5° Domingo de Pascua. Año C. Llamados a ser testimonio vivo de un amor que libera y vincula

EVANGELIO

Les doy un mandamiento nuevo: ámense unos a otros.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 13, 31-33a. 34-35.

 

Durante la Última Cena, después que Judas salió, Jesús dijo: Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en Él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. 

Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como Yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros.

Palabra del Señor


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Homilía

5° Domingo de Pascua. Año C.

Domingo 18 de mayo de 2025

 

Cuando se desconfía de la autenticidad de alguien, solemos decir “no todo lo que brilla es oro”. Ser auténticos permite que las personas con las que compartimos la vida sepan quiénes somos de verdad, que conozcan nuestra identidad. El evangelio que escuchamos este domingo, ambientado en la Última Cena, pone de manifiesto lo más auténtico de Jesús, el amor, y, con ello, la identidad de quien quiera llamarse su seguidor(a). En su discurso, Jesús conecta tres conceptos que no están usualmente vinculados: la separación, el amor y la reciprocidad.

 

En tiempos de Jesús y de las primeras comunidades de sus seguidores, incluso después de su muerte y resurrección, el imperio romano seguía siendo la cultura dominante y, por lo mismo, oficial. Los habitantes de las colonias que querían vivir en paz, debían dejarse someter a controles rigurosos de comportamiento social romano: manejo del dinero, pago de impuestos, dominio de la lengua latina, servicio a la milicia, reverencia al emperador y, sobre todo en lo cotidiano, generar un tipo de relación recíproca basada en el pago de favores. A esto último, el imperio le llamó patronazgo, y consistía en una relación entre alguien de estatus social elevado y otro inferior que declaraban amistad mutua. Sin embargo, en el fondo, se trataba del sometimiento del más débil al arbitrio del poderoso, para ganancia de este último. Así, la cultura de la dominación y de relaciones basadas en la conveniencia formaron, en alguna medida, la base de la identidad romana.

 

Jesús, en cambio, se aleja de los códigos del control social de la época al hablar, en primer lugar, de amor y de separación en una misma frase. Mientras el imperio recalcaba el control y la dominación cotidiana de sus súbditos en las colonias, Jesús invita a vivir un amor que es libre, que no necesita de un vigilante todos los días a todas horas. Y no lo necesita, porque confía en el tipo de vínculos que se han forjado en el grupo de sus seguidores. En vez de fomentar las relaciones basadas en el patronazgo, es decir, en la conveniencia y el privilegio, Jesús aboga por vínculos establecidos por la confianza y los afectos: el amor recíproco. En el fondo, este evangelio nos presenta la nueva identidad que Jesús les ofrece a sus seguidores. Esta identidad de creyente o seguidor de Jesús no está marcada por el control y la conveniencia, sino por la libertad y el amor recíproco. 

 

En vez de privilegiar los contratos sociales que beneficiaran a unos pocos a costa de muchos, se invita a los seguidores de Jesús -a quienes profesan que creen en él- a que creen vínculos profundos unos con otros, a que se preocupen de lo que sucede con su hermana o hermano, con el vecino o la compañera de trabajo. En contra de la soberbia y el egoísmo, la identidad de un creyente en Jesús se sustenta en amar y dejarse amar. En el texto de los Ejercicios Espirituales, Ignacio dice que: “El amor consiste en la comunicación de dos partes” (EE. 231). En sociedades que exaltan el bienestar personal y en comunidades de fe que han privilegiado el sacrificio y, a veces, insisten en perpetuar relaciones sufrientes bajo excusas doctrinales o legales, hablar de libertad y amor recíproco al estilo del evangelio es un desafío, porque supone confiar en la madurez de la comunidad creyente y también acompañarla en las formas de demostración del amor. En este sentido, las palabras de Jesús son palabras de consolación y, a la vez, de aliento. Por un lado, consuela a los suyos ante la partida y el ejercicio de la libertad. No es fácil vivir sin una autoridad que te diga permanentemente lo que debes hacer. La tarea está, precisamente, en que vivamos nuestra identidad. Por otro lado, alienta a la comunidad a que manifiesten su identidad de creyentes bajo muestras de amor recíproco; un amor que acoge, libera, acepta y respeta a todos los miembros de la comunidad. 

 

En aquel tiempo, como quizás hoy, las sombras de la conveniencia y del dominio intentan moldear las relaciones humanas. Pero Jesús nos revela un camino distinto, una identidad liberadora. Pidamos al Señor que podamos vivir la libertad en el amor recíproco como comunidad de fe. Que ese sea el modo de vida que llevamos en el templo y en la vida cotidiana. Al final del día, “no todo lo que brilla es oro”, porque no importa el brillo, sino la calidad del material con el que forjamos nuestra fe. Que nuestra vida sea un testimonio vivo del amor que libera y vincula, del amor recíproco, al modo de Jesús.

 

Que así sea. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ

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