4° Domingo de Pascua. Año B. Arriesgar la vida por la reconciliación, la justicia y la paz de la humanidad

Homilía

4° Domingo de Pascua. Año B.

Domingo 21 de abril de 2024.

Cuando éramos pequeños, se nos enseñaba que, para lograr algunos sueños, había que invertir mucha energía. Había que arriesgar. Y cuando alguien se desanimaba, se nos decía, "el que no arriesga, no cruza el río" (o en una versión más estándar, "no cruza el mar"). Sobre riesgos y efectos de los riesgos nos habla el evangelio de hoy.

En este domingo, llamado del Buen Pastor, somos invitados a rezar por nuestra vocación de seguidores de Jesús. Si Jesús se presenta como el pastor, también nosotros y nosotras hemos de ser pastores y pastoras. Ahora bien, hemos de respetar al verdadero buen pastor e intentar, con nuestras pequeñeces, seguirlo. En esta ocasión, Juan nos dice que Jesús es el pastor que conoce a sus ovejas, cuya misión no se la inventó él mismo, sino que la recibió del Padre. Dos importantes rasgos para comenzar nuestro seguimiento a Jesús: conocer a su comunidad y reconocer que lo que se haga ha de estar inspirado por los criterios de Dios y no por los criterios de una institución o de la humanidad.

Entonces, en primer lugar, mirando al buen pastor, somos llamados a conocernos unos a otros, a preocuparnos de quien tenemos cerca, a involucrarnos en la vida de la sociedad y también de nuestra comunidad de fe. Entender, por ejemplo, la participación en la iglesia como un evento social, un trámite o un requisito de salvación está en la dirección exactamente contraria a la propuesta de Jesús que nos invita a celebrar la fe, porque celebramos nuestra vida compartida.

En segundo lugar, estamos invitados a tener una buena relación con Dios, a conocer su mensaje, sus palabras, a profundizar en su misterio y, especialmente, a experimentar un vínculo con Él. No basta con el conocimiento del catecismo o del derecho o de la teología, ni la prédica buena o mala del fin de semana. Necesitamos, para ser nosotros también buenas y buenos pastores, tener una relación personal con el Señor.

Pero no es solo conocernos entre nosotros y tener una relación con Dios. El vínculo con los hermanos y con Dios ha de movilizar nuestros corazones. No es de extrañar, entonces, que el autor del evangelio repita, al menos, cuatro veces la expresión "yo doy mi vida". Muchos han creído, y con razón, que se trata de un acto de voluntad de Jesús, es decir, que es él quien da la vida, nadie se la ha quitado. Pero es algo más que eso, el verbo "dar", en este caso, también tiene la acepción de "arriesgar". En el fondo, lo que el evangelista puede estarnos diciendo es que el buen pastor "arriesga su vida". No sería extraño que este fuera el verdadero sentido, si pensamos en que las palabras y obras de Jesús son las que lo llevan a la cruz. Jesús supo qué teclas tocar en la sociedad de su época para anunciar un mensaje que llegara al corazón de todos y todas. Así, mientras caminaba por Galilea, arriesgaba su vida con su misión, por una propuesta de dignidad y justicia para todas y todos. Nosotros, ¿por qué proyectos arriesgamos nuestras vidas? Tal vez, es el momento de volver a preguntarnos, a nuestra edad, con nuestros medios, según nuestros contexto, ¿cómo puedo seguir el ejemplo de Jesús y arriesgar mi vida? 

La respuesta no se dejará esperar, si afinamos el oído y la visión. El llamado para que nos arriesguemos vendrá de las regiones del mundo que viven en la miseria y que hoy enfrentan la guerra, de situaciones como la violencia que sufren las mujeres, la discriminación de migrantes, el aislamiento de las comunidades LGBTIQ+, la soledad de los ancianos, el desamparo de los enfermos, el estigma de los presos. Incluso podemos ir a nuestra ciudad y nuestros barrios, y pensar en las personas, los proyectos y las necesidades que urgen a nuestros vecinos y amigos. Y allí, no en otros lugares, ¡allí! ofrecer una mirada cálida, un abrazo generoso, una palabra de aliento o una ayuda material será verdaderamente arriesgar nuestra vida al estilo de Jesús.

Pidámosle al Señor que nos regale coherencia de vida para poder arriesgarla, para poder mirar dónde somos necesarios y dónde podemos ejercer nuestro rol de pastoras y pastores en medio del mundo. Al final, esos son los riesgos para poder cruzar el río (mar) y encontrarnos con el Señor que, desde lo hondo, clama por justicia, paz, reconciliación y dignidad en la vida de la humanidad.

Que así sea. Amén.



ACLAMACIÓN AL EVANGELIO   Jn 10, 14

Aleluya.

Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí, dice el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

El buen Pastor da su vida por las ovejas.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Juan 10, 11-18

Jesús dijo:

Yo soy el buen Pastor.

El buen Pastor da su vida por las ovejas. 

El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa.

Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.

Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí, -como el Padre me conoce a mí y Yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas.

Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo rebaño y un solo Pastor.

El Padre me ama porque Yo doy mi vida para recobrarla.

Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo.

Tengo el poder de darla y de recobrarla: éste es el mandato que recibí de mi Padre.



Comentarios

Entradas populares