Domingo de la Ascensión. Año C. Somos portadores de una identidad que transforma vidas
ACLAMACIÓN AL Evangelio Mt 28, 19a. 20b
Aleluya. “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”, dice el Señor. Aleluya.
EVANGELIO
Mientras los bendecía, fue llevado al cielo.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 46-53.
Jesús dijo a sus discípulos: “Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto” .
Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separo de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de Él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.
Palabra del Señor
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Homilía
Domingo de la Ascensión del Señor. Año C.
Domingo 01 de junio de 2025
Una expresión tomada de la jerga deportiva y que, al menos en el Cono Sur, se ha trasladado al mundo cotidiano es "mojar la camiseta". Usamos esa expresión para referirnos al modo en que se manifiesta el compromiso de alguien con un proyecto. En su origen, "mojar la camiseta" supone conocer un proyecto, comprometerse con él y esforzarse razonablemente por sacar adelante ese proyecto. (No entraremos en el debate de que, actualmente, hay quienes se escudan en esa frase para llevar a cabo malas prácticas laborales). En el fondo, "mojar la camiseta" es la descripción de un modo de ejercer un trabajo con dedicación. De ese modo de dedicar la vida a un proyecto nos habla el evangelio de este domingo de la Ascensión.
Nos encontramos con los últimos versículos del evangelio de Lucas. En este fragmento, Jesús da indicaciones a sus seguidores, cerca de Betania, los bendice, «es elevado al cielo» y, finalmente, los seguidores vuelven a su vida cotidiana en Jerusalén con alegría. Ni la bendición ni la ascensión ni la vida posterior de los seguidores se entiende si no miramos con detención el mensaje que abre este evangelio. Jesús habla a sus seguidores haciendo un movimiento de memoria y uno de misión.
Primero, Jesús hace memoria, es decir, les recuerda que sus palabras y obras son coherentes. Por un lado, ha predicado el cambio de mentalidad de la muerte a la vida (que es una forma de traducir la «conversión de los pecados») y, por otro, ha vivido en su propio cuerpo ese cambio de la muerte a la vida («el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos»). En otras palabras, lo primero que les dice a sus seguidores es que su proyecto requiere de coherencia de vida.
Luego, en el segundo movimiento, los envía en misión. Jesús les señala a sus seguidores que han sido testigos, es decir, que pueden declarar la veracidad de lo que han visto. Ser testigos no es una actitud pasiva del seguimiento de Jesús, sino, por el contrario, una invitación profunda a la acción, a dar a conocer el proyecto. Lo segundo que les dice, entonces, es que su proyecto no se vive en lo oscuro ni con miedo, sino que se comunica.
Pero, al final, Jesús les pide esperar para ser «revestidos con la fuerza que viene de lo alto». La vestimenta es un asunto relevante para la cultura del cristianismo primitivo, porque marca socialmente la identidad de las personas (por ejemplo, el tipo de toga señala la clase social a la que alguien pertenece). En ese sentido, «revestirse» (volver a vestirse o tener una nueva vestimenta) marca la necesidad de adquirir una nueva identidad para quien quiera ser seguidor de Jesús. Esa nueva identidad es una síntesis de lo que Jesús ya les ha dicho. O sea, esa nueva identidad, esa nueva vestimenta, es la coherencia de vida para comunicar el proyecto de Jesús. Contra la identidad de la sociedad que divide, oprime, negocia por debajo de la mesa, adquiere compromisos que no cumple o se deja llevar por la ambición, la identidad del cristiano es la coherencia, es asumir el proyecto de Jesús con sus consecuencias, es hacer lo que se declara, es reconocer cuando nos equivocamos y enmendar el camino, es actuar diariamente siguiendo los criterios del evangelio, para, así, comunicarlos eficazmente.
Pidamos al Señor que nos regale fortaleza para comprometernos con nuestra identidad de seguidoras y seguidores suyos en pleno siglo XXI. Que podamos actuar con la coherencia de Jesús, que denunció la injusticia en tiempos de muerte y anunció la esperanza de la vida. Al final del día, ahí tenemos que "mojar la camiseta", en los espacios donde otros se limitan a "hacer lo que es debido". Donde a algunos les basta con cumplir normas que restringen derechos, con asegurar su propia conveniencia o validar la estrechez de algunas instituciones, los cristianos estamos marcados con la fuerza del Espíritu por una nueva identidad que moviliza: la de Jesús. La solemnidad de la Ascensión no la fiesta de los que miran al cielo, sino la de los que asumen en la tierra la identidad que les ha sido regalada, mojando la camiseta todos los días por la construcción de un mundo donde reina la paz y la justicia. Tal vez, eso es lo que tenía a los discípulos con tanta alegría en Jerusalén: el saberse portadores de una identidad que transforma vidas, la propia y la de otros.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
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