Doble Domingo. Domingo de la Ascensión y 7° Domingo de Pascua. Año A. Llamados a establecer relaciones hondas con Dios, con nosotros mismos y con el mundo. Ese es testamento de Jesús.

Este domingo presento dos breves reflexiones, ya que, en algunas diócesis, las personas que vayan a misa se encontrarán con la celebración del domingo de la Ascensión (como el caso de Chile) y, en otros casos, con la del 7° domingo del tiempo pascual (como el caso de Boston). 

 

Domingo de la Ascensión. Año A. Domingo 21 de mayo de 2023

 

Desde pequeños, nos han enseñado que Dios está en lo alto del cielo y que hay que mirarlo hacia arriba, porque es Todopoderoso. Eso se condice con parte de la cosmovisión judía y tiene un punto (aunque no es absoluto para los cristianos): Dios mismo es inaccesible, no lo podemos reducir a categorías humanas de ningún tipo. Sin embargo, la primera lectura nos insiste en que, como seguidores de Jesús, si queremos seguir el proyecto de Dios, es decir, las enseñanzas de Cristo, no podemos seguir mirando al infinito inútilmente, sino que debemos ponernos “manos a la obra”.

 

El libro de los Hechos de los Apóstoles es una historia “remasterizada” de las primeras comunidades cristianas que, como dice la primera lectura, es una segunda parte de un libro. En esta ocasión, los Hechos resumen todo lo que ha pasado desde la resurrección: enseñanzas e instrucciones. Pero ahora se focaliza en un evento particular: Jesús asciende a los cielos, porque va al encuentro con el Padre, como tantas veces preanunció el evangelio de Juan. Sin embargo, los discípulos no han comprendido todavía qué hacer ahora que el maestro ya no está físicamente con ellos. Entonces, los mensajeros les dicen “¿por qué siguen mirando al cielo?”, como insistiendo en que la vida de la comunidad no está en quedarse obstinados concentrados en el cielo, sino en la misión que Jesús les ha encomendado. En otras palabras, la vida de la comunidad, de la iglesia, de la asamblea de los creyentes (o los santos, como los llama Pablo) se juega en la vida cotidiana, en la capacidad de anunciar con palabras y obras lo que Jesús hizo y dijo. Jesús pasó haciendo el bien, nos recuerda la liturgia. Esa es la misión del cristiano, hasta que nos volvamos a encontrar con el Mesías.

 

El evangelio pone una actitud más humana en los discípulos. Así como Lucas dice que los discípulos no sabían para dónde mirar (miraban el cielo, en vez de enfocarse en la misión cotidiana de “hacer el bien”), Mateo dice que algunos de los discípulos “todavía dudaban”. La duda no es sinónimo de maldad para el evangelista, sino una muestra de nuestra humanidad que anda buscando a su Señor, que se cuestiona, pero tiene el corazón en el lugar cierto y, por lo mismo, puede ser enviada en misión.

 

La misión es el punto de unión en ambas lecturas. La Ascensión del Señor no es una fiesta de “subida” sino de “bajada”, es decir, de mirar nuestra humanidad, nuestras incoherencias, nuestros deseos y ponernos, con lo que somos, al servicio de los demás. 

 

Amén.

 


 

Séptimo domingo del tiempo pascual. Año A. Domingo 21 de mayo de 2023.

 

En algunas culturas, el testamento de un ser querido es algo importante. Hay personas que se molestan si no les ha correspondido nada en la distribución de los bienes materiales. A veces, los testamentos tienen condiciones (no se le puede dar hasta que cumpla una edad o un requisito). Jesús también presenta su propio testamento, pero no de bienes materiales, sino de sus relaciones con los discípulos y las comunidades cristianas. 

 

Jesús nos deja en este texto que leímos su propio testamento espiritual. El contexto sigue siendo después de la cena con los discípulos. Jesús, según este evangelio, sabe lo que viene, y tiene la entereza para enfrentar las consecuencias de sus actos y palabras. Lo que ha venido haciendo por las calles de Galilea no ha pasado desapercibido. Ciertamente, Jesús no era una celebridad como las conocemos hoy, pero sí había incomodado a algunos con sus gestos y dichos. Había incomodado, principalmente, al poder religioso dominante. Al mostrarse como un pastor cuidadoso, les había hecho ver que no siempre cuidaban de la gente. Al mostrarse como una puerta al corral, les había dicho que ellos no siempre tendían puentes, sino que más bien discriminaban a otros. Al mostrarse como la luz del mundo, les había enrostrado que “no el mucho saber harta y satisface al alma”. Al mostrarse como pan de vida, declara que la caridad es necesaria pero no es válida si no conlleva una entrega total de nuestra humanidad. 

 

Frente a esos que se sintieron incómodos y, por lo tanto, se alejaron del mensaje de Jesús, otros, en cambio, optaron por seguirlo, y están compartiendo con él la cena, y lo están escuchando. Imagino que siguen con dudas, que hay muchas cosas que no entienden, que hay otras con las que discrepan, pero se mantienen ahí, fieles al mensaje de Jesús. Y en su testamento Jesús pone en relación a los discípulos con el Padre. La glorificación de Cristo es la glorificación del Padre y eso no sucederá si no es por la vida de sus seguidores. No existe glorificación en abstracto. Al contrario, la gloria de Dios es una cuestión de vida humana (así lo reescribió Ireneo de Lyon, “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva”). En lo que corresponde a este fragmento del capítulo 17 del evangelio de Juan, la gloria de Dios consiste en las relaciones hondas y verdaderas que podamos establecer entre nosotros. Esa es la vida verdadera.

 

Nuestra capacidad de dialogar, de reconocer que el otro tiene una posición que puede ser tan válida como la mía, que hay personas que necesitan de ayuda material, afectiva o espiritual, las relaciones de pareja, de familia, laborales, comunitarias, etc. Todo está hecho para la gloria de Dios, pero no para una gloria etérea o abstracta, sino para una gloria muy concreta. Al mirar nuestras vidas, ¿cuán cómodos estamos? ¿conozco las necesidades de mi pareja, amigos, hijos, padres, colegas, compañeros? ¿soy capaz de pedir perdón e intentar enmendar mis errores? ¿tengo deseos de cambiar como persona, de aceptar a los que piensan diferente, a los que actúan diferente? ¿abro mi corazón a la novedad de Jesús o me quedo ensimismado en “lo que me enseñaron” o lo que “siempre ha sido así”?

 

Jesús se ha vinculado con nosotros, se vincula con la humanidad que quiere seguir su ejemplo, sus valores, sus pasos. En esos vínculos, Jesús ha propuesto mucha novedad, un proyecto que algunos dirían: “fracasó”. Y, ¡claro! Si miramos el mundo egoísta, al que le importa más el capital que las historias de las personas, que le interesa más un voto que la vida de una población, que prefiere mantener privilegios en vez de compartir su alegría, evidentemente parece que ese proyecto de vínculos profundos de Jesús fracasó. Sin embargo, nosotros también tenemos vínculos hondos, y estamos invitados a entregarnos, como Jesús, para que esos vínculos sean cada vez más hondos. A cuidarnos nosotros, nuestra salud, nuestro descanso, nuestro trabajo, nuestra vida interior. A cuidar a otros, a nuestras familias, a nuestros compañeros y amigos. A escuchar y también dejarse sostener en tiempos de dificultad. A no tenerle miedo a nuestra incoherencia, sino que dejarnos acompañar en los momentos difíciles. A velar por que la sociedad crezca en justicia, para que nadie tenga miedo de salir a la calle, pero tampoco suframos las injusticias de un sistema voraz que mantiene a muchos de nuestros hermanos en la línea de la pobreza. En definitiva, estamos llamados a establecer relaciones hondas con Dios, con nosotros mismos y con el mundo. Ese es testamento de Jesús. Esa es la gloria de Dios.

 

¿Estamos dispuestos a aceptar ese regalo y llevar adelante esta invitación?

 

Amén.

 

P. Juan Salazar Parra, SJ.

 

 


 EVANGELIO DE LA ASCENSIÓN

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo  28, 16-20

Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron.

Acercándose, Jesús les dijo: Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.

 

 EVANGELIO DEL SÉPTIMO DOMINGO DE PASCUA

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 17, 1-11

En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.

Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera.

He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado.

Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo’’.

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