Año A. Domingo 4 de Cuaresma. Jesús es una luz que trae dignidad.
Homilía Domingo 4° de Cuaresma
Domingo 19 de marzo de 2023
El fin de semana pasado acompañé un retiro para familias latinas de personas privadas de libertad en Nueva York.[i] Fue una experiencia de hondura espiritual, principalmente, porque pude palpar el dolor, la angustia y también las esperanzas de esas madres, hermanas, esposas, primos. En este domingo, el evangelio me hace pensar profundamente en esa experiencia de reconciliación, de relaciones familiares y esperanza, cuya palabra final la tiene Jesús.[ii]
En el evangelio, presenciamos en verdad, dos milagros. Uno físico (corporal) y uno existencial (de dignidad). Al comienzo del relato, Jesús le restaura la visión al ciego de nacimiento, pidiéndole que vaya a la piscina de Siloé. Hacia el final del relato, cuando “el que ahora ve” es expulsado del templo, Jesús vuelve a restaurar su alma. Al expulsarlo le han dicho que su vida no tiene valor delante de Dios. Jesús, en cambio, lo convierte en testigo de la Buena Noticia.
En este relato de restauraciones (como prefiero llamarlo, en vez de relato de un milagro), Jesús deja absolutamente claro que, para gozar del amor y la compañía del Señor, y para seguirlo, no hace falta haber tenido un pasado intachable, sino que el único requisito es un deseo genuino de búsqueda de sentido. Dicha búsqueda es un camino de crecimiento. “Nadie nace sabiendo”, dicen por ahí; y yo agregaría “Nadie nace creyendo”. La experiencia de encuentro con Dios es lo que nos hace, lentamente ir madurando nuestra fe y aumentando nuestra confianza en el Señor. En definitiva, nuestra vida de fe es un camino de opciones en el cual nunca está dicha la última palabra. Siempre hay espacio para crecer, para cambiar, para ser mejores personas, mejores padres, hermanos, profesionales o cristianos.
Pero no se madura si no se opta. El ciego opta por confiar en Jesús, y sigue sus indicaciones de ir a la piscina de Siloé (que significa “enviado”). Y al final, opta por creer que es el Señor. El que nació ciego es capaz de ver algo que los ojos no dimensionan: la grandeza humana. En cambio, los fariseos, que tienen visión física no son capaces de ver el corazón del ser humano ni sus necesidades.
Los diálogos del ciego de nacimiento muestran ese camino de crecimiento en la fe, de apertura. La primera intervención es un simple y evidente “soy realmente yo”. Es como una declaración de Perogrullo. Les dice, en otras palabras, “soy el mismo de antes, no me he transformado, no tengo otra apariencia”. Y, entre risas e ironías, los diálogos llevan al “que ahora ve” al más honesto, sencillo y profundo “Creo, Señor”. En esta última expresión se manifiesta la intensidad del relato. Jesús no solamente ha restaurado su visión física, sino que se ha instaurado una nueva relación. El primer diálogo está centrado en el “yo”; en cambio, esta última aparición es evidencia de un “yo-tú”. Aquí no desapareció ni su ceguera de nacimiento, ni el milagro obrado, ni sus ojos, ni su cuerpo, pero sí apareció un “otro”, un “Señor”, en quien confía.
El evangelio refuerza que el Señor nos ama por ser quienes somos, con nuestras luces y sombras, con nuestras identidades y sueños, con el camino recorrido, errores y aciertos, y no por nuestro currículo intachable de vida. Y, en este sentido, este evangelio sí es una buena noticia, de la que nos debemos alegrar. Jesús, que es la Luz del mundo, ha venido a iluminar nuestras vidas. No se trata sólo de la oposición entre luz y ceguera física, sino de todo aquello que nos impide ver la bondad que está aconteciendo en el mundo y en nuestras propias vidas. No todo es color de rosas en nuestros contextos, hay luchas que es necesario seguir dando, reivindicando los derechos de las comunidades indígenas y migrantes, de las diversas orientaciones sexuales de muchos de nuestros hermanos, de igualdad para comunidades afroamericanas y el deseo de justicia para aquellos que han cometido algún delito y también para las víctimas. Pero en medio de esas luchas, hay vida que va germinando, hay derechos que se van conquistando y hay relaciones que van surgiendo.
Tal vez, como las familias de los privados de libertad que participaron del retiro, Jesús nos invita a establecer relaciones hondas, que nos ayuden a mirar lo profundo de la humanidad y de nuestra propia humanidad, y no dejarnos llevar por apariencias. Que nuestras relaciones familiares, laborales, de amistad, apostólicas, sean espacios de madurez, de restauración de nuestra dignidad y de la dignidad de otros. A fin de cuentas, esa es la luz que Jesús trae al mundo.
Amén.
P. Juan Salazar Parra, SJ.
[i] Quiero agradecer a Thrive for Life, organización dedicada a acompañar a personas dentro y fuera de las cárceles. Al equipo compuesto por Zach Presutti SJ, Sebastián Budinich, Pablo Jiménez y otros trabajadores y voluntarios de la organización.
[ii] Además, fue el texto con el que trabajamos durante el retiro, por lo que la conexión me resulta incluso más evidente.
PRIMERA LECTURA
David es ungido rey sobre Israel.
Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 5b-7. 10-13a
El Señor dijo a Samuel: “¡Llena tu frasco de aceite y parte! Yo te envío a Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos al que quiero como rey”.
Samuel fue, purificó a Jesé y a sus hijos y los invitó al sacrificio. Cuando ellos se presentaron, Samuel vio a Eliab y pensó: “Seguro que el Señor tiene ante Él a su ungido”.
Pero el Señor dijo a Samuel: “No te fijes en su aspecto ni en lo elevado de su estatura, porque Yo lo he descartado. Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón”.
Así Jesé hizo pasar ante Samuel a siete de sus hijos, pero Samuel dijo a Jesé: “El Señor no ha elegido a ninguno de éstos”.
Entonces Samuel preguntó a Jesé: “¿Están aquí todos los muchachos?”
Él respondió: “Queda todavía el más joven, que ahora está apacentando el rebaño”.
Samuel dijo a Jesé: “Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que llegue aquí”.
Jesé lo hizo venir: era de tez clara, de hermosos ojos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel: “Levántate y úngelo, porque es éste”.
Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el espíritu del Señor descendió sobre David.
SALMO RESPONSORIAL 22, 1-6
R/. El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.
El Señor es mi pastor, nada me puede faltar. Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas.
Me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre. Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza.
Tú preparas ante mí una mesa, frente a mis enemigos; unges con óleo mi cabeza y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor, por muy largo tiempo.
SEGUNDA LECTURA
Levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará.
Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 5, 8-14
Hermanos:
Antes, ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz. Ahora bien, el fruto de la luz es la bondad, la justicia y la verdad. Sepan discernir lo que agrada al Señor, y no participen de las obras estériles de las tinieblas; al contrario, pónganlas en evidencia. Es verdad que resulta vergonzoso aun mencionar las cosas que esa gente hace ocultamente. Pero cuando se las pone de manifiesto, aparecen iluminadas por la luz, porque todo lo que se pone de manifiesto es luz.
Por eso se dice:
“Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará”.
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Jn 8, 12
“Yo soy la luz del mundo, el que me sigue tendrá la luz de la Vida”, dice el Señor.
EVANGELIO
Fue, se lavó y vio.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 9, 1-41
Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?”
“Ni él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús-; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios.
Debemos trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.
Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”, que significa “Enviado”.
El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía.
Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?”
Unos opinaban: “Es el mismo”. “No, respondían otros, es uno que se le parece”.
Él decía: “Soy realmente yo”.
Ellos le dijeron: “¿Cómo se te han abierto los ojos?”
Él respondió: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: “Ve a lavarte a Siloé”. Yo fui, me lavé y vi”.
Ellos le preguntaron: “¿Dónde está?”
Él respondió: “No lo sé”.
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver.
Él les respondió: “Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo”.
Algunos fariseos decían: “Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado”.
Otros replicaban: “¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos?”
Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?”El hombre respondió: “Es un profeta”.
Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?”
Sus padres respondieron: “Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta”.
Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: “Tiene bastante edad, pregúntenle a él”.
Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”.
“Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo”.
Ellos le preguntaron: “¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?”
Él les respondió: “Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos?”
Ellos lo injuriaron y le dijeron: “¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es éste”.
El hombre les respondió: “Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada”.
Ellos le respondieron: “Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres darnos lecciones?” Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: “¿Crees en el Hijo del hombre?”
Él respondió: “¿Quién es, Señor, para que crea en Él?”
Jesús le dijo: “Tú lo has visto: es el que te está hablando”.
Entonces él exclamó: “Creo, Señor”, y se postró ante Él.
Después Jesús agregó: “He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven”.
Los fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?” Jesús les respondió: “Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece”.
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