el texto hebreo original, porque la palabra “virgen” fue añadida posteriormente en la traducción al griego). Su nombre es Emmanuel: Dios-con-nosotros. El rey tenía un proyecto personal, pero Dios irrumpe en la vida de la comunidad, y no en la vida de los poderosos y sus proyectos personales. Porque no es el Dios-conmigo, sino el Dios-con-nosotros.

El Evangelio de Mateo anuncia que esta promesa se cumplió en Jesús. Jesús es, al mismo tiempo, hijo de este mundo e hijo de Dios. Él es humano y divino. Él es el hijo de José, y el hijo de Dios. Pero esto es importante solo cuando miramos a Jesús y a quién está señalando. Dios está ofreciendo la salvación a través de Cristo, pero lo está haciendo gracias a la vida generosa de María y José. Jesús no está solo. Es hijo de José, por lo que puede pertenecer a la familia de David. Él es de la descendencia de Abraham; él es un israelita. Mateo destaca que Jesús es miembro de la comunidad de Israel. Entonces, cuando pensamos en Jesús, no podemos pensar solo en él. Deberíamos pensar en la comunidad que representa y en las personas que está salvando. Jesús significa “el que salva”, y no tendría ningún sentido para nosotros si solo se señalara y, por tanto, salvara a sí mismo. Él es el motivo de nuestra esperanza, porque apunta a las comunidades. Viene de una comunidad y está salvando a una comunidad. Por eso somos “pueblo de Dios”.

Pablo, esclavo de Cristo y apóstol, recuerda que Jesús resucitó de entre los muertos, y está presente en la comunidad. Jesús está entre los gentiles. Aquellos que podemos pensar que no pertenecen a nuestros grupos por alguna ley o algún prejuicio, en verdad son miembros efectivos de la comunidad, según Pablo.

En esta Navidad, estamos invitados a mirar las comunidades en las que estamos involucrados; a acoger las historias que las personas cargan. : Sus formas de vestir, los temas de las conversaciones, su lenguaje corporal, acentos, luchas, necesidades y alegrías que han experimentado en sus vidas. Todo eso es importante porque esas características construyeron sus identidades. Jesús no es solo la imagen romántica de un niño. Es miembro de un pueblo en particular, y vino a salvar al pueblo, a la comunidad.

¿Y nosotros? ¿Nos sentimos miembros de una comunidad? ¿Tenemos un compromiso con la comunidad? ¿Reconocemos, respetamos y validamos las diferentes comunidades que nos rodean? Comunidades étnicas, sexuales, políticas, religiosas.

La promesa de Dios, su salvación, no vino en una forma superior moralista a través de una ley especial o una doctrina particular para seguir de manera individual. La promesa de Dios se hizo carne, se hizo diversidad, se hizo identidad y se hizo comunidad. Y estamos invitados a ser comunidad. Reconocer a mi comunidad, pero también la importancia de otras comunidades. Esa es la manera de vivir la Navidad. El modo de ser testimonio de que Dios está realmente con nosotros. Porque somos iguales, y no superiores a los demás. De esta forma, podemos afirmar que, la mayoría de las veces, querer NO es PODER, “¡querer es COMPARTIR!”

Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.

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