Domingo 33° del Tiempo Ordinario. Que nuestras relaciones crezcan cimentadas en la confianza
Homilía
Domingo 33° del Tiempo Ordinario. Año A.
Domingo 19 de noviembre de 2023.
No es poca la gente que se asusta con la disminución de católicos en misa o porque ya no se celebran tantos bautismos como antes. Es una preocupación honesta, sin duda. Pero, ¿es lo que más nos debe preocupar? El evangelio de este domingo nos ayuda a poner el corazón en lo que realmente importa cuando se trata de reconocernos como cristianos, es decir, seguidores de Jesús que es, al final, lo que somos. No olvidemos que la institucionalidad eclesiástica vino después del evento Jesús y del proyecto del Reino que nos legó.
El evangelio de Mateo nos presenta otra parábola este domingo. Como toda parábola, está creada para desconcertar al auditorio. En esta ocasión, tal vez, resulta más desconcertante de lo que esperamos. No repasaremos los talentos entregados, porque se entiende que el dueño del campo celebró a aquellos que duplicaron o fructificaron con lo que se les entregó. Un talento equivalía en la época a 11 años, aproximadamente, de salarios mínimos. Pero tampoco quiero centrarme en el sentido del talento en el relato y sí en aquello que lo hace desconcertante: Si el último trabajador no ha perdido dinero en el proceso, sino que simplemente no lo ha hecho fructificar, ¿por qué el dueño del campo se molesta a tal punto de apartarlo de su vista?
Algunos podrían decir que es porque el trabajador no hizo lo que los otros hicieron. Sin embargo, el señor es muy claro cuando le dice que debía haberlo puesto en el banco. La preocupación del dueño del campo, que bien podemos pensar que es Dios, no está en el esfuerzo personal que se pone para dar fruto, es decir, no está en cuán "buena persona" soy o "cuánto" voy a misa o rezo, si "cumplo" con los mandamientos de la iglesia, etc. Y no digo que esas actividades sean erradas; sin embargo, Jesús, con esta parábola, podría estar revirtiendo parte de la teología de su época y de la nuestra, cuando creíamos y creemos que nos salvamos por el esfuerzo personal en el cumplimiento de la Ley o, en cristiano, que nos salvaremos por nuestros actos, como si el Reino dependiera exclusivamente de nuestro trabajo o de nuestro mérito.
Lejos de esa lógica, Jesús, en la parábola, pone la atención en la actitud del trabajador ahora más claramente que en otras ocasiones, una actitud que podría reflejar la de un seguidor de Jesús hoy: el tener miedo en nuestra relación con Dios. Las mujeres, la semana pasada no pudieron entrar a la fiesta porque estaban con miedo. Esta semana, el empleado tampoco es invitado al banquete porque tenía miedo de su señor. Debemos reconocer que miedos o temores siempre existirán en nuestras vidas. El miedo al error, el miedo de una madre o un padre cuyos hijos llegan tarde, el miedo a comenzar un proyecto nuevo, un nuevo trabajo, un matrimonio, la vocación religiosa, etc. Sin embargo, ninguno de esos temores (que pueden ser muy justificados) tiene que ver con el miedo del evangelio de hoy. El trabajador no tenía miedo del resultado bancario, sino que tenía miedo de su señor, es decir, había entablado con el dueño del campo, una relación basada en el miedo. Ahí está lo central. Una relación que se ha cimentado en el miedo y que, por lo mismo, no permite la creatividad y el error. No se dice qué hubiera pasado si el trabajador hubiese perdido el dinero al ponerlo en el banco o al invertirlo en otro trabajo. Lo que sabemos es que no ha podido pensar en nada porque le tiene miedo a su empleador.
Eso nos invita a preguntarnos ¿qué tipo de cristianos/cristianas somos? Si acaso somos los que vivimos con miedo al juicio, al qué dirán, al dedo acusador de Dios, al juicio del confesor. O si, acaso, confiamos nuestras alegrías y también nuestras penurias a Dios, si le confiamos los proyectos y situaciones que nos tienen atemorizados, porque a Él no le tememos.
Por eso, la preocupación de la comunidad de Mateo no está en el hacer, es decir, con el "parecer" seguidor de Jesús. También es necesario serlo. No puede bastarnos con la pertenencia denominal, es decir, con el que nuestros nombres estén inscritos en los libros de bautismo de las parroquias o que se sepan nuestros nombres en las iglesias porque asistimos a la misa dominical. Para el texto de hoy, lo más importante es la transformación del espíritu de modo de hacer nuestra vida cada día más virtuosa, menos miedosa de nuestro vínculo con Dios. El texto no está pidiendo que el seguidor de Jesús sea una mujer o un hombre perfectos, sino que confiemos en el proceso, que confiemos en nosotros mismos y, principalmente, que confiemos en el Señor. Es confiar en un proceso honesto que incluye nuestros temores y ansiedades, preguntas y dudas, pero donde todo está sostenido por una relación de confianza con el Señor.
En nuestras vidas familiares y laborales, en la construcción de nuestras sociedades, barrios, países, este evangelio nos plantea preguntas fundamentales: ¿confiamos unos en otros de modo que podemos construir un proyecto común de sociedad, o nos movemos por miedo a lo distinto, por miedo a entablar nuevas relaciones? ¿cuál es la calidad de mis relaciones con mis jefes, maestros, estudiantes, hijos e hijas, pareja, amigos, etc.?
Que el Señor nos regale la gracia de crear relaciones cimentadas en la confianza, para que den fruto y ese fruto sea un símbolo del banquete al que Jesús nos invita.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
EVANGELIO
Respondiste fielmente en lo poco, entra a participar del gozo de tu Señor.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 25, 14-30
Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
El Reino de los Cielos es como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.
En seguida, el que había recibido cinco talentos, fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos, ganó otros dos, pero el que recibió uno solo, hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.
Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presentó otros cinco. “Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor; ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”.
Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: “Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado”. “Está bien, servidor bueno y fiel; ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor”.
Llegó luego el que había recibido un solo talento. “Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!”. Pero el señor le respondió: “Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes”.
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