Domingo 13 del Tiempo Ordinario. Año A. Invitados a mostrarle al mundo que, amando, se vive más plenamente.

 Homilía domingo 02 de julio

13° domingo del Tiempo Ordinario

 

En muchas ocasiones voy saliendo de mi casa y me doy cuenta de que no llevo el teléfono celular. Vaya cerca o lejos, la reacción inmediata es volver a buscarlo “por si acaso”. En verdad, no lo necesito, si voy cerca y estaré de vuelta en 5 minutos, no hay urgencia tampoco. Probablemente, si el viaje será de más horas o días, tendría más sentido. Pero, no es lo que nos pasa a menudo. Necesitamos el teléfono en la mano permanentemente, en reuniones, mientras vemos TV, en el descanso, etc. El problema, a mi parecer, no está en el teléfono, sino en qué priorizamos y qué tipo de vínculos estrechamos con el mundo digital. Algo de esto nos refleja el evangelio de este domingo, que nos puede ayudar a reflexionar sobre las prioridades en la vida y sobre el sentido de nuestra vida y misión.

 

Por un lado, sabemos que la comunidad de Mateo distingue entre la multitud que sigue a Jesús, los discípulos que se han comprometido con el mensaje del Reino y los apóstoles que quieren ayudar a que otros sean discípulos del Maestro. En este caso, Jesús nos dice que el ser apóstol es un vínculo con Él y que, para ello, hay que hacer un camino. No basta con la efusión inicial propia de la juventud o la ansiedad, sino que es necesario “armarse de paciencia” y caminar el mismo camino de Jesús. Ese camino se hace de tres maneras, según el texto mateano: amando, cargando y perdiendo. 

 

El autor del texto pone ejemplos duros, que a nosotros como lectores 20 siglos después nos resultan extraños o suscitan dudas en nosotros. ¿Hay algo malo en amar a la familia? ¡Por supuesto que no! De hecho, el texto no dice que sea malo. Lo que se nos está diciendo es que debemos poner en la balanza, para seguir a Jesús, nuestra capacidad de amar. ¿A quién amamos? ¿Por qué amamos? ¿Qué valor tiene el amor en nuestra vida? 

 

A veces, nuestros vínculos con las personas y con Dios son meramente transaccionales. Sin embargo, el texto nos quiere hacer reflexionar sobre la radicalidad del seguimiento de Jesús, que es la radicalidad del amor. Inclusive lo más preciado para nosotros resulta relativo al lado del seguimiento de Jesús, es decir, al lado de la invitación a amar sin condiciones. En vez de pensar este texto como una limitación, debemos mirarlo como una invitación. En vez de amar a dos o tres personas, Jesús nos invita a amar a todos. Y porque amamos, entonces, podemos cargar la cruz, es decir, los dolores y angustias de la humanidad, y recibiremos la gracia de poder entregarnos de lleno a otros. Es la experiencia de los padres de familia que en vez de amarse solamente a sí mismos, abren el corazón para dejar entrar a sus hijos a sus vidas, y se duelen con sus dolores y enfermedades, y son capaces de perderse a sí mismos, es decir, de entregar tiempo, dinero, energía para sus hijos.

 

Como veíamos, el camino que Jesús está proponiendo es un camino de entrega y de vínculos profundos con muchas personas, más allá de nuestros gustos o identidades sexuales, étnicas, sociopolíticas o religiosas. En ese proceso de caminar junto a Jesús, una tentación que sufrió la comunidad cristiana primitiva era creer que estaban “inventando la rueda”. A veces, creemos que todo empieza y termina en nosotros lo que hace más fuerte nuestro egocentrismo y, al mismo tiempo, nos desvincula de las demás personas. Partidos políticos, movimientos religiosos, a veces nosotros mismos nos creemos que tenemos la solución a todo y que todo depende de nosotros. El Señor nos recuerda hoy que, precisamente, es a Él a quien seguimos, que nuestra misión se debe enlazar con la de Él, que nuestra forma de relacionarnos con otros debe parecerse a su forma de relacionarse con la gente. A fin de cuentas, como Pablo nos dice en la primera carta a los Corintios, no nos predicamos a nosotros, sino a Cristo, y a Cristo crucificado y, como  nos recuerda la segunda lectura de hoy en la carta a los Romanos, a Cristo resucitado.

 

Que nuestra vida cotidiana esté fortalecida por vínculos de amor sincero, de amor que expande nuestras relaciones y que no hace más estrecha nuestra vida, sino que amplía nuestras perspectivas. Que esos vínculos nos ayuden a ser mejores apóstoles para Cristo, a mostrarle al mundo que, amando, se vive más plenamente y que ese es el Jesús en el que creemos, lejos de los cálculos políticos, lejos de los egoísmos, y cada vez más cerca de nuestros hermanos y hermanas.

 

P. Juan Salazar Parra, SJ.

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