25° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B. Un mensaje que anima la coherencia de vida y el respeto por lo que el mundo desprecia.
Homilía
Domingo 25° del Tiempo Ordinario. Año B.
Domingo 22 de septiembre de 2024.
Agradezco, cuando converso con una persona que habla de manera directa, clara, sin rodeos y honesta, que llama "al pan, pan y al vino, vino". Sin embargo, no estamos acostumbrados a ello y las más de las veces no siempre estamos preparados para recibir un mensaje directo. De esa actitud nos habla el evangelio de hoy. Por un lado, Jesús es directo y, por otro, los discípulos no están preparados de corazón para recibir su mensaje.
En esta ocasión la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría nos da un marco de referencia que contribuye a la lectura del evangelio. Se habla de los impíos, que son las personas ajenas a la comunidad de fe. Pero no debemos olvidar que en el mundo hebreo la comunidad de fe une lo religioso y lo social; por lo tanto, el impío no es solamente el que no reza, sino que, principalmente, el que no es solidario con otros, el que no coopera en la construcción de la ciudad, el que se aísla del mundo social. Esos, el libro de la Sabiduría dice que han enraizado sus vidas en una desorientación, en la falta de claridad, lo que resulta en un razonamiento errante, influenciado exclusivamente por el impulso del bien personal, sin pensar en el bien común.
Esos impíos son el símil de los discípulos en el evangelio. Por un lado, Jesús se muestra como el prototipo de vida coherente: Jesús muere de acuerdo a su enseñanza, entregando la vida por los demás, en humildad y apertura a todos, buscando la justicia. Por otro, los discípulos son como los impíos, no creen, no quieren entender ni se atreven a arriesgar la vida y poner en práctica esas enseñanzas.
Por razones distintas, tal vez, la humanidad de antes y la de hoy es reacia a privilegiar el logro de los otros por sobre los personales, a servir sin esperar nada a cambio o a decir la verdad. Creo que los padres y madres de familia pueden entender más esa actitud que propone Jesús, cuando se sacrifican por sus hijas e hijos, cuando abrazan a diario aunque los adolescentes les odien por un momento, cuando enmarcan un logro de los hijos y cuelgan diplomas ganados con justicia y sin trampas, o ponen los dibujos en la pared (a veces, sin que tengan particular talento), cuando deben encontrar las palabras precisas para responder a las complejas preguntas que hacen los niños y niñas. Me parece que ese es el modelo a imitar como sociedad. Pero la separación de lo público y lo privado es tan grande hoy, que esas actitudes se reservan a la intimidad de la familia o a un círculo muy pequeño de amigos, porque actuar de esa manera en el trabajo o en la política, por ejemplo, puede ser signo de debilidad.
Y, de hecho, Jesús nos invita a acoger esa debilidad. Recibir a un niño es acoger y poner al centro a la infancia, que, en el judaísmo de los tiempos de Jesús, no gozaba de los mimos que hoy goza. No había tiendas especializadas en ropa, juguetes o medicina para ellos. Dice el Pirke Aboth, un refranero rabínico, que escuchar a un niño saca al hombre de su lugar en el mundo, se le compara a un ignorante o flojo, perezoso. Lo que Jesús está haciendo es pedir que se acoja lo que el mundo considera débil, que se reciba en su nombre aquello que la sociedad desprecia. Ser coherentes, no impíos, pensar en el bien común, de acuerdo a Jesús, supone acoger y respetar lo diverso, dialogar con los que piensan de otra manera, valorar a quien comparte este mundo con nosotros. Como dijo el secretario general de la ONU, "Miremos donde miremos, la paz está siendo atacada". Por eso, en un mundo de guerras, divisiones, de totalitarismos, de privilegiados y discriminaciones, seguir a Jesús es absolutamente contracultural, porque nos invita precisamente a la unidad, al diálogo, a la democracia y a la coherencia de vida.
Pidamos al Señor que nos regale claridad para entender su mensaje y coraje para ser coherentes con esa enseñanza. Cuando disponemos nuestros corazones, un mensaje que llama "al pan, pan y al vino, vino", permite alegría y esperanza en nuestras vidas y en la del mundo, porque nos anima a crecer en la fe y a desarrollar nuestras sociedades en armonía y de manera colectiva, donde todos tienen cabida y no solamente unos cuantos privilegiados.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Cf. 2Tes 2, 14
Aleluya.
Dios nos llamó, por medio del Evangelio, para que poseamos la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Aleluya.
EVANGELIO
El Hijo del hombre va a ser entregado. El que quiera ser el primero debe hacerse el servidor de todos.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 9, 30-37
Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará”. Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.
Llegaron a Carfarnaúm y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: “¿De qué hablaban en el camino?” Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos”.
Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: “El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a Aquél que me ha enviado”.
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