6° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B. La Humanización es concreta, es física, invita al encuentro y a actuar en favor de otros

Homilía

6° Domingo del Tiempo Ordinario. Año B.

Domingo 11 de febrero de 2024


Entre los políticos, curas, profesores e intelectuales hay un buen grupo de especialistas en hacer discursos y construir argumentos, las más de las veces, muy bien entrelazados. Sin embargo, la gente de a pie, los cristianos de la vida diaria, aquellos que saben que la vida es más compleja que un simple blanco o negro, también saben que los discursos no bastan, porque las necesidades son mayores y, entonces, se nos viene a la cabeza eso de "obras son amores y no buenas razones". Se trata de una buena definición de amor, al más puro estilo de Ignacio de Loyola, "el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras", sobre todo cuando presenciamos dramas profundos como los incendios de Chile, las inundaciones en Estados Unidos, la guerra que se mantiene viva en Ucrania y el genocidio en Gaza. Entre otros temas, de una forma particular de amar nos hablan las lecturas de este domingo.

La lepra era una enfermedad muy común en el mundo del antiguo Israel. Era tan importante que se crearon leyes para defenderse de ella y tan importante fue, que llegó a convertirse en tabú, es decir, se sabe de su existencia, se sabe de su presencia en la vida cotidiana, pero resultaba mejor no hablar de ella. La primera lectura retoma esa antigua ley del levítico que mandaba dos prácticas enajenantes o, en lenguaje actual, deshumanizadoras. Por un lado, al enfermo se le apartaba de la comunidad ante el primer indicio de problemas de salud, se le mandaba a vivir fuera de la ciudad. Y, tal vez, lo más complejo, era que se le obligaba a declararse públicamente un extraño, un no-humano, al tener que gritar por las calles "¡Impuro!". Es muy entendible el deseo de preservar la vida ante la amenaza de la enfermedad; sin embargo, es necesario cuidar que dichas prácticas sean humanizadoras, porque la dolencia en sí misma ya es suficientemente compleja, como para añadir cargas morales y sociales que no vienen naturales con la situación, sino que se imponen como traumas a las historias de las personas.

Jesús es el sanador en el evangelio de Marcos. Pero, como ya he comentado en otras ocasiones, sanadores hay de distinto tipo y en abundancia en el mundo de Israel, Roma y Grecia. La particularidad de Jesús no es solamente la curación de la lepra, sino que, con este acto, Jesús restaura la humanidad del leproso que se había puesto en duda por su enfermedad. Jesús no solo está cumpliendo con la ley de Moisés cuando le pide que vaya al sacerdote y entregue su ofrenda por haber sido sanado, sino que lo reincorpora a la comunidad que le ha excluido y marginado antes. Es el acto público de decirle al enfermo "tú participas de esta comunidad, eres un miembro valioso para todos". Sin embargo, el enfermo curado sabe que su exclusión no fue solo social, sino que ahora, en vez de ir gritando "¡impuro!" por las calles, puede gritarle a todos que está sano. Y que ha recobrado la salud es sinónimo, entonces, de haber recobrado su humanidad. Ahí está el foco del evangelio. La salud física podrá o no restaurarse, dependiendo de los tratamientos y avances de la medicina de nuestro tiempo. Lo que Jesús le enseña a la comunidad de seguidores suyos es que lo que para las autoridades es una "anomalía" que debe ser extirpada, para la comunidad cristiana es "humano" y debe ser incluida en la comunidad.

Tal inclusión, en la persona de Jesús, queda claro que no puede ser meramente discursiva. No basta con una sensación superficial de "lástima". La reincorporación de las y los hermanos que han sido excluidos de la comunidad cristiana o de la sociedad debe ser real y física. Dice el texto que Jesús sintió compasión, estiró la mano y lo tocó. Ese "sentir compasión", puede sonarnos a  un sentimiento; sin embargo, en el mundo antiguo tiene una fuerza corporal. El verbo splagchnizomai (verbo griego que traducen por "sentir compasión") en verdad significa "movimiento de entrañas". La compasión que siente Jesús no es superficial sino que le toca lo más profundo de su ser, al extremo de que se le mueve el interior (como cuando uno está ante una preocupación y tiene un dolor de estómago), y ese movimiento físico interior, le conduce a un movimiento físico exterior, extender la mano. Ambos movimientos generan un encuentro, la posibilidad de sentir en su piel, lo que el otro vive (literalmente, sentir la piel del otro, esa piel denostada, enferma y marginada).

Entre tantos discursos de solidaridad y de preocupaciones por los dolores ajenos, el Señor nos pregunta una vez más por nuestro movimiento: ¿Nuestras acciones, nuestros movimientos, lo que hacemos y decimos, van en la dirección de incluir, de humanizar el dolor y el sufrimiento, o hacemos que el otro sienta con mayor fuerza el rechazo y la marginación? En un mundo experimenta día a día diversas tragedias a causa del cambio climático, de la avaricia de los poderosos, en una iglesia que ha marginado a mujeres y miembros de la comunidad LGBTIQ+, en sociedades que han reprimido a los que piensan políticamente diferente o hablan un idioma diferente del oficial, en ese mundo que vivimos día a día, estamos invitados a realizar actos de humanización, de sentirnos movidos para poder movernos y encontrarnos, no teóricamente, sino realmente, con aquellos que sufren (hoy no por la lepra, pero por otros tipos de marginación), y avanzar en caminos de reparación, de protección y, especialmente, de inclusión real.

Pidámosle hoy al Señor que nos regale su fortaleza, para que todos los que se encuentren con nosotros salgan humanizados, reincorporados a las comunidades y, si es necesario, gritando de alegría porque ya no les miramos como enfermos impuros, sino como hombres y mujeres que están plenamente incorporados a la sociedad y a la comunidad. Es nuestra misión, en nuestros círculos, construir casas y puentes, físicos y también simbólicos, porque eso es un signo del amor cristiano y ya sabemos que "obras son amores y no buenas razones".

Que así sea. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ.


PRIMERA LECTURA

El leproso vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento.

Lectura del libro del Levítico   13, 1-2. 45-46

El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

Cuando aparezca en la piel de una persona una hinchazón, una erupción o una mancha lustrosa, que hacen previsible un caso de lepra, la persona será llevada al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos, los sacerdotes.

La persona afectada de lepra llevará la ropa desgarrada y los cabellos sueltos; se cubrirá hasta la boca e irá gritando: ¡Impuro, impuro!. Será impuro mientras dure su afección. Por ser impuro, vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento.

SALMO RESPONSORIAL    31, 1-2. 5. 11

R/¡Me alegras con tu salvación, Señor!

¡Feliz el que ha sido absuelto de su pecado y liberado de su falta! ¡Feliz el hombre a quien el Señor no le tiene en cuenta las culpas, y en cuyo espíritu no hay doblez! 

Pero yo reconocí mi pecado, no te escondí mi culpa, pensando: Confesaré mis faltas al Señor. ¡Y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado! 

¡Alégrense en el Señor, regocíjense los justos! ¡Canten jubilosos los rectos de corazón! 

SEGUNDA LECTURA

Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo.

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 10, 31—11, 1

Hermanos:

Sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios.

No sean motivo de escándalo ni para los judíos ni para los paganos ni tampoco para la Iglesia de Dios.

Hagan como yo, que me esfuerzo por complacer a todos en todas las cosas, no buscando mi interés personal, sino el del mayor número, para que puedan salvarse.

Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo.

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Lc 7, 16

Aleluya.

Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo. Aleluya.

EVANGELIO

La lepra desapareció y quedó purificado.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 1, 40-45

Se le acercó un leproso a Jesús para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: Si quieres, puedes purificarme. Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Lo quiero, queda purificado. En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.

Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio.

Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a Él de todas partes.








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