33° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B. Invitados a hacer memoria y a construir una comunidad de esperanza y plenitud

 Homilía

33° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B.

Domingo 17 de noviembre de 2024

 

De pequeño, cuando me caía y me dolía un lugar del cuerpo, me solían decir “sana, sana, colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana”. Es la versión infantil, del adagio de adultos: “el tiempo todo lo cura”. Y nos parece que, dejando pasar el tiempo, todo volverá a un estado de normalidad, de bondad o de plenitud. Sin embargo, el texto y la historia de la comunidad del evangelio de hoy nos muestran que es necesario disponernos a la esperanza, si deseamos una mejora duradera.

 

Desde el texto del evangelio de la semana pasada (el final del capítulo 12) al que hemos leído este domingo (mitad del capítulo 13), dos temas han sucedido entre medio. Por un lado, Jesús ha predicho la destrucción del templo (que ya veíamos que se refería a la necesidad de un cambio en el sistema político y religioso, una especie de declaración contra el abuso). Por otro, comenzó un largo discurso sobre el fin de los tiempos con tintes apocalípticos. 

 

El “fin de los tiempos” nos suena a película hollywoodense. Y, de hecho, algunas imágenes son dignas de ser filmadas: El sol oscurecido, la luna pálida, las estrellas que caen, los ángeles que se mueven de un lado a otro, la higuera con sus ramas flexibles, el hijo del hombre bajando sobre las nubes y con poder. Sin embargo, contra la idea de que son imágenes sobre la destrucción del mundo, la palabra que se suele traducir por “fin” (gr. eskhatos), también se puede traducir por “plenitud”. Los seguidores de Jesús de la comunidad de Marcos intentaban dar sentido a las experiencias traumáticas de la destrucción del templo y de la guerra judío-romana de las que habían sido parte o habían escuchado repetidas veces. En otras palabras, este discurso sobre el fin de los tiempos no es tanto una historia sobre el fin del mundo, sino una enseñanza sobre cómo podemos vivir más plenamente nuestras propias historias, nuestros tiempos.

 

En el fondo, estamos frente a un texto que quiere animar a los seguidores de Jesús traumatizados y a nosotros también, a vivir con más profundidad, con mayor plenitud nuestras propias vidas ¿y cómo se logra? Guardando en el corazón sus palabras, que son las que permanecen, es decir, las que anidan nuestro corazón, las que echan raíces en nuestras historias de vida. Si el mensaje del Jesús de Marcos que es liberación, esperanza, misericordia y justicia no anida, no permanece en nuestro corazón, no podremos sentirnos plenos y plenas como personas.

 

Vivimos en una cultura que favorece lo descartable y efímero, en la que lo que no nos sirve hay que desecharlo, no solo con cosas materiales (que ya muestran sus efectos en la ecología), sino que, todavía más, con las personas. Desechamos al que piensa diferente, al que no actúa según nuestros criterios, al que tiene prioridades diferentes, al que no se ajusta a nuestras normas religiosas, sexuales o políticas. Muchos no solo participan de ese modelo económico y social, sino que lo promueven, dejando en el camino a innúmeros hermanos y hermanas condenados a experiencias traumáticas como la discriminación, la pobreza, la guerra, la ignorancia, la desigualdad o la violencia, es decir, destinándolos a morir o, lo que es lo mismo, a vivir sin plenitud. Somos testigos de políticos, líderes religiosos, empresarios que prefieren salvar su puesto de poder, antes que reconocer que han hecho algo mal o que han causado daño a otros con sus acciones o sus silencios. A diferencia de ellos, los hombres y mujeres de fe estamos llamados a escuchar la palabra de vida que viene de Jesús y a dejar que permanezca, que anide, en nuestros corazones, para hacer de la vida de todos, vidas más plenas, más justas, más aceptadas, más honestas.

 

Pidámosle al Señor que nos regale oídos atentos a su mensaje y fuerza física y espiritual para ser portadoras y portadores de un mensaje que ofrezca esperanza, luchadores incansables por un sistema religioso y político que ofrezca esperanza y plenitud a todos y todas. Al final, parece que el tiempo no lo cura todo. La cura verdadera vendrá cuando hagamos memoria responsable de nuestros pasados personales y colectivos, y miremos con esperanza la posibilidad de construir juntos una comunidad que viva en plenitud.

 

Que así sea. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ.

 


ACLAMACIÓN AL EVANGELIO   Lc 21, 36

Aleluya.

Estén prevenidos y oren incesantemente: así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre. Aleluya.

EVANGELIO

Congregará a sus elegidos, desde los cuatro puntos cardinales.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 13, 24-32

Jesús dijo a sus discípulos:

En aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y Él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.

Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta.

Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.

 

 

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