4° Domingo de Adviento. Año C. Un llamado a movernos con convicción en favor de otros.
Homilía
4° Domingo de Adviento. Año C
Domingo 22 de diciembre de 2024
A veces, vamos apuradas o apurados, porque vamos tarde a algún lado. A veces, vamos apuradas o apurados, porque se nos ha presentado una urgencia, un accidente o un problema. Hay quien habla rápido para aprovechar el tiempo y, normalmente, ocupar todos los espacios, sin dejar lugar al silencio. En el fondo, hay diferentes velocidades en la vida y motivaciones para ir más lento o más rápido. El evangelio de hoy, que nos muestra una prisa, nos enseña también que el centro no está en la velocidad de la vida, sino en la motivación por la que acudimos al encuentro con otras personas.
Leemos este relato del evangelio de Lucas que sucede al de la anunciación. Pocas líneas antes, el ángel del Señor le ha anunciado a María que será la madre de Jesús y que su prima está embarazada. Después de que María dice que es “la esclava del Señor”, aparece la escena que hemos leído hoy. ¿Por qué subió María a Judá? Cualquiera podría pensar que fue por obediencia o por una cierta obligación cultural o moral. En otras palabras, si María es “esclava”, ha de ser obediente; o bien, tal vez, la mujer estaba obligada a ir a ayudar a su prima. Sin embargo, creo que lo que mueve a María no es ni la sumisión ni la tradición.
El autor del texto nos dice que María fue “sin demora” (algunas traducciones dirán “sin prisa” o “rápidamente”) a un pueblo de la montaña de Judá. Precisamente en ese “sin demora” está una de las claves para leer este texto. Lo que la mayor parte de los textos traducen por “prisa”, “rapidez” o “sin demora” (en griego spoudēs), también significa “con convicción” o “como acto de fe”. Este significado nos ayuda a ampliar el sentido del texto. María fue con convicción (como producto de un acto de fe) a visitar a su prima Isabel. Lo central no es tanto la rapidez, la premura de correr a donde la mujer anciana embarazada, sino la convicción que movía a esta joven mujer de ir a ayudar a quien la necesitaba en ese momento. Ese movimiento, genera alegría, asombro y alabanza (de parte de Isabel).
Nadie mandó a María subir hasta Judá, nadie le dijo que debía pasar meses con Isabel para ayudarla en lo que hoy podemos llamar pre y postnatal, no hay una ley que la obligue. Es la convicción de esta mujer la que la mueve a encontrarse con otros. En ese acto, María nos muestra que la fe en Dios, la fe en Jesús debe movernos a actuar en favor de otros. Y nosotros ¿qué convicciones tenemos que movilizan nuestros corazones?
Tal vez, hoy más que nunca –en un mundo en guerras, con violencias e inestabilidades políticas en todas las regiones del mundo, cuando parece que quienes profesan una religión se hacen más rígidos frente a los demás– y ad portas de celebrar la Navidad, el Señor nos recuerda que su venida no depende de la cantidad de luces en las calles, ni los precios de los regalos (ya sea ahora o en el día de Reyes), ni la cantidad de comida en nuestras mesas, sino de cuánta alegría podemos suscitar en la vida de los que han sido marginalizados por los sistemas políticos, económicos y religiosos.
Pidámosle al Señor que nos regale, como a María, la convicción de movernos en favor de otros y que vivamos la vida a una velocidad que no nos impida reconocer las necesidades del mundo, que nos permita detenernos frente a toda la humanidad y ser portadores de esperanza y alegría.
Que así sea. Amén
P. Juan Salazar Parra, SJ.
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Lc 1,38
Aleluya.
Yo soy la servidora del Señor; que se haga en mí según tu Palabra. Aleluya.
EVANGELIO
¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 39-45
María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas ésta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:
“¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor”.
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