3° Domingo de Cuaresma. Año C. Tenemos opciones para enfrentar la crisis ¿con cuál nos comprometemos?
ACLAMACIÓN AL Evangelio Mt 4, 17
“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”, dice el Señor.
Evangelio
Si no se convierten, todos acabarán de la misma manera.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 13, 1-9
En cierta ocasión se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió:
“¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”.
Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?”
Pero él respondió: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás””.
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Homilía
3° domingo de Cuaresma. Año C.
Domingo 23 de marzo de 2025
Hay personas que son portadores permanentes de noticias o de miradas trágicas de la vida. A ellos y ellas les decimos que son “pájaros de mal agüero”. Ese pesimismo, a veces, está justificado: Cuando se vive una situación compleja en casa o en el trabajo y no pocas veces, cuando leemos las noticias de los periódicos o de los noticiarios. Sin embargo, los “pájaros de mal agüero” suelen vivir en ese estado de permanente desolación, en la que no hay opción para el cambio o la esperanza. El evangelio de este domingo nos ayuda a transitar desde el quedarse en la tragedia absoluta al trabajar por la esperanza.
Al comienzo del texto que hemos leído hoy, un grupo indeterminado de personas se acerca a Jesús para contarle una mala noticia: Pilato había mezclado la sangre de unos galileos con la de las víctimas de sus sacrificios. Una situación de suyo escalofriante o, al menos, poco piadosa. Jesús no se centra en la crueldad caprichosa de Pilato, sino en cómo una situación tan trágica producto del mal podría dejar muy tranquilos a quienes no se sientan impactados por ella. Por eso, les habla de conversión. Esta situación es muy cotidiana. Si no nos afecta lo que sucede en el mundo, difícilmente podremos ponernos en camino para resolver los problemas que existen. Ni las guerras, ni la pobreza, ni las injusticias, ni el retroceso en derechos a la libertad o a la educación acabarán, si no nos comprometemos con esas realidades.
Justamente, a causa de la necesidad de comprometerse con la vida es que Jesús cuenta la parábola de la higuera infértil. De este texto, hemos escuchado muchas interpretaciones y versiones. La más común: Que Dios es paciente. Siendo honesto, como me pasa con la mayoría de las parábolas, este relato me deja siempre con más preguntas que respuestas. Si para la tradición de Israel, Dios es el dueño de la viña ¿Es Dios tan impaciente y ansioso como lo relata el texto de Lucas? Si la viña es el pueblo de Israel, ¿por qué no se habla de la viña y, en cambio, se habla de la higuera? ¿Qué hace una higuera en mitad del campo de viñas? ¿Qué nivel de confianza podemos tener en el diálogo entre el dueño de la viña y el trabajador, si ninguno es experto en higueras (uno es un terrateniente y el trabajador es experto en viñas/uvas y no en higueras/higos)? ¿Cómo habrá terminado esta historia: cortarán la higuera al final? Algunas de estas preguntas han tenido respuestas. Otras no.
Tal vez esta última pregunta es la más interesante, porque nos deja frente a un propósito. El dueño y el trabajador no están dialogando para hablar de negocios ni para que este último le rinda cuentas de su trabajo a su empleador, como podríamos esperar. La conversación gira en torno a un objetivo: ¿Qué hacer con un árbol que no da frutos? En nuestro lenguaje, la pregunta podría ser ¿Qué hacer cuando las cosas no salen como las planeamos? Y aquí se pone interesante, porque, entonces, el dueño de la viña y el trabajador/viñador se convierten en dos prototipos de solución. Como dice el gran biblista Johan Konings SJ (QEPD), al seguidor de Jesús le toca elegir entre esas opciones.
Cuando las cosas no salen como lo esperamos, podemos ser el dueño y querer comenzar de cero, no preocuparnos de si estamos a tiempo de pedir los frutos, que la ansiedad nos gane y, con una buena excusa (la de no malgastar los recursos-la tierra), querríamos arrancar todo de raíz. Pero también podríamos ser el viñador/trabajador. Este personaje no ha hecho mucho por la higuera antes (al menos, eso dice el texto), la ha dejado estar; sin embargo, ante la crisis aparente, no solamente pide paciencia, sino que se compromete a la acción. No compromete a otros trabajadores, sino que personalmente se involucra en el proceso de cambio, de remover la tierra, de darle nuevo aire, de abonarla. En otras palabras, cuando las cosas no están saliendo como lo hemos planeado, podemos subsumirnos en la ansiedad y quedarnos quietos o podemos comprometernos con la vida y la sociedad. La decisión es nuestra. Tan nuestra que el relato no dice qué es lo que finalmente pasó en la historia de la parábola, porque esa parábola es nuestra vida, y depende de nosotros cómo terminará.
Pidamos al Señor que nos regale claridad suficiente y coraje para poder tomar decisiones en nuestras vidas, para no ser “pájaros de mal agüero” paralizados ante la tragedia, el descalabro mundial, la crisis de las democracias o el influjo de los irracionales con poder, sino que podamos “ponernos en marcha”, comprometiendo nuestros ideales y nuestras acciones con la esperanza de que esos esfuerzos darán su fruto en justicia y dignidad para la humanidad.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ
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