Domingo 23º del Tiempo Ordinario. Año C. Acompañados por un proyecto común; la vida del creyente
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a Filemón 9b-10. 12-17
Querido hermano: Yo, Pablo, ya anciano y ahora prisionero a causa de Cristo Jesús, te suplico en favor de mi hijo Onésimo, al que engendré en la prisión.
Te lo envío como si fuera una parte de mí mismo ser. Con gusto lo hubiera retenido a mi lado, para que me sirviera en tu nombre mientras estoy prisionero a causa del Evangelio. Pero no he querido realizar nada sin tu consentimiento, para que el beneficio que me haces no sea forzado, sino voluntario.
Tal vez, él se apartó de ti por un instante, a fin de que lo recuperes para siempre, no ya como un esclavo, sino como algo mucho mejor, como un hermano querido. Si es tan querido para mí, cuánto más lo será para ti, que estás unido a él por lazos humanos y en el Señor. Por eso, si me consideras un amigo, recíbelo como a mí mismo.
Palabra de Dios
EVANGELIO
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 14, 25-33
Junto con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose vuelta, les dijo: Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: “Este comenzó a edificar y no pudo terminar”.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.
Palabra del Señor
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Homilía
Domingo 23º del Tiempo Ordinario. Año C
Domingo 07 de septiembre de 2025
Ante ciertas personas que nos rodean y nos decepcionan, solemos decir “mejor solo que mal acompañado”. Efectivamente, la idea es rodearse de personas que hagan nuestras vidas más plenas, que colaboren en nuestros desafíos y nos animen a seguir adelante. De estas personas nos habla el evangelio y Pablo en la carta a Filemón.
Lucas habla del seguimiento al proyecto de Jesús y pone dos ejemplos gráficos: la construcción de la torre y una campaña contra otro reino. En ambos casos, tanto el constructor como el rey deben ser cautelosos en mirar los recursos con los que cuentan y, sobre todos, las personas que tienen a su lado, para construir la torre o para participar de la batalla. Si esas personas no están comprometidas con el proyecto, si no creen en lo que su líder les propone, por muchos materiales de construcción o armas de guerra que se tengan, los proyectos fracasarán. Se necesita a gente responsable y comprometida para poder llevar adelante cualquier anhelo.
Eso bien lo sabe Pablo de Tarso. Le escribe una carta a su amigo Filemón, estando prisionero probablemente en Roma (algunos creen que podría haber estado preso en Cesarea Marítima). Sea donde sea, Pablo está preso y llega a su encuentro un esclavo de Filemón: Onésimo. La carta es la más breve de las epístolas paulinas con apenas 25 versículos en total, y hasta el día de hoy genera muchas preguntas sobre por qué una carta breve y con poco contenido teológico podría haber permanecido en la biblia. Tal vez, hoy podemos entender su importancia al ponerla en diálogo con el mensaje del evangelio de Lucas.
Pablo no hace en la carta una brillante exposición de los derechos de los esclavos ni utiliza una retórica elaborada para convencer a Filemón de que reciba de vuelta a Onésimo y no lo castigue por haber estado lejos de su dueño. Pablo reconoce dos cosas: Por un lado, Onésimo es un hombre que ha sido fiel a la misión de Jesús y le ha sido muy útil a él en su apostolado, aun estando preso. Por otro, Onésimo, al ser creyente en Cristo, goza de la misma dignidad que todos los creyentes, es un hermano más, a quien no se le puede seguir violentando, ya que la gracia de Dios bien puede manifestarse por medio de él. Onésimo ha sido de gran ayuda para la misión evangelizadora de Pablo, para escribir cartas, para predicar el evangelio, para guardar registro de sus actividades. Onésimo, dice la tradición, podría haber sido quien, ya liberto y hecho obispo, pudiera haber reunido las cartas de Pablo esparcidas por distintos territorios y, gracias a su trabajo, hoy tenemos registro del epistolario Paulino. En el fondo, Pablo sabe que su misión no se puede completar en soledad, que necesita ayuda de gente que esté comprometida con el evangelio. Ese es Onésimo. Ese podría ser cualquiera de nosotros.
En un mundo que prioriza el ascenso individual, el mérito personal por sobre el trabajo común, las primeras comunidades ya recibían, por boca de Pablo o de Lucas el mensaje de que la fe en Jesús y el seguimiento de su proyecto no pasa por el individualismo. Al contrario, los proyectos comunes agradan más, son más útiles y generan mejores resultados. En tiempos de preparación a las elecciones, en tiempos en que se celebran distintos jubileos en Roma, vale la pena seguir los criterios del bien común y los proyectos compartidos con otros. Los líderes solitarios, los caudillos políticos, los predicadores con miles de likes en las redes preocupados de su imagen se enaltecen a sí mismos y no a Jesús y su Reinado de justicia y dignidad. Esos no abogan por el bien del hermano. No podrían luchar por una causa común, ni arriesgarse a defender la dignidad de aquellos que han sido excluidos y excluidas en el mundo.
Pidamos al Señor que nos regale la misma valentía de Onésimo de comprometernos con el proyecto de Jesús, en nuestros distintos lugares y actividades. Que podamos, como Onésimo, ser responsables con la misión de liberación que Jesús nos ha confiado. Que podamos, como Pablo, reconocer que necesitamos de otros, que la soledad no siempre es buena compañía cuando nos lanzamos a una aventura de justicia y paz. Al final, parece que no siempre se cumple lo de “mejor solo que mal acompañado”. A veces, es mejor estar acompañado y bien comprometido por un proyecto común.
Que así sea.
P. Juan Salazar Parra sj
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