Domingo 20° del Tiempo Ordinario. Año A. El proyecto de Dios es para todos y nos invita a una reconciliación real, que incorpora a todos.
Homilía
Domingo 20° del Tiempo Ordinario
Domingo 20 de agosto de 2023.
Hoy es común escuchar en las noticias que, en distintas partes del mundo, existe una crisis migratoria. Se habló durante dos años, al menos, de la crisis de salud y, ahora, de la economía. Las instituciones están en crisis. La educación está en crisis. Hay crisis en los gobiernos y también se dice que hay crisis en las familias. Que los jóvenes están en crisis, es otro lugar común. Ayer hablaba con un amigo y me decía que parece que todo está en crisis permanente. Es cierto. Por un lado, habrá crisis que responden a malas decisiones políticas. Pero también es cierto que, por otro lado, vemos algunas crisis solamente porque no aceptamos que la historia cambia, que las personas son/somos diferentes y que eso produce un movimiento en nuestras vidas. Aceptar la diferencia e integrarla personal y comunitariamente es parte de la superación de esas crisis. De eso, nos hablan las lecturas de este domingo.
La primera lectura nos habla de dos principios que articulan la literatura profética: el derecho y la justicia. En la mentalidad antigua, el derecho es el respeto a la educación de la Torah, es decir, a los principios que recogen el amar, sentirse criatura, confiar en Dios. La justicia tiene que ver con la legalidad y con la dignidad compartida. Y frente a una sociedad que se creía exclusiva, el profeta insiste en que los extranjeros, es decir, aquellos que no conocen desde el nacimiento esa forma de vivir, son los que más la han cumplido y, por lo tanto, habitan el corazón de Dios. Pablo, en la segunda lectura, retoma este mensaje. El llamado "apóstol de los gentiles", siendo él mismo un judío de tomo y lomo, no reconoce otra misión en su vida que contribuir a la salvación de los extranjeros, de los que no pertenecen a Israel por nacionalidad, de los gentiles. Gracias a la experiencia de lo diverso, Pablo puede hablar de reconciliación, de superación de la crisis ("ya no hay judío ni griego", dirá en otro documento Gal 3, 28a).
El evangelio es muy sugerente en esta misma lógica. A nosotros nos parece muy normal que Jesús termine sanando a la hija de la mujer que le pide ayuda. Nos genera un poco más de duda el que se haya negado primero. Pero a los discípulos les debe de haber generado todavía más dudas. Resulta que Jesús declara que su misión (porque dice "he sido enviado") se relaciona solamente con el pueblo de Israel, por lo que no puede ayudar a esta mujer que pertenece a otra raza y, por tanto, a otra religión, con otras costumbres y reglas. Pero, a pesar de que declara eso, ha traído a los discípulos por ciudades paganas (no israelitas) y los ha hecho caminar por ellas, quedarse en alguna, dedicarle tiempo. ¡Algo no se entiende! Lo que el evangelista tal vez quiera mostrar es que el plan de Dios es más amplio de lo que todos pensamos, de lo que los teólogos dicen o los biblistas escudriñan.
Jesús se escuda en el plan de Dios para no ayudar a esa madre desesperada, pero ella, como madre, insiste. Jesús reconoce en esta mujer un valor que no es su insistencia ni su sabiduría, sino su fe. Esa mujer es un modelo para los seguidores de Jesús (para los del siglo I EC y para nosotros). Es su fe la que le ha permitido tocar el corazón del Mesías. Si bien el milagro se realiza, el foco no está en ese acto, sino en la actitud de la mujer que confronta a Jesús y lo hace repensar su vocación. Por eso, el evangelista puede afirmar que es la experiencia de fe la que nos hace vincularnos con el Señor. No se trata de la ley, de cómo se define matrimonio, de quiénes han estado siempre en el poder o de cómo han hecho siempre las cosas. Al contrario, se trata de acoger a todos, de cambiar nuestros códigos, de asumir la realidad del mundo e incorporarla a nuestra experiencia de Dios, como lo hizo Jesús. En el corazón del evangelio están todos los que viven, anuncian y hacen que otros experimenten el Reino, es decir, la justicia, el derecho, la dignidad, la plenitud.
En un mundo al que le molestan las diferencias raciales o en el que se dividen las ciudades y comunas con barrios para pobres y ricos; en una sociedad que cree que la pobreza es sinónimo de delincuencia y la castiga sin piedad dejando libres a muchos de cuello y corbata (o de sable en mano); en un mundo donde decimos quién debe relacionarse con quién (afectivamente, sexualmente, socialmente, educacionalmente, laboralmente), donde todos están/estamos clasificados, Jesús nos anuncia que la reconciliación no es un acto romanticón, sino que es un acto de justicia, de ampliar nuestros corazones y mentes, acogiendo las diferencias legítimas y las diversidades y las incorporemos a nuestros planes de vida, como Jesús con la cananea, como el profeta con los extranjeros, como Pablo con los gentiles.
A ese Dios que invita a acoger la realidad diversa en su más bella expresión, sea el honor y la gloria.
Amén
P. Juan Salazar Parra, SJ.
PRIMERA LECTURA
Conduciré a los extranjeros hasta mi santa Montaña.
Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7
Así habla el Señor:
Observen el derecho y practiquen la justicia, porque muy pronto llegará mi salvación y ya está por revelarse mi justicia. Y a los hijos de una tierra extranjera que se han unido al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y para ser sus servidores, a todos los que observen el sábado sin profanarlo y se mantengan firmes en mi alianza, Yo los conduciré hasta mi santa Montaña y los colmaré de alegría en mi Casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptados sobre mi altar, porque mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos.
SALMO RESPONSORIAL 66, 2-3. 5-6. 8
R/. ¡Que los pueblos te den gracias, Señor!
El Señor tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro sobre nosotros, para que en la tierra se reconozca su dominio, y su victoria entre las naciones.
Que todos los pueblos te den gracias. Que canten de alegría las naciones, porque gobiernas a los pueblos con justicia y guías a las naciones de la tierra.
¡Que los pueblos te den gracias, Señor, que todos los pueblos te den gracias! Que Dios nos bendiga, y lo teman todos los confines de la tierra.
SEGUNDA LECTURA
Los dones y el llamado de Dios a Israel son irrevocables.
Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 11, 13-15. 29-32
Hermanos:
A ustedes, que son de origen pagano, les aseguro que en mi condición de Apóstol de los paganos, hago honor a mi ministerio provocando los celos de mis hermanos de raza, con la esperanza de salvar a algunos de ellos. Porque si la exclusión de Israel trajo consigo la reconciliación del mundo, su reintegración, ¿no será un retorno a la vida? Porque los dones y el llamado de Dios son irrevocables.
En efecto, ustedes antes desobedecieron a Dios, pero ahora, a causa de la desobediencia de ellos, han alcanzado misericordia.
De la misma manera, ahora que ustedes han alcanzado misericordia, ellos se niegan a obedecer a Dios. Pero esto es para que ahora ellos también alcancen misericordia. Porque Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos.
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Cf. Mt 4, 23
Aleluya.
Jesús proclamaba la Buena Noticia del Reino y sanaba todas las dolencias de la gente. Aleluya.
EVANGELIO
Mujer, ¡qué grande es tu fe!
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 15, 21-28
Jesús partió de Genesaret y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Pero Él no le respondió nada.
Sus discípulos se acercaron y le pidieron: “Señor, atiéndela, porque nos persigue con sus gritos”.
Jesús respondió: “Yo he sido enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”.
Pero la mujer fue a postrarse ante Él y le dijo: “¡Señor, socórreme!”
Jesús le dijo: “No está bien tomar el pan de los hijos, para tirárselo a los cachorros”.
Ella respondió: “¡Y sin embargo, Señor, los cachorros comen las migas que caen de la mesa de sus dueños!”.
Entonces Jesús le dijo: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” Y en ese momento su hija quedó sana.
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