30° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B. Si queremos ser verdaderamente espirituales, hemos de comprometernos con el mundo y alzar la voz en favor de los descartados..
Homilía
30° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B.
Domingo 27 de octubre de 2024.
Se dice que la madre Teresa de Calcuta afirmaba que “el fruto del silencio es la oración y el fruto de la oración es la fe”. De esta manera, silencio y fe serían dos experiencias profundamente conectadas. De hecho, solemos escuchar que una persona es muy espiritual cuando es tranquila, parsimoniosa, silenciosa. El evangelio de hoy nos pone de manifiesto cómo se vincula la actitud de las personas con su fe.
Lo primero que podemos decir de este relato de la curación del ciego Bartimeo es que aparece en los tres evangelios sinópticos (Mateo, Lucas y la versión que hemos leído hoy, de Marcos), por lo que ha de ser una historia importante. Sabemos que Jesús está de camino a Jerusalén y realiza este cuarto y último milagro. El camino que se presenta es el que va de Jericó a Jerusalén, una ruta muy transitada. Hoy, las personas con visión reducida o ciegas gozan de algunos beneficios y posibilidades de trabajo (aunque no suficientemente incluidos en la sociedad). En tiempos de Jesús eso no era así y debían resignarse a pedir limosnas. Por lo que el camino que nos presenta el relato es ideal para pedir ayuda económica a los peregrinos. En ese lugar, cotidiano para Bartimeo, se encuentra con Jesús.
El encuentro no es suave ni elegante, sino que se da en medio de un griterío. Bartimeo se entera de que va pasando Jesús y comienza el escándalo. Él grita insistentemente mientras el resto de las personas intentan hacerlo callar. Ante esto, Bartimeo arremetía gritando con más fuerza. En algún momento de toda esa escena caótica (que me recuerda la experiencia de ir a una feria), Jesús se detiene y detiene el relato. Todos, incluso nosotros los lectores nos quedamos en silencio y escuchamos que Jesús pide que llamen a Bartimeo. Al llamarlo, parece que el ciego ya ha dejado de ser ciego, se pone de pie, no le pide ayuda a nadie, arroja su manto, va hacia Jesús y con voz segura le dice que quiere ver.
La respuesta de Jesús es desconcertante. No es él quien ha dado la vista al ciego, sino la fe del ciego ha actuado en su favor. ¿Qué ha hecho el ciego para demostrar su fe? ¡Gritar! La insistencia, el grito y la seguridad en la conversación con Jesús son los signos de la fe que han salvado a Bartimeo. No es el individual silencio de una adoración al santísimo, ni el coro polifónico monacal, ni los ejercicios espirituales hechos en una casa retirada “del mundanal ruido”, lo que nos acercará a Dios. No es que sean cosas malas. Todo lo contrario. Suelen ayudar mucho. Sin embargo, los signos de la fe parecen ser: estar metido en el ruido, ser parte del mundo, establecer relaciones de confianza con otros y caminar con la seguridad de quien vive con esperanza. Esos son los signos de salvación que ayudaron a Bartimeo a percibir el paso de Dios por su vida y la fuerza que viene del Señor para seguir su proyecto.
“El que antes era ciego” ahora sigue a Jesús por el camino. ¿A dónde? A Jerusalén, a entregar la vida por los demás. Esa es la consecuencia de comprometernos con Jesús: dar la vida. Bartimeo se suma al proyecto del hombre que le ha mostrado que la fuerza de Dios no habita en lo sagrado sino en lo santo, es decir, no habita en lo que está separado del mundo (lo sagrado), sino en la capacidad que tenemos de vivir el proyecto de Dios en el mundo (lo santo).
Pidamos al Señor que nos regale valentía para seguirlo, pero, especialmente, que nos regale fuerzas para vivir en el mundo, para sostener nuestras opciones por el bien común y la paz, en medio de un mundo que promueve el individualismo y la violencia. No quiero contradecir a santa Teresa de Calcuta, pero, al menos en este caso, lo que nos muestra el evangelio es que la fe no es fruto del silencio, sino de la perseverancia, la conversación y el encuentro con otros. Si queremos ser verdaderamente espirituales, hemos de comprometernos con el mundo y alzar nuestra voz por aquellos a quienes el sistema y la injusticia han silenciado.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Cf. 2Tim 1, 10b
Aleluya.
Nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte e hizo brillar la vida, mediante la Buena Noticia. Aleluya.
EVANGELIO
Maestro, que yo pueda ver.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 10, 46-52
Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!”
Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”.
Entonces llamaron al ciego y le dijeron: “¡Ánimo, levántate! Él te llama”.
Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”
Él le respondió: “Maestro, que yo pueda ver”.
Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
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