2° Domingo del Tiempo Ordinario. Año C. El paso de la precariedad a la alegría de la plenitud: Las bodas de Caná
Homilía
1° Domingo del Tiempo Ordinario. Año C.
Domingo 19 de enero de 2025
Chile es una tierra de vinos. En las mesas de todas las familias suele haber algo de vino. Y alguna vez me enseñaron un juego de palabras: “el que vino al mundo y no toma vino, ¿a qué vino?”. Lo cierto es que no solo en Chile, Argentina o España, sino en muchas partes, el vino hace parte de la cultura diaria y de las celebraciones. Hoy vemos en el evangelio que Jesús también obra un milagro vinculado al vino. Pero en esta ocasión no se trata solo de vino, sino del vínculo de una mujer con el vino.
A pesar de que solamente en el Cuarto Evangelio se narra esta historia que conocemos como “las bodas de Caná”, la mayoría de los especialistas coinciden en que se trata del primer milagro de Jesús. Técnicamente, debemos reconocer que se trata de la primera “señal” de Jesús. Las señales, se dice, a diferencia de los milagros, no suponen un acto de fe de los beneficiarios, sino que los anima a seguir el camino de la fe. Sobre los novios, los mayordomos de la fiesta o los discípulos que acompañan a Jesús no se nos dice que tengan fe. En cambio, al final del relato sí se nos dice que “así, sus discípulos creyeron en él”. Es decir, la confianza en Jesús se suscitó después de la señal. De aquí, una primera idea. La confianza no es una cosa intrínseca, sino que supone hechos que nos ayudan a confiar a creer en otros.
Ahora bien, esta confianza está mediada, en este caso, por la relación entre una mujer y el vino. Es María la que se percata de que falta el vino para la celebración. Por un lado, sabemos que las mujeres del movimiento de Jesús tenían roles que, en general, no estaban ampliamente difundidos. En el texto, se nos muestra a una mujer con alta capacidad de liderazgo, que da órdenes y se le obedece. Inclusive Jesús, que aparece como reticente al comienzo, le obedece finalmente. María se presenta como una mujer ejemplo para toda mujer y hombre, para cualquier seguidor de Jesús. María no necesitó del milagro para confiar en la capacidad transformadora de su hijo. En este sentido, es ella un modelo de confianza y esperanza.
El vino, por su parte, también es un signo importante. En la sociedad y la religión grecorromana el vino se utilizaba para ofrecer sacrificios a los dioses y hacer grandes fiestas. En el mundo judío, en cambio, el vino tiene, además, un valor reverencial. El vino es parte del rito de la liberación del pueblo hebreo (la pascua judía). En la escena, se mezcla el valor celebrativo del vino con un valor sagrado. Lo curioso es que el texto no lo presenta en un contexto religioso. No están en el templo, sino en la fiesta de las bodas, que se podría decir que es un acto profundamente humano o “pagano” (tal vez, el lugar donde se celebra la boda también es importante en este sentido: la Galilea de los paganos). Así, el vino mantiene su valor celebrativo y liberador, pero ahora no en el contexto de una fiesta religiosa, sino de la vida humana cotidiana.
La fiesta, la celebración y la liberación de la opresión (lo que el vino simboliza) se han de dar, siguiendo esta lógica, en el día a día. Y no dependen de los varones ilustrados o de los padres de familia, sino de la presencia de una mujer con personalidad e intuición (lo que María simboliza), con claridad de lo que sucede a su alrededor y con capacidad de ofrecer una nueva oportunidad para que la vida (la boda, en el caso del relato) se siga dando con alegría y esperanza.
Pidámosle al Señor que nos regale la capacidad de reconocer lo que sucede a nuestro alrededor y a actuar, como María, en favor de los que no pueden celebrar la libertad para la que el Señor nos ha creado. Que en todo momento de inquietud o desazón social, los cristianos y cristianas podamos, con firmeza, alzar nuestras voces para que ocurra la señal: para que la vida sea transformada desde la precariedad a la alegría de la plenitud (como el agua en vino en la celebración de las bodas). Al final, el que al mundo vino, que tome vino, que viva plenamente, pero que sea para compartir con otros, porque toda vida merece ser celebrada. Cualquier otra fórmula es simple alcoholismo, que es una forma de mezquindad.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 2, 1-11
Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y, como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le respondió: “Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía”. Pero su madre dijo a los sirvientes:
“Hagan todo lo que Él les diga”.
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: “Llenen de agua estas tinajas”. Y las llenaron hasta el borde. “Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete”. Así lo hicieron.
El encargado probó el agua cambiada en vino y, como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: “Siempre se sirve primero el buen vino y, cuando todos han bebido bien, se trae el de calidad inferior. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento”.
Éste fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él.
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