32° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B. Llamados a llegar al corazón de la humanidad para alzar la voz por los marginados y abusados por el sistema.
Homilía
32° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B.
Domingo 10 de noviembre de 2024
Alguna vez, me contaron la historia de un entrenador de natación que no sabía nadar. Quien me contó la historia conocía a los involucrados y, después de un par de risas, poníamos en duda eso de “nadie puede dar lo que no tiene”. Ese entrenador no tenía talento para nadar, pero podía hacer que otros fuesen expertos en esa disciplina. A lo mejor, sí se puede dar lo que no se tiene, pero ¿tenemos la disposición de dar lo que sí tenemos? Esa es la pregunta que aflora con el evangelio de este domingo.
El evangelio de Marcos nos presenta una historia ampliamente conocida: La viuda y las monedas de cobre. Normalmente, hemos entendido ese relato como que no importa la cantidad de la ofrenda, sino el tamaño del sacrificio. Lo relevante no es que esa mujer haya donado apenas dos monedas de cobre, porque lo que importa es que “dio todo lo que poseía”. Y eso es lo valioso a ojos del Señor. Esa interpretación no es del todo errada, porque se ajusta a lo que dice explícitamente el texto. Sin embargo, hay algunos datos del contexto de la historia y del mundo religioso del siglo 1 ec que pueden ayudarnos a comprender mejor lo que el escritor ha querido transmitir al contar esa historia.
En primer lugar, esa idea de que esa mujer ha tenido una actitud generosa, dadivosa y, especialmente, noble no está en el texto. Sabemos solamente que depositó las dos monedas y que era todo lo que tenía. La intención por la que actuó así no está en el texto, ni tampoco su actitud. ¿La habrá tirado con sutileza o con dureza? ¿Su rostro habrá sido pacífico o severo? ¿Por qué sigue yendo al templo si su situación no mejora? Son datos que nos permitirían hablar de su actitud, pero que no tenemos. Sin embargo, lo que sí está en el texto inmediatamente anterior es el conflicto con los escribas y las duras palabras de Jesús para con ellos. Especialmente, solemos pasar por alto que no solo les reclama que usen trajes suntuosos y se sienten en los primeros puestos, sino que, además, “devoran los bienes de las viudas”.
Ahí hay una pista que no podemos obviar. Mientras Jesús reclama que los escribas abusan económicamente de las viudas, el escritor hace aparecer en escena a una de esas mujeres abusadas y afirma que entrega todo lo que tiene. La mujer es la encarnación de los abusos que Jesús denuncia, es una víctima trágica del sistema religioso y político que la oprimía y la corrompía. No extraña que las líneas que siguen a esta historia en el evangelio de Marcos son la predicción de la destrucción del templo. ¡Claro! El templo evoca un sistema de abusos que oprime especialmente a la viuda, al migrante y al huérfano. Frente a ese sistema, la viuda emerge como una mujer de entrega y confianza radical en Dios, es decir, se transforma para nosotros en un modelo a seguir. Y, al mismo tiempo, su presencia revela la corrupción de los líderes religiosos. La viuda, en el relato, deja de ser víctima del sistema para convertirse en una mujer con decisión que no paga con la moneda que tiene la cara del César, sino con su propia vida. Es como si dijera “Doy todo lo que tengo por voluntad propia; no dejo que me lo quiten los abusadores”.
Vivimos tiempos complejos, en los que los políticos se pelean por obtener más beneficios, un hombre con múltiples denuncias ha sido elegido democráticamente en un país importante para el mundo, la riqueza de los países está cada vez más concentrada en grupos pequeños de familias ricas y se enarbolan nacionalismos para justificar las guerras y la violencia. Y mientras los poderosos reclaman más poder, las viudas del evangelio abundan en nuestras sociedades. Son mujeres violentadas, indígenas reprimidos, miembros de la comunidad LGBTIQ+ discriminados, familias empobrecidas y condenadas a vivir en el lodo, y que, sin embargo, siguen luchando, siguen manifestándose en las calles de nuestras ciudades, siguen luchando por sus vidas, intentando desplazarse de los lugares de conflicto a sitios con mayor estabilidad y paz social; siguen confiando en que sus destinos pueden cambiar. Los hombres y mujeres de fe estamos llamados a ser como esa viuda del evangelio: hombres y mujeres que confían plenamente en Dios y que, al mismo tiempo, levantan la voz en contra de las opresiones del sistema.
Pidámosle al Señor que nos regale la valentía de ser como la viuda, para poder poner en la bolsa del templo toda nuestra vida, para llegar al corazón de la miseria humana y, desde allí, levantar la voz por nuestras hermanas y hermanos en humanidad. Cada una y cada uno en los lugares que ocupamos, en nuestras familias, educando a las nuevas generaciones, en nuestros trabajos, en las comunidades cristianas, en las escuelas o los barrios, estamos llamados a darlo todo, a imagen de la viuda y, especialmente, a imagen de Cristo, que también lo dio todo, dio su vida, en favor de la humanidad.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Mt 5, 3
Aleluya.
Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Aleluya.
EVANGELIO
Esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 12, 38-44
Jesús enseñaba a la multitud:
“Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”.
Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre.
Entonces Él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.
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