5° Domingo de Cuaresma. Año C. Esperar y trabajar por el derecho legítimo a la propia voz en justicia y dignidad
EVANGELIO
El que no tenga pecado que arroje la primera piedra.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 8, 1-11
Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a Él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles.
Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y Tú, ¿qué dices?” Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: “Aquél de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo.
Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le respondió: “Nadie, Señor” . “Yo tampoco te condeno -le dijo Jesús-. Vete, no peques más en adelante”.
Palabra del Señor
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Homilía
5° Domingo de Cuaresma. Año C.
Domingo 06 de abril de 2025
Hace unos días se viralizó un vídeo en el que una estudiante de doctorado en Estados Unidos, con su residencia legal (visa de estudiante), era detenida por haber hecho alusiones en contra de una autoridad en dicho país. Es como una ola que busca silenciar a los disidentes. Uno es “dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras”, cuando tiene libertad para usar esos silencios y palabras. De lo contrario, uno viviría sometido al silencio permanente. Precisamente, de esto nos habla el evangelio de este domingo.
El texto, que se inserta tardíamente en el cuarto evangelio (tal vez, sea más propio de un evangelista como Lucas), nos presenta temas relevantes y nos deja con inquietudes sobre la ley de Moisés, los actores en un acto de adulterio, qué escribía Jesús en el suelo, el apedreamiento, la culpa de las personas que se retiran, etc. Muchas de estos temas, aunque puedan ser interesantes, se centran en los detalles o en las razones (justas o injustas) por las que la mujer está frente a Jesús. Sin embargo, tal vez, una de las cosas más importantes en las que nos podemos fijar tiene que ver con la actitud de Jesús y de la mujer.
Por una parte, esa mujer ha sido silenciada por los escribas y fariseos bajo la aparente legalidad de la Torah. Ella no tiene derecho a defensa delante de sus acusadores que son, también, sus agresores. Por otro lado, a Jesús le piden que emita un juicio, convirtiéndolo en un juez del caso de esta mujer sorprendida en adulterio. Un juez haría muchas cosas y diría muchas cosas. Hablaría de legalidades, daría o quitaría la palabra a los abogados, pediría explicaciones, tal vez interrogaría a la acusada, ciertamente demandaría pruebas y, finalmente, aplicaría la ley. Jesús, en cambio, opta por el silencio.
El silencio de Jesús es elocuente y se rompe en dos ocasiones. En una, para interpelar a los acusadores y, al final, para hablar con la acusada. Su silencio es estruendoso. Después de escuchar la acusación que se hace sobre la mujer y la increpación a la autoridad de Jesús, la escena se detiene y parece que el aire se pudiera cortar con un cuchillo, por su densidad. Jesús permanece en silencio en el suelo. No se ha puesto en pie para increpar a nadie, ni para examinar a la mujer. No camina con las manos atrás o moviendo la cabeza para aprobar o reprobar los hechos. Nada de eso sucede. Jesús, en silencio, se echa al piso, en actitud de servicio. Es el símbolo de un acto de resistencia a la injusticia de la que está siendo testigo. Por eso, su actitud, una vez más, enlaza la misericordia y la justicia. No actúa como un típico juez, sino como el juez verdadero, el que enrostra la injusticia que se está cometiendo y es capaz de llegar al corazón de las personas sin los aspavientos ni la perorata de los leguleyos, sino con la hondura de quien sabe guardar silencio en los momentos precisos y hablar cuando es necesario.
El mundo que habitamos se enfrenta a la realidad de las guerras: económicas, religiosas, políticas (algunas de ellas, libradas por ejércitos u otras fuerzas de poder). El enfrentamiento es entre países y sujetos poderosos v/s pequeñas y más empobrecidas naciones. En vez de sumarnos a las corrientes de violencia e impiedad, el evangelio nos invita, por medio del silencio de Jesús, a quebrantar los criterios de deshumanización y restaurar el derecho a la propia voz. En otras palabras, el evangelio nos anima a contribuir a que todos sean escuchados; a que, a los agredidos, a los pobres, a los marginalizados y a todos los representados en esa mujer, se les devuelva su voz y la posibilidad de construir una vida digna y plena, sin miedos y sin violencias.
Pidámosle al Señor, la capacidad de vivir un silencio activo, es decir, un silencio que movilice la justicia, que devuelva la dignidad y la paz a quienes se las han arrebatado. Que podamos vivir en un mundo donde nadie sea silenciado por género, identidad, raza, nación, clase social, enfermedades o bienes materiales, sino que todos y todas tengan la posibilidad de vivir plenamente, en libertad y construyendo sus vidas con esperanza. Si “somos dueños de nuestro silencio”, esperemos y trabajemos para que a nadie le quiten el derecho legítimo a su voz que no es otra cosa que el derecho a una vida justa, digna y plena.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
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