3° Domingo de Pascua. Año A. Seamos signos de alegría, esperanza y justicia en medio del mundo.

 

Homilía 

3er domingo de Pascua

Domingo 23 de abril, 2023

Hay gestos que son propios de ciertas personas. Uno reconoce la voz de la gente que quiere, sabe cuándo alguien está triste o alegre, distingue los tonos de preocupación o euforia. Hay quienes siempre te llaman, otros que saludan de una manera particular. Algunos, cuando se molestan, abren los ojos y les cambia el color de piel, otros se arremangan la camisa, otros se quedan callados. Alegres, algunos se ponen más bulliciosos, abrazan, otros miran buscando complicidad. En la familia, en el trabajo, en nuestros amigos, reconocemos gestos y reacciones que identifican a las personas. Las lecturas de hoy nos hablan de eso, de cómo Jesús se deja reconocer y cómo reacciona la comunidad cristiana.

 

Esa experiencia, el mismo Lucas la narra en el evangelio, en el encuentro de Jesús con los seguidores que van camino a Emaús. Este es un texto riquísimo en símbolos y mensajes. Solo me detendré en algunos. En primer lugar, si recordamos que al movimiento de Jesús (que hoy conocemos como cristianismo) en los orígenes se le llamaba “el camino”, este relato cobra mayor sentido. No solamente Jesús se les aparece en el camino, sino que ese camino cambia con la presencia de Jesús. Los discípulos van de regreso a su hogar por un camino de dolor, decepción y angustia. Están genuinamente dolidos por lo que pasó; su maestro y amigo ha sido muerto y, según el relato de Lucas, todavía no ha aparecido resucitado. Algunos han visto las ropas y la piedra corrida, y unos ángeles les han hablado, pero a Jesús no lo han visto. Frente a ese camino de tristeza, Jesús les ofrece otro camino, el de la esperanza. La angustia y el dolor nos impiden ver lo que pasa a nuestro alrededor, nos encierran en nosotros mismos. Claro, hay personas que sufren crisis de angustias, que deben ser tratadas médicamente, pero acá me refiero a la sensación de tristeza, esa que a veces nos embarga y nos impide mirar el futuro. 

 

Al enfrentarnos a una enfermedad, a una crisis familiar o laboral, a opiniones diferentes a las mías, a realidades que no se adecuan a mis puntos de vista, la reacción más natural es cerrarnos y “volver a la casa”, como los discípulos, es decir, buscar abrigo en aquello que “siempre ha sido así” o que “tengo dado por seguro”. Sin embargo, Jesús aparece en el camino y, aunque nos cueste reconocer su presencia, el diálogo con él nos abre las puertas de la esperanza, nos invita a remirar la historia, incluso nuestras historias de dolor, para aprender de ellas y seguir adelante. A los discípulos, los invitó a leer las Escrituras, a revisitar el mensaje de los profetas, de la sabiduría antigua de Israel, de la poesía liberadora. ¿Para qué? Para sacar provecho de la historia y poder caminar hacia adelante. Jesús no viene con parafernalia, ni les dice que el dolor no existe, sino que los invita a aceptar y abrazar esos momentos de la historia, para poder encontrar luz en ellos y seguir caminando. El camino oscuro de la tristeza y decepción se ilumina con la vida cotidiana y sencilla, que permite mirar adelante con esperanza.

 

Tanta esperanza ha puesto Jesús en estos personajes que van a Emaús que no solo lo invitan a quedarse con ellos y a compartir la mesa (dos actitudes muy propias de los judíos, por lo que no hay mayor novedad en ello), sino que son capaces de reconocer en un gesto cotidiano y simple aquello que han conversado en el camino de esperanza y que han escuchado por años mientras seguían a Jesús por Galilea. En ese gesto, en la mesa, al partir el pan, se les aparece Jesús mismo y la conversa del camino cobra sentido. Los gestos no solo permiten identificar quién es Jesús, sino también su misión: anunciar la palabra y compartir el alimento. “Acaso no ardía nuestro corazón por el camino […] y cómo lo reconocieron al partir el pan”. En medio de nuestras incertidumbres, hay personas que aparecen con gestos muy sencillos. A veces, un saludo, una mirada, un dulce, una conversa o un té son suficientes para iluminar nuestros días y para ayudarnos a salir adelante en medio de las dificultades. Nuestra sociedad también necesita de gestos que le ayuden a caminar en favor de todos, que la hagan moverse de los modelos que paralizan la movilidad social y la justicia. Necesitamos gestos, que se pueden traducir en leyes, presupuestos, proyectos, que le devuelvan a los distintos pueblos la esperanza frente a territorios amenazados por la violencia, a mujeres discriminadas y agredidas, a tantos muertos injustamente a causa del narcotráfico o de la violencia de la calle, a los que luchan por una educación de calidad, a los que hacen filas y esperan pacientemente atención médica, etc. 

 

Personal y socialmente necesitamos de gestos, y también necesitamos reconocer que existen. Los noticieros son especialistas en mostrar lo malo de la historia. Pero todo relato es más complejo y también suceden cosas buenas en la vida. Dejemos que el resucitado llegue a nuestros caminos y los ilumine con signos de alegría, esperanza y justicia. Como seguidores de Jesús, hagamos nosotros lo mismo. Seamos signos de alegría, esperanza y justicia en medio del mundo.

 

Amén.

P. Juan Salazar Parra, SJ.

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