21º Domingo del tiempo ordinario. Año B. Que nuestros cuerpos reflejen nuestras intenciones.
Homilía
Domingo 21º del tiempo ordinario. Año B.
Domingo 25 de agosto de 2024.
Lamentablemente, nos encontramos en la vida con personas que no son honestas, que muestran una actitud cuando, en verdad, están tramando otras cosas por detrás. Por eso, la sabiduría popular nos dice que “caras vemos, corazones no sabemos”. El evangelio de este domingo nos insiste en que no debemos perder de vista las intenciones honestas y rectas para poder ser coherentes en la vida.
El evangelio de Juan, como ya hemos visto en los domingos pasados, está muy preocupado de darle a la corporalidad el lugar que se merece, que no hay que perderla de vista. Este domingo, nos advierte de los extremos. Es cierto que no hay que perder de vista al cuerpo, pero debemos de tener cuidado con creer que no tiene nada que ver con el espíritu.
Los discípulos están impactados con el lenguaje que usa Jesús ¡Claro! Si el lenguaje propio de los filósofos era para un grupo de élite y los curanderos de la época no se involucraban con los enfermos. Jesús es todo lo contrario; habla con imágenes cotidianas y a las multitudes, y les ha dicho que es él mismo el que se va a entregar. Suena extraño, suena duro. Entonces, Jesús debe explicarles que lo importante no es la dureza del lenguaje, ni que lo sigan porque hace milagros, ni que lo escuchen porque hable bien, sino que lo importante es la motivación para seguirlo: dar la vida por otros. En ese sentido, lo que importa es el espíritu. Sin intención recta, sin ánimo serio, sin espíritu, no se puede dar la vida en serio, porque “el espíritu es el que da la vida”. Alguien puede engendrar hijos, a alguno lo podrán ordenar sacerdote, alguien podrá titularse en la universidad u obtener grados académicos rimbombantes, otros podrán ser dirigentes, políticos u organizadores sociales, pero si nada de eso ocurre porque haya una verdadera intención de colaborar con la vida de la gente, no tiene sentido, porque es pura “fachada”, sin cimientos.
La palabra “espíritu” en griego es pneuma que significa “aire”. Es decir, el espíritu del que habla Jesús no existe en la mente de los filósofos sino que en la vida concreta y corporal de la gente, porque es el que a unos les da ánimo y a otros les da un respiro. En otras palabras, nuestra vida cotidiana debe estar impulsada por el pneuma para que podamos servir con sinceridad y que aquellos con los que compartimos la vida sientan un respiro aliviado al encontrarse con nosotros. Que seamos alivio y no carga. Ese es el pneuma de Jesús.
La carne, la corporalidad, la exterioridad de nuestras vidas es necesaria para entrar en contacto con el mundo, pero la carne de nada ayuda (que podría ser otra traducción de la palabra ópheleó, en vez de “la carne de nada sirve”), si no está inspirada (otra palabra relativa a la respiración, al aire) por el pneuma, es decir, por la vida transparente y recta, testimonio de que vamos junto al Señor.
Pidamos a Dios que nuestras acciones corporales, nuestras actividades cotidianas estén sostenidas en el espíritu de vida, en el aire que necesitamos para avanzar y en el respiro que necesitan tantos y tantas hoy, en medio de los procesos migratorios dolorosos, de democracias inestables, de discriminaciones raciales, sexuales, religiosas, étnicas, etc. De este modo, al entregarnos por nuestros hijos, familias, estudiantes, enfermos, amigos y nuestra comunidad de fe, pidamos que al ver nuestras caras, vean también nuestras intenciones y que estas sean las de Jesús, entregar esperanza, alimento y fuerza, es decir, la vida misma, sin dobleces, sino que honesta y sincera.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
EVANGELIO
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Cf. Jn 6, 63c. 68c
Aleluya.
Tus palabras, Señor, son Espíritu y Vida; Tú tienes palabras de Vida eterna. Aleluya.
EVANGELIO
¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 60-69
Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”
Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo:
“¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?
El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve.
Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.
Pero hay entre ustedes algunos que no creen”.
En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.
Y agregó: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.
Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de Él y dejaron de acompañarlo.
Jesús preguntó entonces a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?”
Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”.
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