Domingo 32° del Tiempo Ordinario. Año C. Dios invita a vivir sin miedo a las preguntas incómodas y a las respuestas novedosas.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 20, 27-38

Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: Maestro, Moisés nos ha ordenado: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?

Jesús les respondió: En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que son juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casan. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección.

Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para Él.

Palabra del Señor

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Homilía

32° Domingo del Tiempo Ordinario

Domingo 09 de noviembre de 2025

 

La gente cambia. Cambian nuestras ideas, cambiamos de casa, de ropa, de estilo. Es parte de nuestra experiencia humana. Cuando se lee el evangelio de este domingo, es como entrar en una verdadera clase de teología. No aquellas en las que se adoctrina a la gente, sino esos espacios donde hay discusiones sobre los temas importantes para nuestra fe, donde los ejemplos, a veces, contradicen las teorías, y hay que buscar nuevas explicaciones, donde hay espacio para el cambio. Porque la imagen que nos hacemos de Dios también va cambiando con nuestra historia. Es el caso de Jesús conversando con los saduceos sobre la vida eterna. 

 

El tema de la vida eterna es muy complejo, no hay una respuesta absoluta, no sabemos específicamente cómo se dará o bajo qué condiciones. Jesús no nos lo explica. Al menos, no en este texto. Acá el foco está tomado desde la actitud de los que dialogan. Para eso, los invito a que hagamos un viaje al siglo 1 de la era cristiana. 

 

Estamos en tiempos de construcción. El judaísmo y el cristianismo están formándose. No hay nada absoluto. Al contrario, hay diversas opiniones para todos los temas. Cómo rendir culto a Dios, qué hace a alguien pertenecer a la comunidad, cómo se deben comportar las personas, qué pasa después de la muerte. Preguntas que le interesan a cualquier hombre o mujer de fe, y que en ese tiempo se están elaborando respuestas, hipótesis, narraciones. 


En medio de esa efervescencia, aparece la discusión de la que somos testigos hoy. Por un lado, tenemos a los saduceos, una facción del judaísmo que conservan antiguas costumbres hebreas, prescritas por la Ley, y rechazan la resurrección, porque la encuentran innovadora. La conversación de hoy es mostrarle a Jesús que su nueva propuesta de resurrección choca con la antigua doctrina del levirato. Por otro lado, tenemos a Jesús y sus seguidores, para quienes la muerte no es un límite y la vida después de la muerte, por tanto, no se puede entender por leyes sociales o genéticas, que son fruto de la limitada comprensión humana.

 

Jesús enseña la resurrección de los muertos igual que los fariseos. Entonces, se distancia de los saduceos, sacerdotes aristócratas que querían mantener sus privilegios, eliminando todo cuestionamiento y toda novedad en la vivencia de la fe. Ese es el problema. Ellos están “pegados” a sus estructuras y pensamientos, sin dejar entrar la novedad que viene de preguntas y búsquedas honestas. Jesús es muy claro con ellos: No han entendido que la vida eterna es una realidad del ámbito divino, no es nuestro, no la controlamos, no le podemos imponer nuestras categorías sociales, legales o mentales. No se han dejado animar por Dios, sino que han construido una teoría de Dios (una teología) seria, pero conveniente y rígida. En el fondo, no han entendido que Dios es el Dios de la vida.

 

Muchas veces, nuestras experiencias sociales o religiosas pasan por el miedo que nos genera la novedad. Estamos a una semana de las elecciones presidenciales en Chile y algo que se ha instalado en la ciudadanía es el miedo. Hemos escuchado de la boca de todo el espectro político que el miedo es "pan de cada día". Se habla del miedo a la delincuencia, a la violencia, a la izquierda, a la derecha, a los militares, a los civiles, a la justicia, a la economía, etc. Claro, ningún candidato ha hablado de un miedo mayor: el miedo al debate serio y de altura, del que ha carecido este tiempo electoral. Tal vez, enfrentar este último miedo sería mucho más beneficioso, pero supone conversar, salir de las trincheras y las promesas simplistas. 


Pidamos al Señor no tener miedo a la conversación y a la novedad. Que él nos regale fortaleza, honestidad y sabiduría para enfrentar las preguntas incómodas, para buscar nuevas respuestas para nuevas situaciones. La sociedad nos grita con urgencia repensar el modo de compartir el poder (y que no lo tengan unos pocos), que acojamos a hermanos y hermanas otrora marginalizados (y que no nos cerremos en pequeños guetos), etc. Las preguntas son muchas, y nuestras respuestas, en vez de volver sobre libros y doctrinas, deben ser creativas, si queremos ser fieles a Dios. En esa novedad está Dios, porque Dios es un Dios de vivos y no de muertos. 


Que así sea. Amén.


P. Juan Salazar Parra, SJ.

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