Solemne Vigilia Pascual. Año B. Al ayudar a otros, la vida brota, la esperanza aparece y la resurrección se hace evidente.
Homilía
Solemne Vigilia Pascual. Año B.
Cuando nos acercamos al final del año civil, solemos oír que la gente dice “año nuevo, vida nueva”. En Oriente Antiguo, el mundo de Jesús, la llegada de la primavera es también la llegada del año nuevo. El mes de Nisán, cuando se celebra la pascua, es el primer mes del año, el mes de la primavera. Entonces, al celebrar la pascua cristiana, nos unimos al mundo en el que Jesús vivió y con el que sus seguidores compartieron, primeramente, la vida nueva traída por la resurrección.
“Año nuevo, vida nueva”. Se dice que la fiesta de la Resurrección es la fiesta de la vida. Pero ¿de qué vida? El relato de Marcos nos presenta varias opciones. Puede ser la fiesta de la vida de esas mujeres que quieren ir a ayudar a su maestro, que acuden prestas y diligentes ante quien necesita de ellas, pero, confundiendo los medios y fines, se preocupan más de quién les va a mover la roca, olvidando la historia vivida con Jesús y las promesas que les hizo mientras caminaban juntos por las calles de Galilea. También podría ser la vida de los discípulos varones que no aparecen en el relato, pero sabemos, por textos como el de Juan, que están ocultos y temerosos de ser tomados presos. A lo mejor, puede ser la vida de los varones que escribieron este relato, años después, y han puesto a las mujeres como miedosas que se quedan calladas. Esos varones han preferido la normativa de la época, en la que se sostenía que solo podían ser testigos dos varones; entonces, desechando el testimonio de las mujeres, para no “escandalizar”, las convierten en testigos silentes de la resurrección.
O puede ser la vida de Dios que, en la figura de ese ángel, de ese mensajero, está con paz, sentado en el lugar del dolor, en el lugar de la muerte, y, desde allí, transmite un gran mensaje: el crucificado es el resucitado. La vida que viene de Dios, la vida resucitada y plena no es aquella exenta de la angustia y el desconcierto que provocan el dolor y la muerte, sino aquella que es capaz de asumir el sufrimiento y, de la mano del Señor, comenzar de nuevo, como cada primavera (cada pascua, cada mes de Nisán) florecen los brotes de las plantas e inundan las ciudades de color y alegría.
Pidamos al Señor de la Vida, que esta fiesta de la Resurrección no nos haga olvidar a los que sufren el dolor y la muerte, a los que han sido víctimas de la guerra y de las injusticias de sistemas económicos y sociales perversos en distintos lugares del orbe. Pero también pidámosle al Resucitado que esta fiesta de la vida nos ayude a mirar con esperanza nuestro mundo, porque cuando, como las mujeres del evangelio, nos disponemos a acudir en ayuda de otros, la vida brota, la esperanza aparece y la resurrección se hace evidente.
¡Feliz Pascua! ¡Aleluya! ¡Aleluya!
P. Juan Salazar Parra, SJ.
EVANGELIO
Jesús de Nazaret, el Crucificado, ha resucitado.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 16, 1-8
Pasado el sábado, María Magdalena, María, la madre de Santiago, y Salomé compraron perfumes para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana, cuando salía el sol, fueron al sepulcro.
Y decían entre ellas: “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?” Pero al mirar, vieron que la piedra había sido corrida; era una piedra muy grande.
Al entrar al sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, pero él les dijo: “No teman.
Ustedes buscan a Jesús de Nazaret, el Crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que Él irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, como Él se lo había dicho”.
Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo.
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