Domingo 20° del Tiempo Ordinario. Año C. Llamados a “hacer la diferencia”
Evangelio
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 12, 49-53
Jesús dijo a sus discípulos: Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!
¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.
Palabra del Señor
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Homilía
Domingo 20° del Tiempo Ordinario. Año C
Domingo 17 de agosto de 2025
Se dice que para ser popular en redes sociales hay que ofrecer una imagen o un producto “diferente”, pero poco se dice de si esa presencia en los medios públicos “hace la diferencia” en el mundo de hoy. Hacer la diferencia tiene costos en un mundo que privilegia el éxito y el consumo, la violencia y la dominación. De eso nos habla el evangelio de este domingo.
El texto de Lucas está dirigido a una comunidad amplia, probablemente, no judía (gentil) o, al menos, no exclusivamente judía. Para un grupo en el que solo hay judíos, es fácil saber cómo pertenecer a esa comunidad y participar de la salvación: la circuncisión, el cumplimiento de la Ley (la Torá) y la unidad entre religión y vida privada. Para una comunidad naciente de no judíos saber qué significa seguir a Jesús no es tan fácil. Este evangelio nos ofrece algunas pistas sobre lo que esa comunidad diversa de Lucas vivía y pensaba al insertarse al movimiento de Jesús.
Esa comunidad de creyentes reconoce que Jesús es el portador de la paz (así lo ha dicho el autor innumerables veces antes en el evangelio); sin embargo, la fe en Cristo no deja en paz a los que no creen en él. En un contexto histórico donde los gentiles creían en otras divinidades, sostener la fe en Cristo como Mesías traía consecuencias. Mientras para un judío, su fe y su vida cotidiana eran la misma cosa (porque vive en un ambiente que comparte la religión), para un gentil, asumir que pertenece a la comunidad de los creyentes suponía, en muchos casos, problemas en la familia, discriminaciones o distanciamientos forzados. En el fondo, en muchos casos, creer en Cristo suponía divisiones muy reales, porque la fe cambia la forma que tenemos de mirar el mundo.
Cuando Jesús dice “¿Creen que vine a poner paz en la tierra? No, les digo que, más bien, división”, no niega su misión de paz ni se presenta como portador de la violencia. Los gentiles creen en un tipo de paz, al estilo de Roma, una paz que produce calma gracias a la violencia de las conquistas y el miedo de los pueblos dominado. Jesús, en el fondo, podría estar diciendo “no crean en esa paz”, crean en la paz cuyo origen no es la violencia, los criterios del Reino que son justicia, fraternidad, reconciliación. Ese modo de vivir el Reino, que promueve la paz, puede generar divisiones entre los que quieren seguir en el mundo y aprovecharse de otros, y los que buscan la verdadera paz.
Distinguir a unos de otros no es fácil. El bautismo, desde mucho antes de Jesús, se consideraba un rito de iniciación para pertenecer a un grupo religioso y distinguirse de otro. En esta ocasión, el bautismo de Jesús pasa por el fuego. El fuego en el mundo del antiguo Israel significa muchas cosas, pero todas hacen referencia a la presencia de Dios. Es decir, para pertenecer a la comunidad de creyentes en Cristo hay que hacer presente en este mundo al Jesús del evangelio. En el evangelio de Lucas, Jesús es inclusión, acogida de los marginados, ayuda al pobre, esperanza para todos los que quieran aceptar ese mensaje. Esa presencia de Jesús es el verdadero bautismo. Mucha agua, mucho óleo, mucha misa o mucho fuego no asegura una vida creyente. La relación personal y comprometida con el Señor y su proyecto nos distingue de otros grupos excluyentes.
El mundo hoy está sediento de paz. Hay quienes la ofrecen a costa de violencia, y enarbolan discursos que favorecen la encarcelación, el porte de armas, la dominación de todo aquel que no piense como ellos. Esto sucede en Europa, y también en Chile, El Salvador o EE. UU. Hay quienes dicen que la paz llegará por vía de la conquista de nuevos territorios en Gaza o Ucrania. Frente a ellos (que, además, tienen la desfachatez de nombrar a Dios en sus discursos o utilizar su Palabra para justificar sus maquiavélicos actos), las y los cristianos estamos llamados a “hacer la diferencia”. Señalar con claridad los valores del evangelio son una muestra de nuestro compromiso con hacer presente la paz del Reino de Dios. Pidamos al Señor que podamos “hacer la diferencia” en favor de los violentados por la sociedad y busquemos siempre la paz verdadera que es justicia y reconciliación.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ
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