19° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B. Alimentarnos del pan de vida es contribuir a un mundo justo y esperanzador

 Homilía

19° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B.

Domingo 11 de agosto de 2024

En tiempos difíciles, cuando la cesantía agobia a la población o los salarios no alcanzan para cubrir las necesidades mínimas, la preocupación de muchos adultos en las familias es "llevar el pan a casa". Hoy, el evangelio nos pone nuevamente frente a la imagen del pan, pero hemos de estar atentos a qué tipo de pan queremos llevar, porque, de acuerdo a la buena noticia, no todo pan sacia de la misma manera.

El cuarto evangelio (que llamamos "según san Juan") se divide en dos grandes partes. La primera de ellas se trata de una larga sección hasta el capítulo 12, llena de discursos y signos que nos van presentando diversas imágenes de Jesús que es, al mismo tiempo, imagen del Padre. Es decir, en la medida en que reconocemos algunos rasgos de Jesús en el texto, vamos también descubriendo rostros de Dios en nuestras vidas. Podríamos decir que cuando Jesús dice "Yo soy [algo]" estamos frente a un rostro de Dios que se nos comunica. O sea, no solo Jesús es la puerta [que comunica], el agua [que sacia], el buen pastor [que cuida] o la luz del mundo [que ilumina], sino que el Padre también es esa comunicación, ese cuidado, esa luz. 

No es de extrañar, entonces, que en la misma línea aparezcan dos frases muy significativas para el relato de este domingo. Por un lado, el evangelista dice que nadie ha visto al Padre sino [Jesús] que viene de Él. Por otro, dice que Jesús es el pan de vida. En otras palabras, si tenemos la capacidad de reconocer al pan de vida, entonces tenemos, también, la capacidad de reconocer un rasgo del Dios que es vida, es alimento. El pan que sacia y es signo de fuerza y esperanza, no es solo un símbolo metafórico y religioso, sino que es también signo de una sociedad justa y responsable con todos sus miembros. Por lo tanto, cuando alguien no puede llevar el pan a casa, entonces, algo del rostro de Dios se desdibuja en el mundo. Es como si borráramos a Dios del mapa de la sociedad.

Por eso, así como hay "pan de vida", también hay "pan de muerte". Hay situaciones que borran a Dios (y no me refiero a la falta de imágenes religiosas en las casas o escuelas), sino a situaciones que generan injusticia en nuestras familias, colegios, trabajos y sociedades. Nos alimentan del egoísmo, de la información falsa que circula en las redes sociales, de fotografías trucadas, de competencia desleal, de negocios ilegales, de discriminaciones de diverso tipo, de la pobreza que crece en diversos lugares y de políticos de posturas extremas que solo buscan infundir miedo en el mundo. Lentamente, vamos alimentando nuestra vida de odiosidades, ofendiendo al que piensa diferente, insultándolo y, peor aún, anulándolo del mapa. 

Como cristianos y cristianas estamos llamados a alimentarnos del pan de vida, es decir, a discernir qué tipo de persona y de mundo quiero ayudar a construir. Si estoy del lado de los que quieren agrandar las brechas de la desigualdad o de los que quieren acortarla, de los que sostienen discursos de miedo y amenazas o de los que promulgan la verdad y buscan la justicia. El discurso del pan de vida no es una invitación a "tomar palco" y observar cómo el mundo avanza, sino que se trata de un llamado al compromiso con un territorio donde a nadie le falte el pan.

Pero el pan de vida no tiene solamente implicaciones sociales, sino también personales. El pan que llevamos a nuestra casa ¿es pan de vida o pan de muerte?, las conversaciones que tenemos en la mesa ¿alimentan el odio o la esperanza?, los abrazos que nos damos con nuestros seres queridos ¿son honestos o buscan privilegios personales?, etc. 

Pidámosle al Señor que nos regale la capacidad de contribuir, en nuestros contextos, a crear mundos de esperanza y honestidad. Al final del día, la preocupación por "llevar el pan a casa" no es solamente de quienes se encuentran sin trabajo, sino de todos quienes quieren contribuir a saciar el hambre de pan, de justicia y de relaciones sanas que presentan nuestras sociedades y nuestras vidas personales. Así caminamos por la vida prometida por Dios que es eterna y duradera, porque anida en nuestros corazones y en nuestras obras.

Que así sea. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ.


EVANGELIO

Yo soy el pan vivo bajado del cielo.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 41-51

Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: Yo soy el pan bajado del cielo. Y decían: ¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: “Yo he bajado del cielo?”

Jesús tomó la palabra y les dijo:

No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y Yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas:

“Todos serán instruidos por Dios”. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí.

Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo Él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree, tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida.

Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo.






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