Día de Navidad. Año B. Celebrar al Emmanuel, al Dios-hecho-humanidad, es celebrar la posibilidad que se nos regala de ser luz
Homilía
Misa del Día de Navidad. Año B.
Lunes 25 de diciembre de 2023
Es cierto que este domingo es 24 de diciembre y en la liturgia convergen el mismo día del calendario tanto la celebración del 4° domingo de Adviento como la de Nochebuena. En ambos casos, las lecturas marcan la disposición del corazón que espera la venida del Salvador. Sin embargo, en esta ocasión, les quiero presentar una reflexión en torno a las lecturas que son propias de la "Misa del Día" de Navidad, es decir, la celebración propia de la Navidad, de lo que los teólogos pueden llamar "el misterio de la Encarnación" que no es otra cosa que el amor de Dios por la Humanidad expresado en la vida compartida con nosotros.
Siempre me ha llamado la atención que, al inicio de un partido de fútbol, se tire una moneda al aire, para ver quién tiene el derecho a la primera jugada con la pelota. En verdad, uno podría pensar, da lo mismo, porque lo importante para ganar el partido es la cantidad de goles que se marcan y no quién dio el puntapié inicial. Sin embargo, esa primera jugada, ese primer pase, marca mucho del sentido del juego: su importancia, los participantes y el horizonte. Por un lado, advierte que algo importante está comenzando. Por otro, el jugador no puede salir jugando en solitario, sino que debe compartir el balón. Finalmente, a los espectadores les genera una sensación de esperanza en el juego comenzado. Ese primer gesto marca, en definitiva, el espíritu del juego. El evangelio de este día es el espíritu de la buena noticia, es el puntapié de la vida de Jesús, de su presencia en medio nuestro y marca, igual que en el fútbol, lo importante, lo compartido y la esperanza que trae, todo en un evento: La Navidad.
Si estamos en el día de Navidad, alguien podría pensar que el texto a leer debiera ser el del Nacimiento (que se ha leído en la misa de la medianoche). Sin embargo, la liturgia escoge este llamado "prólogo" del cuarto evangelio. Este prólogo es el lanzamiento de la moneda y el puntapié inicial de la vida de Jesús que narrará el cuarto evangelio. Lo primero a decir es que es un texto complejo en su teología y construcción. No es un prólogo cualquiera, ya que este debiera ser una introducción que marque los puntos principales del texto. El llamado "prólogo" de Juan no nos dice un resumen de lo que viene por delante o el tipo de texto que leeremos (como sí lo hacen Marcos y Mateo) ni nos indica el método (como el de Lucas). Este prólogo es particular, porque nos indica el espíritu con el que debemos leer/entender/vivir el evento más importante de la historia de la salvación, que Dios se ha hecho humanidad. A eso se dedica esta parte del texto, a mostrarnos el sentido de la vida de Jesús.
No se trata de una descripción esotérica de la divinidad de Jesús, ni de un "evangelio espiritual", como lo han querido describir. Este comienzo del evangelio nos pone de lleno con temas muy "mundanos": la carne, la luz, la morada. Esa Palabra se ha hecho carne, ha tomado nuestra corporalidad para anunciar que no hay nada en nuestra corporalidad que le sea ajeno a Dios, porque es Dios mismo el que se ha hecho cuerpo. Nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestra carne tienen la posibilidad de ser luz en este mundo, es decir, de ser espacio de dignidad. Por ello, el cuerpo no puede ser maltratado ni flagelado, independiente de las condiciones contextuales, de la guerra, de las ideologías, de la orientación sexual, de las razas, etc. El cuerpo, cualquiera sea, es el espacio que Dios utiliza para traer luz. Tal vez, estamos invitados a escuchar más nuestros cuerpos y escuchar más los cuerpos de otros, porque Dios está susurrando en todas las vidas, palabras que iluminan "a todo ser humano", como dice el mismo evangelio. Esa es la morada que Dios ha escogido en nuestra historia: los cuerpos, es decir, las vidas concretas que hay que cuidar. Esto es lo importante.
La luz que ha venido a traer al mundo no viene en solitario. La ha precedido Juan el Bautista y se le ha anunciado a toda la humanidad. Entre los muchos deseos de Navidad que solemos poner en tarjetas, llamadas telefónicas, regalos y mensajes de textos está la paz, la prosperidad y la luz. Este comienzo de evangelio nos hace recordar que esos deseos son para todos y todas y no para un grupo restringido por nuestras convicciones religiosas o políticas. Y a todos y todas, la presencia del Dios-hecho-humanidad nos regala la posibilidad de ser hijos suyos e hijas suyas. La condición es solamente una: que acojamos la luz que brilla en los cuerpos de nuestros hermanos y hermanas, para poder ser luz para otros. Esto es lo compartido.
Y el comienzo del evangelio nos dice que ha llegado Jesús a traernos gracia y verdad, es decir, a traer la presencia de Dios en nuestras historias. A él, dice el texto, no lo hemos visto, pero sí el autor nos ha dado pistas para reconocerlo en la vida: en los cuerpos de nuestros hermanos, en el compartir con otros, en cuidar de sus vidas dignas, en el entregar nuestras vidas por otros. Ahí está Jesús que sí transparenta el rostro amoroso de Dios que se hace parte de nuestra humanidad. No estamos solos, Dios ha venido a quedarse, a hacer morada, aquí. Esta es la esperanza.
Que esta Navidad sea oportunidad para traer al corazón a todos nuestros seres queridos, aquellos con los que compartiremos una cena o un chocolate, aquellos que están lejos, aquellos que ya han partido a la casa del Padre Bueno y aquellos, cuyos cuerpos y vidas todavía necesitan reconocimiento político, social, religioso. Celebrar al Emmanuel, al Dios-hecho-humanidad, es celebrar la posibilidad que se nos regala de ser luz en un mundo de tinieblas, guerras y falta de esperanza. Jesús ha dado el puntapié inicial. A nosotros nos toca continuar el juego, cuidar la vida, ofrecer luz y acoger a todos, porque, siendo hijos de Dios, nos sentimos llamados a actuar como Él.
¡Feliz Navidad para todos y todas! Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
Misa del día
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO
Aleluya.
Nos ha amanecido un día sagrado; vengan, naciones, adoren al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra. Aleluya.
EVANGELIO
La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 1-18
Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz.
La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios.
Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de Él, al declarar: “Este es Aquél del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo”.
De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Dios Hijo único, que está en el seno del Padre.
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