5° Domingo del Tiempo Ordinario. Año C. La riqueza de la barca está en salir de ella y encaminarnos al encuentro con otros

EVANGELIO

Abandonándolo todo, lo siguieron.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas  5, 1-11

En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y Él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Navega mar adentro, y echen las redes.

Simón le respondió: Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si Tú lo dices, echaré las redes. Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.

Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador. El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres.

Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.


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HOMILÍA

5° Domingo del Tiempo Ordinario. Año C.

Domingo 09 de febrero de 2025


Llevamos días, si no semanas, siendo testigos de cómo ciertos líderes del mundo exacerban las divisiones, creyendo encontrar riquezas en los límites culturales, en la violencia, en la desinformación y en la exaltación de sus propias ideas como verdades universales. Creen que protegen un tesoro, cuando no reconocen que el tesoro está precisamente en el encuentro y la convivencia con lo diferente. “Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro” reza el proverbio bíblico (Eclo 6,14)., precisamente porque la amistad es encontrarse con alguien diferente que dinamiza mis preconceptos y colabora en la construcción de una nueva realidad enriquecida. El evangelio según Lucas nos presenta este domingo, algunos rasgos en que el tesoro de la comunidad creyente nos puede ayudar a mirar con nuevos ojos nuestro lugar en el mundo. A diferencia de otras ocasiones en las que presento datos históricos o antropológicos, en esta ocasión, ofrezco una lectura alegórica del texto según Lucas.

 

El texto del evangelio que hemos leído tiene un hilo conductor: la barca. La barca (el barco, el bote o alguna otra de sus traducciones) se convirtió prontamente, desde los orígenes del cristianismo, en un símbolo de la comunidad de creyentes. Hoy diríamos que la barca es un símbolo de la iglesia. La pregunta que nos queda, en el texto de Lucas, es ¿qué características tiene esa iglesia? o ¿cómo podemos entenderla?

 

Este fragmento del evangelio según Lucas nos permite reconocer algunas características de la barca/comunidad/iglesia. En primer lugar, nadie inventó el grupo que posteriormente se convertirá en comunidad. Las barcas ya estaban allí. No son producto de una intervención divina, ni de un extenso proyecto misionero, ni siquiera de la intervención de Jesús. Las barcas/comunidades están siempre a la vista de todos: en los grupos de adulto mayor, en los niños que juegan en las calles, en los jóvenes, en los amigos que se juntan un viernes por la tarde, en las familias que hacen un almuerzo de domingo, en los trabajadores que luchan por una situación laboral de justicia, etc. Pero esas barcas/comunidades están ahí, sin ser usadas, sin sacar su máximo potencial, están “en la orilla”, preocupadas de sí mismas, sin adentrarse en las inmensidades de los vínculos sociales y el diálogo, hasta que Jesús se sube a las barcas/comunidades.

 

Cuando dejamos que Jesús entre en nuestras relaciones (familiares, de amigos, de grupos, laborales, religiosas), entonces se produce una transformación. Y, desde la barca/comunidad que se ha puesto en movimiento, Jesús enseña. El mensaje de justicia y esperanza que Jesús trae puede llegar al corazón de la humanidad y alimentarlo o puede desvanecerse en medio de las tempestades de la sociedad. Podríamos suponer que, en el caso que nos cuenta el texto según Lucas, el mensaje de Jesús no ha calado hondamente, porque no hay alimento. Entonces, un nuevo cambio de situación acontece en el relato. Cuando Pedro escucha a Jesús y sigue su mensaje, aparece el alimento y aparece en abundancia. Para que la barca/comunidad se robustezca no podemos actuar siguiendo criterios empresariales o técnicos, sino con los criterios del evangelio. La barca/comunidad no se fortalecerá con documentos teológicos ni con planes pastorales, ni con el conocimiento del catecismo o manteniendo instituciones. La barca/comunidad se reanimará cuando conozcamos y vivamos con profundidad la palabra de Dios (no cuando utilicemos la biblia para fundamentar nuestras ideas como lo han hecho algunos políticos o líderes para beneficio personal, sino cuando la conozcamos de verdad y nos dejemos tocar por ese mensaje transformador que supera el status quo).

 

Cuando una barca/comunidad está en crisis y parece que naufraga, el evangelio nos dice que otra barca/comunidad viene en su ayuda. Frente a los momentos de dificultad, es muy fácil que juzguemos y que dejemos de lado a las barcas/comunidades que fracasan en el intento de hacer el bien o las que carecen de fuerza (espiritual, física o económica). El mensaje evangélico es precisamente el contrario: Donde hay fracaso y debilidad se manifiesta la fuerza de Dios, se manifiesta la generosidad humana y la reconciliación.

 

Finalmente, podríamos creer que una barca/comunidad que se ha ido consolidando, que está robustecida, que ayuda y se deja ayudar ha cumplido con su misión. Sin embargo, el texto nos dice que los discípulos dejaron las barcas para seguir a Jesús. Por un lado, el fin de la barca/comunidad no es nutrirse a sí misma, sino servir a la humanidad. Lo otro es un gueto o una secta, donde nadie entra y de la que nadie sale. La barca/comunidad está abierta a los demás, es capaz de entender que no tiene toda la verdad, que debe salir de sí misma para acudir al encuentro y al diálogo con los demás, porque, por otro lado, a Jesús no hay barca/comunidad que lo pueda retener. Las barcas/comunidades no pueden amoldar ni domesticar a Jesús para que se quede cómodamente en ellas. Jesús es más que las barcas/comunidades y nos invita a los que le seguimos a que actuemos como él, a que no nos “quedemos en los laureles” ni en la comodidad de “mi doctrina”, sino que salgamos de la estructura de “mis reglas” para formar, definitivamente, la asamblea que Dios quiere, donde todos y todas tienen un lugar.

 

Pidamos al Señor que nos regale la capacidad de ser verdaderas barcas/comunidades al servicio de la humanidad. Que en nuestro corazón anide el deseo de salir de nuestro propio querer e interés (como decía Ignacio de Loyola) para mirar las necesidades del mundo y, así, alimentados del mensaje del evangelio, ofrezcamos al mundo un mensaje de esperanza y no de condena, de apertura y no de condiciones. Al final del día, nuestra riqueza no está en los límites que ponemos a la barca/comunidad, sino en el modo cómo los traspasamos: acogiendo, ofreciendo esperanza y luchando por la justicia y la dignidad de todos y todas.

 

Que así sea. Amén.

 

P. Juan Salazar Parra, SJ.

 

 

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