Domingo 24° del Tiempo Ordinario. Año A. La paciencia es la virtud que nos permitirá sopesar las situaciones y otorgar una justicia integral
Homilía
Domingo 24° del Tiempo Ordinario. Año A
Domingo 17 de septiembre de 2023.
"Menos pregunta Dios y perdona" es un refrán que acompaña nuestras culturas desde hace mucho tiempo. La sabiduría popular tiene, las más de las veces, un profundo conocimiento de la existencia y de las relaciones humanas. Este caso no es la excepción. Que Dios perdone sin hacer un interrogatorio, es decir, sin exponer al ser humano a una humillación innecesaria, es un rasgo fundamental que nos presenta el evangelio de este domingo. Ad portas de celebrar las fiestas patrias en Chile, nos vendría bien reconocer la necesidad que tenemos del perdón en la sociedad para construir el país que soñamos.
En el siglo I EC no se acostumbraba al pago mensual de un salario, como lo vivimos hoy. La práctica más usual era el jornal, es decir, el dinero que equivale a un día de trabajo y ayuda a la mantención mínima de la familia. Este dato es importante, porque quiero destacar que, en la parábola que nos ofrece el evangelio, lo central está en el valor perdonado y en el impacto que tiene.
Un hombre tiene una deuda incalculable con un rey. El hombre debía diez mil talentos, equivalentes a 60 millones de jornales, es decir, a unos 160 mil años de salario. En otras palabras, ese hombre debía su vida entera, la presente y la futura, la propia y la de su familia. Por ello, no es de extrañar que el rey haya querido cobrar venganza por medio de la venta no solamente del hombre sino de toda su familia y bienes. Sin embargo, el hombre suplica pidiendo una sola cosa, "paciencia". No le ofrece una repactación de la deuda en meses o con intereses. El hombre no entra en un juego de transacciones económicas, sino que apela a la humanidad más honda del rey. La paciencia no se puede comprar ni se cultiva en un gimnasio o en un centro comercial. La paciencia nace y se cultiva en nuestro interior y tiene efectos exteriores notorios: paz, ecuanimidad, justicia, sabiduría.
La paciencia es una virtud de la que carecemos en sociedades agitadas y trabajólicas. Todo lo equiparamos a sistemas numéricos (de hecho, vivimos llenos de tablas y precios). No quiero decir que sean innecesarias. Al contrario, son importantes para asegurar un mínimo de justicia. Pero también es importante señalar que cuando se trata de construir el espíritu público y restaurar las confianzas, las tablas de valores son solo un puntapié inicial, no pueden ser todo a lo que aspiremos. La paciencia es la virtud que nos permitirá sopesar las situaciones y otorgar una justicia integral a los requerimientos que se nos hagan. La paciencia implica tiempo, compromiso y libertad. Quien no vive sus relaciones con la humanidad desde la paciencia, las vive desde el deber, la transacción y se vuelve preso de un sistema (cualesquiera este sea).
Para que se pueda construir una sociedad de justicia, todos debemos vivir desde ese criterio de paciencia. El hombre del evangelio que recibió el "perdonazo" de la venganza de su deuda, no tuvo la misma paciencia para perdonar a quien le debía mucho menos. De hecho, no solamente exigió que se le pagara la deuda, sino que actuó físicamente, pues, dice el texto, que lo estranguló ("lo agarró del cuello").
A veces, estamos tan centrados en nosotros mismos que creemos que somos los únicos que merecemos justicia o, peor aun, creemos que merecíamos el perdón de nuestra deuda. Ahí es donde está el centro de este evangelio. El hombre creía que merecía (debía) ser perdonado y, por lo tanto, no reconoce la gracia/regalo que es el saberse querido, abrazado y que su vida le haya sido restaurada (dado el precio enorme de la deuda que tenía). Quien cree que merece todo, no vive desde la gratitud ni desde la paciencia, sino que vive desde la superioridad moral y desde el ocultamiento del pasado, para que "no le pasen otras cuentas". Exactamente eso es lo que produce un impacto muy fuerte en los otros personajes que observan la situación.
El perdón no tiene solamente un efecto personal, sino que es, fundamentalmente, una realidad social. Cuando se perdona, cuando se vive desde la paciencia, cuando reconocemos que hemos sido perdonados muchas veces por Dios sin merecerlo, entonces, comenzamos el proceso de construcción de una sociedad nueva, en la que no prima la transacción comercial, sino el valor de lo humano. Cuando se perdona y se vive pacientemente, se genera una cadena de vida que sigue los criterios de Jesús.
En estas fiestas patrias, pidámosle al Señor que podamos construir juntos una sociedad paciente, que se dé los tiempos necesarios para hacer justicia (que no apresure, pero que tampoco dilate), que no deje a nadie debajo de la mesa y que anime a otros a reconocer las bondades que tenemos. Chile no es exclusivamente la tragedia que nos venden en la televisión, ni los números milagrosos que auspician los políticos de cualquier gobierno de turno. Chile es todo eso y mucho más. Tal vez, reconociendo la necesidad de reconciliación y trabajando por un país paciente, podamos perdonarnos unos a otros y todos como país.
Que así sea. Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Jn 13, 34
Aleluya.
“Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros, así como Yo los he amado”, dice el Señor. Aleluya.
EVANGELIO
No perdones sólo siete veces, sino setenta veces siete.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 18, 21-35
Se acercó Pedro y dijo a Jesús: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”
Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda. El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Dame un plazo y te pagaré todo”. El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: “Págame lo que me debes”. El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: “Dame un plazo y te pagaré la deuda”. Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor. Este lo mandó llamar y le dijo: “¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?” E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”.
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