Domingo de Corpus Christi. Año C. Comprometidos a saciar las distintas necesidades de pan.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 9, 11b-17

Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser sanados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: “Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto”.

Él les respondió: “Denles de comer ustedes mismos”. Pero ellos dijeron: “No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente”. Porque eran alrededor de cinco mil hombres. 

Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: “Háganlos sentar en grupos de alrededor de cincuenta personas”. Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.

Palabra del Señor

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Homilía

Domingo de Corpus Christi. Año C.

Domingo 22 de junio de 2025.

A veces, cuando buscamos soluciones fáciles a los problemas, en verdad obtenemos “pan para hoy y hambre para mañana”. Entre lo urgente y lo importante, normalmente, privilegiamos lo inmediato y descuidamos lo que sucederá en el futuro. El evangelio de este domingo, en que celebramos la solemnidad de Corpus Christi, es una invitación a mirar “a largo plazo” y comprometernos con proyectos verdaderamente transformadores.

 

Los evangelios, dicen algunos biblistas, fueron escritos para sorprender a sus lectores con una nueva forma de vida, la de Jesús. En el judaísmo, alimentar a los hambrientos y atender las necesidades de los pobres y vulnerables son exigencias fundamentales que todos deben cumplir. [Nota al margen: Por eso, no podemos confundir el judaísmo de Jesús con las acciones macabras y las muertes proferidas por el actual estado de Israel. El sionismo no es sinónimo de judaísmo; ni el judaísmo contemporáneo es sinónimo del judaísmo de los tiempos Jesús].  Por lo tanto, alimentar a la multitud que necesita comer no es la novedad del evangelio de Lucas. Jesús no es el único que da comida a los hambrientos; lo hacen todos los que profesan el judaísmo de tiempos de Jesús. 


Además de alimentar a los hambrientos, a nosotros nos puede parecer importante que se haya hecho un milagro, pero, en verdad, en tiempos de Jesús, los milagros formaban parte de la cultura. Jesús no es el único que hace milagros; hay varios otros taumaturgos. Aunque no haya que restarle importancia al milagro de alimentar a otros, si ni alimentar a otros ni hacer milagros son lo novedoso del evangelio, ¿cuál es su mensaje?

 

Lo novedoso o lo que distingue este relato es lo que Jesús hace antes del milagro. En esta escena, no solo obra un milagro, sino que, previamente, ha dado una indicación totalmente novedosa, extraña para sus oyentes: “Denles de comer, ustedes mismos”. Esto deja perplejos a los discípulos. No saben cómo responder a ese llamado. Racionalmente saben que no tienen las capacidades, pero desconocen la potencialidad de sus vidas al servicio de los demás. Aquí está la clave de lectura de este texto del evangelio. La invitación hecha a todo seguidor de Jesús es, precisamente, imitarlo, hacer realidad en su vida el milagro de dar de comer a multitudes hambrientas. El milagro es importante, dar de comer es importante, pero lo nuclear es que se trata de una invitación para todos y todas, que no está reservada a los practicantes de una religión, ni a los magos o políticos del momentos.

 

En nuestras sociedades, hay muchos que pasan hambre. Existen aquellos que pasan hambre física y corporal, a quienes los estados, los ricos y, más actualmente, las guerras han dejado marginados de lo mínimo para subsistir: alimento y agua. Pero también hay quienes tienen hambre de justicia, de derechos de igualdad, de ser tratados con dignidad y no ser mirados como ciudadanos de segunda clase. Las luchas de nuestras y nuestros hermanos indígenas, de la comunidad LGBTIQ+, de niños maltratados y forzados a trabajar, de mujeres despreciadas socialmente o maltratadas al interior de sus hogares, de ancianos abandonados, de ciudadanos víctimas de la violencia en las calles, de jóvenes subsumidos en las adicciones, de migrantes discriminados, son algunos de los muchos tipos de hambre de los que somos testigos. ¿Qué hacemos por ellos? ¿Cómo formamos comunidades cristianas que sean espacios de consuelo para sus necesidades? Esa es la pregunta que el evangelio nos lanza.

 

En la celebración de Corpus Christi creemos que el centro está en entender qué sucede con las partículas físicas del pan y el vino que se transforman en el cuerpo y la sangre de Jesús. Antes bien, debemos volver al corazón de la enseñanza de la Iglesia y del evangelio que nos dicen que lo verdaderamente importante es que nosotros nos transformemos en el cuerpo y sangre de Jesús. Se dice que san Agustín afirmó: “Toma lo que eres, Cuerpo de Cristo. Conviértete en lo que recibes: Cuerpo de Cristo”. El Señor, en su cuerpo, alimentó a la multitud. Nosotros, que comulgamos su cuerpo, estamos llamados a ser su cuerpo, es decir, a hacer lo que su cuerpo hizo: alimentar a los hermanos y hermanas que pasan hambre. Pidamos esa gracia al Señor.

 

Al final, lo importante no es solo saciar la necesidad de pan para hoy, sino que podamos comprometernos saciar el hambre de todos los hermanos, sin distinción, cada día.

 

Que así sea. Amén. 

P. Juan Salazar Parra, SJ

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