Domingo 28° del Tiempo Ordinario. Año A. Una invitación a dejarnos arropar por la justicia y la integridad en la vida cotidiana.

Homilía 

Domingo 28° del Tiempo Ordinario. Año A.

Domingo 15 de octubre de 2023


"La mona aunque se vista de seda, mona se queda" reza un refrán popular para indicarnos que da lo mismo los lujos de vestimenta que alguien pueda poner sobre su cuerpo, siempre el alma supera todas las barreras de las telas. Personalidad, códigos sociales y vestimenta parecen ser temas que siempre tenemos presente. De eso podría estarnos hablando el evangelio de este domingo: de que, para acudir al llamado del Reino, hay un vestido particular.

El relato del banquete de bodas y los convidados que no acuden es un texto conocido, del cual tenemos dos versiones (Mateo y Lucas). El texto es similar en ambos casos: se prepara una comida para los invitados, se les anuncia lo que se ha hecho en favor de ellos y, en vez de acudir a la invitación, se ocupan de otros quehaceres. Aquí los textos se separan. En la versión de Lucas, el dueño del banquete manda a buscar a cojos, pobres, paralíticos, etc., es decir, a los marginados de la sociedad. En la versión de Mateo, se manda a buscar a todos, es decir, a buenos y malos. Pero lo que quiero destacar hoy es que en el final del relato según Mateo, el dueño es severo con aquel que no traía el "traje de fiesta".

En verdad, la palabra que hemos traducido por "traje" es el equivalente a una "túnica" (en griego: enduma). En la sociedad del siglo I EC, la vestimenta marcaba no solamente las funciones laborales (si alguien va con uniforme militar o con vestimentas sacerdotales, por ejemplo), sino también las relaciones sociales (cómo vestían los hombres libres, las mujeres, los niños, los esclavos, los esclavos libertos, etc.) y, en el mundo bíblico, marca la relación con Dios (principalmente, en la tradición sapiencial y en la profecía de Isaías). 

La túnica es la vestimenta básica del mundo antiguo. Todos usaban túnicas. Lo que se ponía por sobre las túnicas era lo que marcaba las diferencias. El rey o dueño del banquete no está pidiendo nada extraordinario al pedir la túnica. No le está solicitando al invitado que llegue con unas estolas, togas o sandalias particulares, que marcaban la clase social de las personas de la época. Por el contrario, está pidiendo la vestimenta de todos los días, lo que todos usan, lo cotidiano, lo que se vive en el "día a día". En otras palabras, Jesús nos podría estar invitando a vivir la vida cotidiana para poder entrar en el Reino. Sentirse superiores o una clase privilegiada, como se atestigua de los ancianos y sacerdotes del evangelio, no era la forma de vestirse para participar del Reino. Todas las personas gozamos de algún grado de poder, porque mandamos, tenemos responsabilidades, nos piden ayuda o consejo, etc. El problema para Mateo no es el poder sino la forma en que se vive el poder. Quien hace alarde del poder que tiene siempre ha tendido a diferenciarse radicalmente de lo cotidiano (a preocuparse más de la última moda, del modelo electrónico de turno, el coche más fino, etc.)  y, como consecuencia, a no compartir los beneficios que posee, porque así se siente exclusivo. La sensación de fraternidad no existe para quien hace alarde de su poder. Y el texto nos invita precisamente a vivir esa igualdad fraterna, que comunica nuestros dones materiales y espirituales, que hace la vida de otros más digna.

Por otro lado, podríamos preguntarnos, ¿cuál es la túnica de la fiesta que se está pidiendo? Aquí la tradición bíblica es clara y repite innumerables veces que es la de la integridad o la justicia. Los profetas se sentían en presencia de Dios porque se vestían de justicia o integridad. Ese traje, esa túnica que se está solicitando para participar del banquete del Reino no es otra cosa que una vida cotidiana vivida coherentemente, es decir, íntegra y justamente. 

La invitación de este domingo no es a la pureza ritual ni a las vestimentas ostentosas para participar de las fiestas. El dueño del banquete ha invitado a todos, pero solamente han podido participar del festejo aquellos que muestran que viven su vida cotidiana con integridad. Se trata de esas personas que conocemos y que sabemos que no nos van a apuñalar por la espalda, ni a sacar los ojos, que cuando tengan algo que decirnos algo, nos lo dirán a la cara y con caridad, que viven sus vidas con el corazón puesto en el mundo y, especialmente, en hacer de este un lugar más justo para que más personas puedan festejar cotidianamente.

Cuando el mundo se envuelve entre guerras y problemáticas geopolíticas, el Señor nos invita a seguir luchando por la integridad, no por el más poderoso ni el más violento (ni la construcción que los medios de comunicación hacen de ellos), sino por los que tienen, efectivamente, como diría Ignacio de Loyola, "recta intención".

Que el Señor nos regale la capacidad de vivir una vida recta, de vestir la túnica para el banquete o, en otras palabras, que cuando nos vistamos, sigamos siendo los mismos. A lo mejor, que "la mona aunque se vista de seda, mona se quede" no es tan malo, a final de cuentas, porque sigue siendo la mona de siempre.

Que así sea. Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ.



ACLAMACIÓN AL EVANGELIO   Cf. Éf 1, 17-18

Aleluya.

El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestros corazones, para que podamos valorar la esperanza a la que hemos sido llamados. Aleluya.

EVANGELIO

Inviten al banquete nupcial a todos los que encuentren.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo   22, 1-14

Jesús habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los fariseos, diciendo:

El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero éstos se negaron a ir.

De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad. Luego dijo a sus servidores: El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren.

Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.

Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?. El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: Átenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes

Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.


 

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