Domingo de Pentecostés. Año C. Invitados a la audacia de movernos por la paz y el perdón
ACLAMACIÓN AL Evangelio
Aleluya. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Aleluya.
Evangelio
Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes: Reciban el Espíritu Santo.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-23
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes”.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.
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Homilía
Domingo de Pentecostés. Año C
Domingo 08 de junio de 2025
Cuando alguien quiere hacer algo, pero no pone su energía en ello, solemos repetir el refrán, "Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente". Y es muy cierto. Cuando el mundo nos agobia de egoísmos y violencias, podemos caer en ese juego con mucha facilidad, si nos "domirmos". La fiesta de Pentecostés y, principalmente, el evangelio de hoy nos recuerdan que la vida es movimiento y nos invitan a no dormirnos en el camino, para seguir a Jesús y su proyecto.
El mismo espíritu que aleteaba sobre las aguas turbulentas en el Génesis (Gn 1,2), es el que acompañó al pueblo como columna de nube y fuego en el desierto (Ex 13, 21-22), el que descendió el día del Bautismo en el Jordán (Mt 3,13), el que Jesús entregó a sus discípulos en el evangelio que acabamos de escuchar, el que se hizo presente en la fiesta de Pentecostés que narra el libro de los Hechos y el que movilizó a las primeras comunidades seguidoras de Jesús, como dice Pablo a los corintios. Todas las descripciones del espíritu, hablan de energía y, principalmente, de movimiento. Ciertamente, no es cualquier energía. Del Antiguo Testamento, sabemos que el Espíritu es ayuda, esperanza y fuerza, y lo que mejor sabemos es que es vitalidad. Del Nuevo Testamento, sabemos que es coraje, misión y encuentro.
En el evangelio, en medio del temor que sentían los discípulos y discípulas, Jesús les entrega el Espíritu Santo. En la escena suceden tres cosas. En primer lugar, Jesús ofrece su paz. La consecuencia de esa paz es el envío en una misión. Y, finalmente, sopla el espíritu sobre los discípulos para perdonar. Paz, misión y perdón son manifestaciones del espíritu de Dios que se mueve y actúa en la vida.
A veces, creemos que la paz es un estado de quietud. En cambio, la paz de Jesús es una paz activa, que se construye. En un mundo en conflicto. Entre el genocidio en Gaza, las guerras en el oriente europeo, la violencia en América Latina, las agresividades de Estados Unidos, la delincuencia creciente en muchos lugares y las desconfianzas políticas, ser agente de paz no es una tarea sencilla. Habremos de colocar nuestros talentos y también nuestras posibilidades a disposición de esa paz, cuando hablamos en casa o con amigos, en el trabajo que realizamos o en los encuentros familiares, debemos ayudar a construir la paz. Ese es el espíritu de paz.
Nos parece que la misión es una actitud mucho más "móvil". ¡Claro!, cuando vamos de misión a un lugar hacemos largas caminatas o estamos mucho tiempo "haciendo" cosas (bendiciendo casas, rezando, trabajando el campo o en un centro con necesidades). Todo eso está muy bien y es el espíritu verdadero de una misión, si es una misión cristiana (lejos de los pietismos y fundamentalismos intimistas). Pero la misión se "hace" no solo en medio de una caminata, construcción o bendiciones, sino que, principalmente, cuando entramos en relación con otros. La misión es vínculo con nuestros hermanos y hermanas. Por lo tanto, la misión también se hace en la familia, en los estudios, en el trabajo, en la iglesia, cuando nos relacionamos honestamente con otro y nos preocupamos de su vida, nos alegramos con sus alegrías y nos entristecemos con sus tristezas. Ese es el espíritu de misión.
El perdón es todavía más lejano. Los más religiosos dirán que está reservado al confesionario y la mayoría de nosotros dirá que es imposible. Por un lado, porque creemos que no somos lo suficientemente buenos como para perdonar y, por otro, porque lo asociamos al pecado. En verdad, la palabra "pecado" nos puede ayudar a entender el perdón del espíritu. Pecado (hamartia en el griego del Nuevo Testamento) significa "errar al objetivo". Es como cuando uno tira una flecha y no le da al blanco, al centro, al punto importante. Pecar, entonces, no son una lista de actitudes "malas", sino que son nuestros deseos de seguir el proyecto de Jesús, es decir, contribuir a formar un mundo más justo o ser personas más íntegras y que no llegamos a cumplir. Esa experiencia la hemos tenido todos, y nos invita a mover el corazón, para acertar en nuestro próximo intento. Es la gracia de la segunda oportunidad, la audacia de volver a intentarlo. Ese es el espíritu de perdón.
Pidámosle al Señor que en este día en que celebramos Pentecostés, podamos movernos, ser agentes de paz, de vínculos honestos y de intenciones rectas. Acogiendo al espíritu de movimiento que es el Espíritu Santo de Dios, evitaremos dormirnos y podremos luchar contra la corriente para que no nos lleve, sino que nos aferremos a Jesús y a su sueño para la humanidad.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
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