Domingo 17° del Tiempo Ordinario. Ciclo C. Desafiados a vivir desde la fraternidad
Evangelio
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 11, 1-13
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos”. Él les dijo entonces: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación”.
Jesús agregó: “Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle”, y desde adentro él le responde: “No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos”. Yo les aseguro que, aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una serpiente cuando le pide un pescado? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquéllos que se lo pidan!”
Palabra del Señor
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Homilía
17° Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C.
Domingo 27 de julio de 2025
En el cono sur de América Latina, el 20 de julio pasado se conmemoró el Día de la Amistad. En otras partes del mundo, se celebrará el próximo día 30. A propósito de esta fecha, en redes sociales se leía repetidamente la frase “Más vale tener amigos que tener dinero”. Hay algo en esa frase que rescata el valor de la amistad como gratuidad y fraternidad, porque no la considera una relación basada en la conveniencia. De eso nos habla el evangelio de este domingo.
El texto que nos presenta la liturgia comienza con la oración del Padrenuestro y nos pone de frente a una serie de características del Reino de Dios: tener pan (“danos nuestro pan cotidiano”), misericordia (perdona nuestros pecados, como nosotros”) y cuidado (“no nos dejes caer”). El alimento, el perdón y el cuidado son realidades muy concretas para quienes vivieron con Jesús y sus seguidores en el siglo I ec. Entonces, se ofrece una parábola para ayudarnos a optar por el Reino y sus características.
Toda parábola busca desafiar a sus auditores o lectores. Esta no es la excepción. De este relato, normalmente, hemos escuchado que el amigo que pide ayuda a medianoche retrata la idea de la perseverancia del necesitado y la confianza en Dios. No quiero decir que ese no sea parte del mensaje. Pero lo cierto es que ni el amigo necesitado pide algo en reiteradas ocasiones (por lo que no podemos hablar de perseverancia), ni el dueño de casa podría ser imagen de Dios (porque pone trabas para ir en ayuda del necesitado). Entonces, ¿qué desafío propone la parábola?
En los territorios de la Palestina de Jesús se dio que, para mantener el estilo de vida de los líderes religiosos y políticos locales y romanos, las personas “de a pie” debían pagar altos impuestos. Esto generó pobreza en el mundo campesino. Para combatirla, las personas se organizaron y comenzaron a compartir los bienes con los amigos, al punto de que se consideraba familia no solo a los miembros del clan, sino también a los vecinos. Así, todos tenían un mejor pasar o, al menos, podían sortear el día y comer. A pesar de esto, ese principio de hospitalidad, tan propio del mundo judío, se vio amenazado por el deseo de reciprocidad, es decir, por la búsqueda del intercambio de favores, para sobrevivir. El relato de Lucas tiene como trasfondo esta situación paradójica.
En la parábola, hay un hombre necesitado de ayuda, y acude a uno de sus amigos-vecinos. En principio, el dueño de casa lo debió tratar como un familiar y socorrer rápidamente; sin embargo, dilata la entrega de ayuda. El texto nos dice que, si no lo ayudó por amistad (es decir, por considerarlo familiar), lo hará por «insistencia» (anaideian es la palabra original en griego). En verdad, la palabra anaideian significa “descaro” y se refiere al dueño de casa. El hombre se levanta de la cama, porque tiene el “descaro” de saltarse el acuerdo de subsistencia común y pedirá algo a cambio. En el fondo, el vecino no está poniendo excusas para no ayudarlo, sino que, muy educadamente, está diciendo que no se considera amigo del necesitado, sino que ha preferido cuidar de su propia situación.
El desafío que nos plantea la parábola es si nosotros, cristianos y cristianas del siglo XXI, vamos a responder a la necesidad de las personas por amistad o por descaro. En otras palabras, si queremos vincularnos a la humanidad porque los consideramos hermanos y hermanas, o porque queremos obtener un beneficio de ellos. Esa decisión es nuestra, como lo fue del dueño de casa en la parábola. Siguiendo las características del Reino enumeradas en el Padrenuestro, cuando alguien pasa hambre, cuando es juzgado injustamente o es descuidado por el sistema, el Reino de Dios no se hace visible. Para hacerlo visible, hemos de considerar al necesitado como un hermano. Esa es la invitación de Jesús. Ese es el llamado del Señor. Esa es la nueva identidad que se nos ofrece: considerarnos hermanos en la práctica y no en el discurso. Estamos desafiados a vivir desde la fraternidad. La tarea no es fácil, porque acostumbramos a
Pidamos al Señor que nos regale la entereza para no preocuparnos solo de nuestra conveniencia, sino que podamos mirar el mundo que nos rodea, sus dolores, injusticias, guerras, discriminaciones, y comprometernos con los que son vulnerados, considerándolos verdaderamente hermanos, compartiendo bienes y luchando por justicia. Parece que es cierto eso de que “vale más tener amigos que tener dinero” o, al menos, ese dicho refleja bien la invitación que Jesús nos hace. Frente al dinero, la fraternidad es más importante en el Reino.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
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