Jueves Santo. Un acto de profunda libertad, amor y servicio.

 

Homilía

Jueves Santo. 06 de abril, 2023.

 

Cuando era niño, la mesa de los domingos y las grandes fiestas siempre estaba llena de colores, platos, velas, buena música. Ni mi hermana ni yo aprendimos a comportarnos en la mesa. La mayoría de las veces rompíamos algo, o dábamos vuelta una copa de vino u otra bebida. Pero creo que era entonces cuando comenzaba la verdadera cena. Un tiempo de alegría, de compartir, de reír. Y probablemente la solemnemente llamada “Cena del Señor” no fue diferente. Jesús está con los que quiere, se superponen conversaciones, ríen, hablan, hacen preguntas incómodas, lloran por los que ya no están o por los que están a punto de partir, etc. Es hora de degustar la comida para la que Jesús nos ha preparado. Su muerte y resurrección. Su Gloria.

 

En el relato del evangelio, Jesús va camino a la cruz no porque lo hayan traicionado o engañado. La cruz no tiene razones en este relato, sino que tiene una finalidad: La plenitud de todos los hombres, como nos canta el salmo. Jesús es consciente de que toda su vida ha estado orientada a este momento de plenitud no solamente de él, sino también nuestro. La invitación a la vida plena no está restringida a un par de personas que piensen igual que nosotros o que lleven a cabo las mismas prácticas religiosas. La plenitud de la humanidad es un regalo para todos y todas. Esa es la consciencia de Jesús. Eso ha venido predicando por los caminos de Galilea. Camino a la cruz, símbolo de sufrimiento, esta cena es un símbolo de entrega, de amor, de servicio, de plenitud.

 

El evangelio de Juan también es conocido como el evangelio del amor. Pero no pensemos en películas románticas o cenas con luces tenues y música suave. El amor en el evangelio es el encuentro con otro. Toda la vida de Jesús es un gran relato de encuentros con personas de toda raza, sexo y religión. Por eso, Pablo podrá decir en la carta a los Gálatas que en Cristo ya no hay hombre ni mujer, ni esclavo ni libre, ni judío ni pagano, porque todos somos hermanos en Cristo. Todos estamos invitados a dar y a recibir amor, a tener experiencias profundas de amor que libera, de amor que nos hace mejores personas, de amor transforma las vidas de los demás. En este relato escuchamos por primera vez la aparición de un discípulo que tendrá mucha importancia en el evangelio: el discípulo amado. Este personaje nunca tiene nombre. Está en la cena, sigue al maestro a orar, estará a los pies de la cruz con María, será testimonio de la resurrección frente al sepulcro vacío. En el mundo judío, los nombres son importantes; si este personaje no tiene nombre es por una razón. Todos y todas somos, de una u otra forma, el discípulo amado. Todos estamos invitados a acompañar al maestro en este camino de amor y entrega. El amor del discípulo es el seguimiento, es obrar como el maestro.

 

Y Jesús ama con el ejemplo. Antiguamente, un profesor en una sala de clases estaba en su lugar, sentado, leyendo notas que los estudiantes escuchaban atentamente. El maestro no se movía; nuestra mirada y nuestra atención se dirigía al maestro. Y Juan presenta así a Jesús, vestido con una túnica, sentado, conversando, como un maestro clásico. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, Jesús cambia de lugar, se pone de pie, se quita el manto, y se arrodilla, para lavarle los pies a sus invitados. El maestro ya no necesita de poder humano para enseñar; el verdadero maestro enseña con el ejemplo. Y toma la posición de un esclavo, es decir, de un servidor. Y lava los pies de los discípulos. Por eso no es de extrañar la respuesta negativa de Pedro y el silencio estupefacto de los otros discípulos, inclusive de aquel a quien Jesús amaba. Nadie entendía lo que estaba pasando. Nosotros hemos domesticado este gesto el jueves santo. Pero, en verdad, es un gesto revolucionario. Despojarse de todo poder, de todo conocimiento, para postrarse a los pies de los demás. El servicio al estilo de Jesús nos ayuda a reconocer la dignidad de nuestro hermano y hermana. El servicio al estilo de Jesús nos ayuda a reconocer que no somos más que el resto. El servicio al estilo de Jesús nos ayuda a enfrentar la adversidad, porque sabemos que no estamos solos.

 

Este jueves santo, con esta cena y este lavado de pies con el que iniciamos el triduo pascual, no podemos olvidar que estamos presenciando un acto de profunda libertad, de profunda entrega y de profundo servicio. Que la muerte y la resurrección no son el premio de los tontos, porque hoy estamos tristes y mañana estaremos alegres. La muerte y la resurrección son la manifestación de la plenitud de la vida humana y de la acción divina, porque muerte y resurrección no son otra cosa sino amor, intenso, a veces desordenado, que a veces nos cuesta entender, como lo es nuestra vida cotidiana y como lo son todas las cenas, donde tal vez se ensucia un mantel, pero se vive el encuentro.

 

Amén

 

P. Juan Salazar Parra, SJ.



EVANGELIO

Los amó hasta el fin.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Cuando se acercó a Simón Pedro, éste le dijo: ¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?

Jesús le respondió: No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás.

No, le dijo Pedro, ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!

Jesús le respondió: Si Yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte.

Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!

Jesús le dijo: El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos. El sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: No todos ustedes están limpios.

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: ¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si Yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que Yo hice con ustedes.

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