Domingo 2° de Cuaresma. Año B. El monte, presencia de Dios que invita a cuidar de toda la humanidad
Homilía
2° Domingo de Cuaresma. Año B.
Domingo 25 de febrero de 2024
Los cerros han acompañado mi vida. Como varios sabrán, soy de Valparaíso, y lo que más hay en la ciudad es cerros. De pequeño, con mis amigos, solíamos subir o bajar los cerros corriendo, saltando en las escaleras y contando sus interminables peldaños; aunque, a veces, con un poco más de pereza, subíamos en ascensor (funicular) para llegar antes o menos cansados a nuestras casas. En el cerro se siente la fuerza del viento, que refresca en un día de calor, pero que también aviva las llamas de fuego en momentos difíciles. Desde un cerro del puerto se aprecia la inmensidad del océano y, a la vez, el centro de la ciudad, más desarrollado, donde todo "lo importante" sucede. El cerro ofrece esa mezcla de sensaciones: fuerza y calma, perspectiva y separación. De cerros, nos hablan las lecturas de este domingo.
El cerro, el monte o la montaña es una imagen frecuente en la literatura cananea (el monte Safón), en la griega (el monte Olimpo), también en la hebrea (el monte Carmelo o el monte Sinaí) y posteriormente en la de los seguidores de Jesús (el monte de los Olivos, el monte Calvario). En el Monte Olimpo o el Safón, por ejemplo, se evidencia la división entre dioses y hombres: allí habitan solo los dioses y, particularmente en el caso cananeo, era el hogar del dios de la tormenta, de la fuerza destructora. Pero esos elevados montes, famosos por su fuerza , no sólo servían de referencia geográfica o mítica, sino que también operaban como lugares de culto. En las sociedades que rodeaban al Antiguo Israel era común que, para aplacar la ira de un dios, se ofreciese la vida de un joven o un niño, una virgen, etc.
Ese es el caso del relato del Génesis que hemos leído. El escritor nos va conduciendo junto con Abraham e Isaac camino a la cima del monte. Los lectores somos guiados por una historia en la que se dice que Dios ha pedido que se ofrezca el hijo único en holocausto, es decir, en sacrificio radical. Hasta ahí, con Abraham somos testigos de lo que sucedería en cualquier cultura de la Antigüedad. Sin embargo, el Dios de Israel se muestra diferente. Cuando llega el momento del sacrificio, es Dios quien detiene el puñal y, con ello, manda un mensaje a toda la humanidad: los sacrificios humanos no pueden seguir ocurriendo. No son designio de Dios. Es una experiencia narrativa para nosotros como lectores, pero debe de haber sido una enseñanza enorme y una propuesta de cambio para quienes habían creído toda su vida que Dios necesitaba de sacrificios humanos. El mundo actual también sacrifica humanos. Ya no los suben a los montes para matarlos a sangre fría, pero la cultura del narcotráfico, la encarcelación sin procedimientos justos, la denostación del rol de la mujer en la sociedad, la discriminación de colectivos LGBTIQ+ o de migrantes o indígenas, los estudiantes con necesidades educativas especiales maltratados o que sufren de acoso, son, entre muchos otros ejemplos, hombres y mujeres llevados al sacrificio. Son chivos expiatorios de nuestra violencia y de nuestra falta de humanidad. Y los hijos de Dios debemos detener los puñales agresores y gritar con fuerza ¡Eso no es lo que Dios quiere!
El relato del evangelio retoma la imagen del monte. En esta ocasión es Jesús el que sube e invita a tres de los suyos para que lo acompañen. En el monte, ocurre lo que conocemos como la Transfiguración. Jesús, el humano, adquiere formas divinas: las vestiduras que destellan luz, la ropa blanca como la nieve, los grandes profetas a su lado, casi como si fuesen "guardaespaldas" o de su equipo de seguridad. Todo coloca a Jesús al centro de la escena y le otorga un tono de divinidad. Los discípulos son testigos privilegiados de Dios que se está manifestando. Antes de subir, Jesús les ha dicho que él debe sufrir. Ninguno de los tres, ahora perplejos con tanto fulgor, lo recuerda. Se han olvidado al punto de pedir quedarse ahí cómodamente disfrutando del espectáculo. Dios mismo debe bajar en forma de nube protectora y con voz de mando para decirles que deben escuchar a Jesús. La transfiguración no es solamente la escena de los trajes brillantes y la certeza de que Jesús es Dios. La transfiguración, que ocurre en el monte, es el evento donde los discípulos se encuentran con Dios que los invita a cuidar el proyecto de Jesús, a no dejarse dominar por el éxito o las luces de las cámaras. El monte les ha ayudado a tener una perspectiva más amplia de la misión de Jesús y es el lugar donde son protegidos por Dios para que no les dominen el ego o la superficialidad.
El monte en la Antigüedad era lugar de sacrificios y muertes. El monte del Dios de Israel, del Dios de Jesús, es, en cambio, el lugar de la calma, donde nuestra vida puede volver a tener sentido, porque nos encontramos unos con otros y también con el Señor. El monte es el lugar donde nuestra perspectiva de la vida adquiere nuevos ribetes y podemos armarnos de valor para seguir caminando, en medio de los dolores humanos. El monte es el lugar del encuentro con un Dios que nos cuida, que cuida a la humanidad para que no se destruya a sí misma sucumbiendo ante la idolatría del éxito y que nos anima a cuidarnos unos a otros. ¡Eso es lo que Dios quiere!
Pidamos este domingo que, al subir nuestros propios montes, sepamos apreciar la presencia de Dios que nos habla y nos invita a cuidar de toda la humanidad. Entre subidas y descensos de las montañas, podríamos agotarnos, querer acortar caminos, eliminar enemigos o estancarnos en alguna posición de privilegio. Sabemos que podremos hacerle frente a estas dificultades tan comunes, porque, como tan brillantemente, dice Pablo en la carta a los Romanos, "Dios está con nosotros" en el monte, en la casa, en la llanura, contemplando el mar, reconstruyendo nuestras sociedades o luchando por espacios más inclusivos. Y "si Dios está con nosotros, ¿quién estará en nuestra contra?".
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
PRIMERA LECTURA
El sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe.
Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18
Dios puso a prueba a Abraham.
“¡Abraham!”, le dijo.
Él respondió: “Aquí estoy”.
Entonces Dios le siguió diciendo: “Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que Yo te indicaré”.
Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, Abraham erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac, y lo puso sobre el altar encima de la leña. Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero el Ángel del Señor lo llamó desde el cielo: “¡Abraham, Abraham!”
“Aquí estoy”, respondió él.
Y el Ángel le dijo: “No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único”.
Al levantar la vista, Abraham vio un carnero que tenía los cuernos enredados en una zarza. Entonces fue a tomar el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
Luego el Ángel del Señor llamó por segunda vez a Abraham desde el cielo, y le dijo: “Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: porque has obrado de esa manera y no me has negado a tu hijo único, Yo te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos, y por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, ya que has obedecido mi voz”.
SALMO RESPONSORIAL 115, 10. 15-19
R/. Caminaré en presencia del Señor.
Tenía confianza, incluso cuando dije: “¡Qué grande es mi desgracia!” ¡Qué penosa es para el Señor la muerte de sus amigos!
Yo, Señor, soy tu servidor, lo mismo que mi madre: por eso rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, e invocaré el nombre del Señor.
Cumpliré mis votos al Señor, en presencia de todo su pueblo, en los atrios de la Casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén.
SEGUNDA LECTURA
Dios no perdonó a su propio Hijo.
Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 8, 31b-34
Hermanos:
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con Él toda clase de favores?
¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? “Dios es el que justifica. ¿Quién se atreverá a condenarlos?” ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Mt 17, 5
Desde la nube resplandeciente se oyó la voz del Padre: “Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”.
EVANGELIO
Éste es mi Hijo muy querido.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 9, 2-10
Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.
Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: “Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo”.
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.
Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría “resucitar de entre los muertos”.
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