20° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B. Que sea vital el compromiso con la humanidad vulnerada
Homilía
20° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B.
Domingo 18 de agosto de 2024
Fiesta de San Alberto Hurtado, SJ
Nuestras ciudades y sociedades están muy preocupadas por el cuerpo. Nos inundan en cada esquina los gimnasios, aumentan las cirugías bariátricas, miles de personas se preparan para correr maratones alrededor del mundo, no se aceptan tan fácilmente los comentarios sobre el cuerpo de otros (el fenómeno body positive), tenemos más conciencia de que no se puede forzar una relación física entre las personas, muchos se cuidan de fumar tabaco o de beber en exceso, etc. En su justa medida y con equilibrio, varias de estas preocupaciones corporales son válidas. El evangelio de hoy nos muestra que el cuerpo no solo es preocupación de la humanidad, sino también de Dios. Jesús mostró la centralidad del cuerpo, pero no de cualquier cuerpo.
Contra muchas opiniones que dicen que el evangelio que llamamos “según san Juan” es muy espiritual y conceptual, creo que el Cuarto Evangelio es un evangelio muy corporal; una buena noticia para la humanidad por medio del cuerpo. Desde el comienzo, el texto nos habla del cuerpo con la encarnación (“el verbo se hizo carne” Jn 1,14) hasta los capítulos dedicados a la cruz y los relatos de resurrección en los que Jesús muestra su cuerpo (Jn 20) y alimenta el cuerpo fatigado de los discípulos (Jn 21). En este sentido, no es de extrañar que, en la sección que hemos leído hoy, aparezca nuevamente la referencia al cuerpo y a la alimentación.
Probablemente, a nosotros nos hace ruido, como le hizo a los fariseos en aquel tiempo, que Jesús diga que nos va a dar su carne/cuerpo para comer. Vale la pena preguntarnos por el tipo de cuerpo que entrega. Aquí, probablemente, está el centro del evangelio, porque es lo que escandaliza a los fariseos en el relato y es lo que impacta a sus seguidores.
Si pensamos que los evangelios se escribieron “de atrás para adelante”, es decir, teniendo en mente la muerte y resurrección primero, probablemente el cuerpo al que se hace referencia en este evangelio no es un cuerpo cuidado o idolatrado. Muy por el contrario, se trata de un cuerpo violentado, golpeado, insultado, denigrado y, en último término, crucificado. Ese es el cuerpo que Jesús entrega y ese es el cuerpo con el que somos alimentados, al que pertenecemos y en el que debemos permanecer, según el evangelio (Jn 6,56). Esto es lo que más debe de haber causado extrañeza en quienes escuchaban este relato. Un cuerpo maltratado no es digno de seguir ni de venerar y aquí se nos dice que debemos quedarnos cerca de ese cuerpo, que debemos comprometernos con ese cuerpo. El cuerpo de Jesús es el cuerpo de los excluidos por el sistema del imperio, es el cuerpo de los esclavos, de los que no son ciudadanos romanos, de los que no ostentan poder público religioso, de los que nadie escucha con confianza. Ese cuerpo es el de Jesús y estamos invitados a permanecer junto a él. Alimentarse de algo significa que ese “algo” es vital, porque nos permite seguir viviendo. La invitación de Jesús es a hacer vital su cuerpo vulnerado.
En pleno siglo XXI, podemos preguntarnos de qué cuerpos nos rodeamos, a qué cuerpos seguimos, qué cuerpos son los que comparten la mesa con nosotros, qué cuerpos son cuerpos amigos y cuáles son cuerpos extraños y distantes. Los cuerpos de los empobrecidos por el sistema suelen estar relegados a poblaciones aisladas de la vida política y económica. Los cuerpos de las mujeres violentadas, de las comunidades históricamente discriminadas (indígenas, LGBTIQ+, migrantes) y los cuerpos de los pobres suelen ser descritos como “minorías”. Sin embargo, no debemos olvidar que, por un lado, el conjunto de los cuerpos de esas mal llamadas minorías son, en verdad, mayoría numérica y, por otro, son relevantes a los ojos de Dios, porque son el cuerpo Jesús. Cuando nos conformamos como asamblea en la liturgia y somos el cuerpo de Cristo, no nos imaginemos cualquier cosa, sino que miremos directamente a los vulnerados. Cuando comulgamos, es el cuerpo de los vulnerados el que aceptamos en nuestra vida.
Pidámosle al Señor que nos regale la gracia de alimentarnos de su cuerpo, es decir, que sea vital para nosotros el compromiso con los vulnerados y marginalizados. Esta petición hace especial sentido hoy, 18 de agosto, día en que celebramos la fiesta de San Alberto Hurtado, siempre preocupado de atender el cuerpo de los que sufrían la opresión de la pobreza (la niñez en situación de calle, los alcohólicos sin hogar, los trabajadores, los jóvenes sin rumbo). Que al caminar por las calles de nuestras ciudades y poblaciones, de los barrios y pueblos, no nos preocupemos solamente del cuerpo propio, sino que miremos las vidas que nos rodean, sus necesidades y aflicciones. Probablemente en esos cuerpos, Dios sigue hablando, sigue comunicando un mensaje que invita a la liberación, porque sigue comprometiéndose con su pueblo que sufre y nos invita también a comprometernos a su modo.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Jn 6, 56
Aleluya.
“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él”, dice el Señor. Aleluya.
EVANGELIO
Mi carne es la verdadera comida, y mi sangre, la verdadera bebida.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-59
Jesús dijo a los judíos:
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo”.
Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”
Jesús les respondió:
“Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.
Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaúm.
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