Domingo de la Sagrada Familia. Año B. Llamados a ser un lugar donde anide la esperanza

Homilía

Domingo de la Sagrada Familia. Año B.

Domingo 31 de diciembre de 2023.


En una de las etapas de la formación, como jesuita, viví en Osorno, en el sur de Chile. Una de las cosas que me llamaba la atención era que, principalmente en el campo, aunque también en algunas casas de la ciudad, la gente mantenía encendida la cocina a leña durante el día. Por un lado, eso mantenía la calefacción de la casa, pero también colocaban una tetera con agua que estaba permanente hirviendo, siempre esperando a que una visita llegase a la casa. En ese gesto, se anida la esperanza de la que nos habla el evangelio.

El texto de Lucas que hemos leído hoy ha despertado curiosidad entre los intérpretes durante siglos. Está lleno de símbolos y referencias culturales. Y a nosotros también debiera despertarnos cierta curiosidad. Se trata de dos ancianos que hacen alguna declaración sobre Jesús y su vida, lo hacen en el templo, después del tiempo mínimo exigido de purificación para poder presentar a un varón recién nacido. La ley mandaba esperar 7 días para poder presentar al niño en el templo. Es la misma cantidad de días que, simbólicamente, el Génesis nos cuenta respecto de la creación del mundo. Es decir, la vida de ese recién nacido es una oportunidad para volver a crearnos, para volver a nacer, para recobrar aquello que, según cuenta el relato, se había perdido en el paraíso: la relación íntima con Dios y con nuestros hermanos.

Dos personas son testigos privilegiados de esa posibilidad que nos regala Jesús de que seamos hombres y mujeres nuevos: Simeón y Ana. Ambos dan testimonio de la presencia de Jesús en medio de la humanidad. Ancianos, saben más por experiencia de vida que por conocimiento de la ley y de la ciencia. En su sabiduría, reconocen que, en ese niño, vive el germen de la nueva vida. Son dos ancianos que han esperado toda su vida por este momento, que han mantenido, para usar la imagen del inicio, la cocina encendida, esperando a que les visitara el Señor. 

Lo interesante es que, al cumplirse el anhelo que han mantenido por años, no se reservan el gozo para ellos, de manera individual, sino que comparten con otros lo que han esperado toda la vida y ahora sus ojos ven. Simeón dirá que Jesús será causa de movimiento para las personas y Ana no parará de hablar sobre el niño a los que se acerquen a ella. La presencia de Jesús en sus vidas no los encierra en sí mismos, sino que los abre al encuentro con otros, a la preocupación por lo que pasa en su contexto.

Estamos en el último día del año y, aunque nuestras mentes puedan estar preocupadas por la celebración de la Nochevieja, de las uvas que comeremos, las tradiciones que viviremos, los fuegos artificiales, el brindis de medianoche, etc., también sabemos que un nuevo año trae consigo la posibilidad de recrearnos, como si se hubiese cumplido nuestro propio tiempo de purificación. Muchos de nosotros, hacemos propósitos para el año nuevo, recordamos a las personas y los momentos significativos del año que está terminando, miramos con anhelo lo que viene este 2024. Es un tiempo especial para que la esperanza no se extinga, para plantearnos objetivos distintos, desear modificar algunos hábitos y, sobre todo, a la luz del evangelio, es una nueva oportunidad para hacer que nuestras vidas se recreen en una nueva relación con la humanidad. 

Cuando el mundo carece de confianza, los cristianos estamos llamados a ser faros de esperanza y, mejor todavía, de esperanza compartida. La esperanza nos debe abrir a la novedad y disponer al encuentro con otros, como lo hicieron Simeón y Ana, a compartir con los que actúan o piensan diferente, a vivir en una comunidad eclesial más inclusiva, a soñar una sociedad más justa. Y esa esperanza hay que cultivarla. La familia de Nazaret, dice el evangelio, es el lugar donde la esperanza nace, crece y se cuida. Lejos de encerrarse en sus propias ideologías y posiciones políticas o religiosas, la familia de Nazaret es muestra de quienes abren el corazón para escuchar a otros, para dejarse interpelar por la realidad, por los descartados por el sistema y, así, ver cómo se fortalece el proyecto de Dios en la vida de cada uno y cada una de quienes confiamos en Él. 

Pidámosle al Señor, este día, que podamos, con María y José, ser un lugar donde anide la esperanza y que, a ejemplo de Simeón y Ana, podamos ser testigos, es decir, compartir con otros, la buena noticia que hemos recibido.

Que así sea. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO    Heb 1, 1-2

Aleluya.

Después de haber hablado a nuestros padres por medio de los profetas, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo. Aleluya.

EVANGELIO

El niño crecía, lleno de sabiduría.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 22-40

Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor”. También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo: “Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has

prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel”.

Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será

signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón.

Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos”.

Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con Él.





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