8° domingo del Tiempo Ordinario. Año C. Cuidar es tener relaciones justas basadas en la escucha y la comprensión.


EVANGELIO

De la abundancia del corazón habla la boca.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 6, 39-45

Jesús hizo esta comparación:

¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?

El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro.

¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo, tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano.

No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos ni se cosechan uvas de las zarzas.

El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca.

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HOMILÍA

8° domingo del tiempo ordinario. Año C.

Domingo 02 de marzo de 2025.


Cuidar de otra persona, ya sea física, emocional o espiritualmente, es una tarea noble, porque nos pone en actitud de descentramiento y, por lo tanto, nos coloca en relación. Las relaciones humanas (familiares, laborales, de pareja, espirituales, etc.) son fruto del cuidado que unos tienen por otros y no se sostienen si no es a partir de ese mismo cuidado. De otro modo, se desgastan y terminan rápidamente. Las lecturas de hoy ponen de relieve el valor del cuidado 

La sabiduría israelita (entiéndase del antiguo Israel, el bíblico, y no el estado moderno) no se fundamenta en los títulos académicos ni los bienes que las personas puedan ostentar. De hecho, para ser una buena persona, una buena educación no es suficiente. Por un lado, conocemos algunos doctores groseros y a gente con mucho dinero y también mucha arrogancia. Y, por otro lado, también conocemos mucha gente que trabaja duro cumpliendo sus labores del día a día, de manera simple y amable. El libro de Jesús Ben Sirah, parte de la literatura sapiencial, nos está diciendo en la primera lectura que el fruto del árbol muestra el cuidado que se ha tenido con él. En otras palabras, no se trata solo de hacer cosas en favor de otros, sino del sentido con el que las hacemos. Cuidar de otros no es trabajo para un solo día, sino que es trabajo de todos los días, para padres y madres, profesores, cristianos, sacerdotes, para toda la Humanidad. Tenemos una sabia oportunidad de hacer de este mundo un mejor y más cuidadoso lugar.

El Evangelio es otra llamada al cuidado. Hoy leemos la última parte del Sermón de la planicie de Lucas. Se nos presentan varias características de personajes: ciegos que se guían unos a otros, un maestro con su discípulo, hermanos de la misma comunidad que se juzgan, hombres buenos y malos. Puede que sean diferentes historias de distintos momentos en la vida de Jesús, que el autor de este texto creyó que podríamos entender mejor si las leíamos juntas. Con esta estrategia, el escritor está queriendo mostrar un punto de vista: Las relaciones humanas solo cobran sentido si nos cuidamos unos a otros.

Podemos aprender mucho de libros, charlas o artículos de investigación. Podemos gritarle al mundo que una hija o hijo entró en una buena escuela o universidad, que es la mejor de la clase, que hemos ascendido en nuestro trabajo, etc. Todas cosas muy buenas, de las que tenemos derecho a sentirnos bien. No hay nada de malo en ello. Sin embargo, la pregunta es si esos éxitos (personales y ajenos) nos convierten en mejores personas o no, si mejoran nuestras relaciones humanas o nos hacen cada vez más centrados en nosotros mismos y nuestro propio ego. La relación de un maestro con su discípulo, por ejemplo, es una relación de cuidado. El maestro debe cuidar de su discípulo, mostrarle una forma de vivir, ayudarle a ser personas sabias, no solo en conocimiento. Y el discípulo debiera aspirar a convertirse en maestro, es decir, en una persona sabia que cuida de otros. 

Vivimos momentos difíciles como sociedad. La violencia se va apoderando no solo de las redes sociales, sino de las calles y, aún más preocupantemente, de la política del mundo. La situación de las guerras y las amenazas de algunos poderosos gobiernos no nos pueden dejar impávidos, en silencio, atemorizados. Hay hermanas y hermanos nuestros muriendo, viviendo el destierro y la violencia por decisiones que se han tomado sin cuidado. Cuando todo lo miramos desde las alturas, desde los números macro, o desde el interés personal y político, podemos perder los detalles. Y la vida está llena de detalles que fortalecen las relaciones más allá de los contratos sociales o económicos. La mirada de una pareja enamorada, el abrazo cariñoso de los abuelos, el sudor de una madre trabajadora o la sonrisa de los amigos, son detalles que no podemos pasar por alto, porque son gestos que nos hablan de verdadero cuidado por la vida de otros. No se trata de la cantidad de columnas de opinión que tenga un personaje importante de la política o la iglesia, ni de la fuerza con que un gobernante pueda presionar a los más débiles para lograr sus cometidos. Al contrario, el cuidado al que nos invita el evangelio, se trata de escucha, de respeto y de diálogo. El evangelio nos invita a fortalecer las relaciones desde la comprensión mutua.

Pidamos al Señor que nos regale la valentía de seguir su ejemplo, de escuchar y no juzgar, de esforzarnos por comprender y no por imponer. Tal vez, esa es nuestra manera de ser verdaderos discípulos de nuestro Maestro, que cuidó tanto, que fue capaz de ver los corazones de hombres y mujeres, y sin juicios, ofrecer un proyecto de vida mejor para todos. San Pablo nos recuerda, en la segunda lectura, que todo esfuerzo hecho en nombre del cuidado, es una victoria sobre la muerte, porque “en el Señor, tus labores [nuestras labores] no son en vano”. 

Que así sea. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ.

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