Domingo 4° de Cuaresma. Año B. Invitados a colaborar en la renovación de la comunidad y de la sociedad

Homilía

4° Domingo de Cuaresma. Año B

Domingo 10 de marzo de 2024


Aunque coincido con la idea de disfrutar la vida y de mirarla con esperanza y un sano optimismo, la frase "la vida es una sola y nada más" genera muchas preguntas. Inclusive más allá de la confianza que podamos depositar en la promesa de Jesús sobre la vida eterna, ya en esta tierra, creo que vivimos muchas vidas. No lo hacemos por cinismo, sino porque vamos cambiando, evolucionando, porque vivimos eventos que nos hacen transformar la vida y cambiar nuestras formas de pensar. Eso hace que vivamos, al menos, simbólicamente, diferentes vidas. En cada etapa de nuestras vidas, nos experimentamos como personas diferentes (hay quienes se ponen más serios, hay quienes se liberan, hay quienes se van haciendo rígidos, etc.)  De esos procesos nos habla el evangelio de hoy.

La comunidad de Juan ha sufrido la expulsión de la sinagoga tras lo que algunos han propuesto como la "reunión de Jamnia" (ocurrida después de la destrucción del templo de Jerusalén en la década de los 70 EC). Con este evento se han separado más definitivamente el judaísmo rabínico y el  movimiento de Jesús. Aunque ambos vienen de la misma tradición plural que llamamos Judaísmo del Segundo Templo, es ahora cuando comienza un largo proceso de diferenciación más radical que hará que surjan, aunque siglos más tarde, dos religiones: el judaísmo rabínico y el cristianismo. Estamos, entonces, frente a una comunidad que da cuenta, al mismo tiempo, de la tradición compartida con el judaísmo rabínico, pero también de su necesaria renovación.

La primera imagen que leemos en el fragmento de este domingo es que se compara a Jesús con la serpiente de bronce que, ante la plaga de serpientes, Dios pide a Moisés que haga y eleve delante del pueblo. Todo el que sea mordido por las serpientes de la plaga será sanado y vivirá si mira esta estatua de bronce (Cf. Nm 21, 8-9). Esta serpiente se convertirá luego en parte del patrimonio religioso de Israel. Si bien, desde el comienzo tiene un valor de culto, porque mostraba la fuerza sanadora de Dios, posteriormente será llevada al templo, se le rendirá devoción particular y, posteriormente, será considerada como peligrosa y la retirarán del templo (2 Re 18, 4). 

Jesús es ese patrimonio religioso, la serpiente de bronce que es elevada para la salvación de todos y que después será rechazada por ser considerada peligrosa. Por ello, el texto nos presenta la idea de que el patrimonio religioso no está en los templos ni el modo de celebración de la liturgia o el culto, sino que está en la vida del ser humano, porque Jesús no vino a traer muerte sino vida. Cuando nos enfrascamos, tantas veces, en nuestras normativas o prácticas religiosas, este texto nos recuerda que nuestro patrimonio religioso no son los cuadros en los museos, ni el bronce de los templos, ni los decretos del derecho, ni las rúbricas del culto, sino que el fundamento de nuestra vida creyente está en la preocupación por la vida de todo ser humano. Vivimos una verdadera vida de fe cuando nos preocupamos de nuestros hermanos y hermanas, de sus necesidades, cuando nuestras acciones ayudan a que otros se sientan más vivos y más libres.

Hace años que se habla de la crisis de la iglesia, de la crisis de la familia, de la crisis de la cultura, etc. En verdad, lo que está en crisis son los modelos tradicionales donde los seres humanos hemos fundido (como el bronce) nuestra fe, y no comprendemos que, al igual que la serpiente, nuestras formas de vida y de expresión de la fe necesitan renovarse. La imagen que usa el evangelio no solamente tiene que ver con la historia de Israel, sino que también marca la necesaria renovación. Si la serpiente no cambia su piel, muere dentro de la piel vieja. Eso sucede con nuestras comunidades cuando no somos capaces de renovar  nuestras formas de expresión de esa fe y nuestra comprensión de la vida. La serpiente es el recuerdo de que Jesús plenifica la tradición religiosa de Israel, que viene a salvar, pero también nos recuerda que estamos invitados a la renovación permanente, a no limitarnos a prácticas anquilosadas, sino que podamos mirar con ojos nuevos cada tiempo y cada persona, cada lucha y cada demanda de cambio.

Pidamos este domingo al Señor que nos ayude a renovar nuestra fe. Así como, simbólicamente, no vivimos una sola vida, sino que varias, porque tenemos la capacidad de modificar nuestra forma de pensar y de actuar, el evangelio podría invitarnos a esa misma experiencia. La Buena Noticia es que somos llamados a colaborar en la renovación de la experiencia de iglesia; a mirar nuestra historia como comunidad de fe y responder a las inquietudes y a la realidad actual con deseo de renovación. Podríamos reescribir el dicho popular y afirmar que la vida no es una sola, y la fe tampoco, porque estamos siempre en cambio, movidos por el mismo Espíritu de Jesús.

Que así sea. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ.


ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Jn 3, 16

Dios amó tanto al mundo, que, entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga Vida eterna.

EVANGELIO

Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por Él.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 14-21

Dijo Jesús:

De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.

En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

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