Domingo 27° del Tiempo Ordinario. Año C. La fe de las nuevas oportunidades para un mundo más justo y digno
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 17,3b-10
Dijo el Señor a sus discípulos: “Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: “Me arrepiento”, perdónalo”.
Los Apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. Él respondió: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, ella les obedecería.
Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando éste regresa del campo, ¿acaso le dirá: “Ven pronto y siéntate a la mesa”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después”? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber””.
Palabra del Señor
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Homilía
27° Domingo del Tiempo Ordinario. Año C.
Domingo 05 de octubre de 2025
Hay un cierto consenso en que, cuando necesitamos algo, hay que hacerlo “a Dios rogando y con el mazo dando”, es decir, poner nuestra confianza en Dios, pero nunca dejar de actuar. Pareciera que fe y acción están íntimamente unidas y permiten a la humanidad desplegar lo mejor de sí, sus talentos y proyectos. El evangelio de este domingo resalta la relación entre fe y acción, aunque nos pone frente a tres situaciones que no siempre son fáciles de resolver: la misericordia, nuestra necesidad de fe y hacer lo que corresponde.
Creo que hay una imagen al centro del texto de Lucas que conecta los tres dichos de Jesús: La morera, es decir, el árbol de la mora (en algunas traducciones he leído también sicomoro). Si bien, algunos de estos dichos ya están en Mateo, el detalle de la morera es propio de Lucas y, tal vez, nos puede ayudar en esta ocasión. El árbol de la mora se da muy bien en un clima templado semiárido como el de las tierras de Jesús. No se plantaba en huertas especiales ni recibía particular cuidado; antes bien, la morera crecía en los caminos, donde fuera que sus semillas hubieran ido a parar a razón del viento. Es evidente el contraste que el autor del evangelio quiere poner entre la semilla de mostaza (pequeña) y el árbol de la mora (grande, frondoso y de madera noble). Pero hay dos características de la morera que hoy pueden resultarnos particularmente interpelantes. Por un lado, su fruto madura varias veces al año, reconocible en los paisajes de las localidades de la cuenca del Mediterráneo y, por otro lado, servía de alimento para los pobres que podían obtener fruta gratis en los caminos.
Cuando Jesús invita a tener una fe que mueva la morera, no habla simplemente de que la fe puede hacer realidad lo que parece imposible (lo que, sin duda, es un tópico en el evangelio de Lucas). Más que sobre lo imposible, la morera nos habla de lo cotidiano y de lo que alimenta a los pobres. La fe de la que Jesús habla es capaz de mover nuestro corazón todos los días, en las actividades cotidianas y que es capaz de sacarnos de nuestra “zona de confort” para ir en ayuda de los vulnerados.
Esa fe es la que ilumina el pasaje previo sobre el perdón de los pecados y el pasaje posterior sobre la tarea cumplida. En primer lugar, el pecado es, literalmente, “errar al objetivo”, es decir, desear hacer algo y no poder lograrlo; por lo tanto, el pecado del que nos habla Jesús no puede ser otro que el no actuar diariamente en favor de los que han sufrido la discriminación y la vulneración de sus derechos. En segundo lugar, ese arrepentimiento, es decir, ese “volver el rostro” a quien hemos dañado con nuestra falta de compromiso cotidiano, ese seguir intentándolo es lo que corresponde hacer, lo que nos convierte en simples servidores del evangelio, en creyentes en Cristo.
Pidamos a Jesús que nos regale de su fe, que nos ayude a vivir en nuestros hogares y lugares de trabajo, la fe cotidiana que busca dignificar la vida de todos, sin excepción. Cuando las cosas del mundo se ponen cuesta arriba, cuando los políticos no dan la talla para un proyecto de sociedad justo y digno, cuando las autoridades de los distintos credos religiosos parecen demasiado preocupadas de su conveniencia doctrinal o cuando alguien en nuestra familia está pasando necesidades, entonces, este evangelio resuena con fuerza, invitándonos a salir de nuestra comodidad y ayudar, tener paciencia, intentarlo una y otra vez. Esa es la fe de Jesús. No es la fe de los perfectos, sino la que da nuevas oportunidades para vivir vidas que resalten la dignidad de toda la humanidad. Para eso, no hay que dejarse vencer por el desánimo, hay que estar permanentemente “a Dios rogando y con el mazo dando”.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ
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