Domingo 31 del Tiempo Ordinario. Una curiosidad que tiene efectos en la comunidad

 Homilía

Domingo 31 del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

30 de Octubre de 2022


“La curiosidad mató al gato” se dice en el refrán popular. Claro, para evitar los chismes y malentendidos. Pero, debemos reconocer que esto no siempre es verdad. Hay ciertas curiosidades que pueden devenir en bienestar para la comunidad y también para el sujeto. Un buen científico es una persona curiosa, que quiere investigar el mundo. Lo mismo un historiador o un escritor que quieren releer y reescribir la historia para darle voces a aquellos que han sido silenciados. Un cristiano es, en este sentido (¡y sólo en este sentido!), también un curioso. Al menos, ese es el ejemplo del evangelio de este domingo.

 

Lucas nos presenta la historia de Zaqueo. El nombre empleado para contar esta historia resulta, en sí mismo una contradicción o, al menos, interesante. Zaqueo, del hebreo Zakkay, significa “puro o inocente”. Y Zaqueo es un cobrador de impuestos. Algo no calza. Puro o inocente es lo opuesto a un ladrón o a un judío que trabaja para el imperio explotando y robando de los pobres. El trabajo que Zaqueo desempeña le ha hecho perder su esencia más profunda, su vocación, su nombre. Y le ha hecho perder su lugar en la comunidad. Los otros lo miran con desprecio.

 

Zaqueo es cobrador de impuestos, es bajo en estatura, pero es, ante todo, un curioso. Él quiere ver a Jesús y, para ello, se subirá a un árbol, con tal de ver y oír lo que Jesús dice y hace, sus palabras y obras. Jesús se hace invitar a la casa de Zaqueo. Esto causa consternación. ¡Obvio! Es entrar en la casa de un indigno, al que se la quitado su condición de pertenencia a la comunidad. A ojos del resto del pueblo, Zaqueo no era más un judío respetable. 

 

Sin embargo, el encuentro con Jesús produce que todo lo que ha estado perdido, sea encontrado (Cf. Lc 15) y, por ello, vuelto a su lugar. Zaqueo declara en ese encuentro que les da dinero a los pobres y que, reconociendo con humildad su pecado, cuando ha robado o tratado injustamente a alguien, le devuelve cuatro veces más. Los pobres y afligidos han visto restituidos sus bienes, injustamente robados. Ese es el efecto del encuentro con Jesús. Pero no es el único.

 

Al propio Zaqueo se le restituye su dignidad y pertenencia a la comunidad.  “Este hombre también es un hijo de Abraham”, dirá Jesús hacia el final del evangelio. Cuando el resto de la comunidad ha querido desacreditar a Zaqueo, hacerlo sentir excluido y exiliarlo de la participación en todo lo que se refiere a la comunidad, Jesús dice que ese hombre, sea como sea, pertenece a la comunidad. En el seno de la comunidad no hay mejores o peores. En el seno de la comunidad hay hermanos que deben apoyarse unos a otros. Ese es otro efecto del encuentro con Jesús. 

 

En nuestras comunidades, en nuestras iglesias y países, los pobres siguen sufriendo, porque un grupo de privilegiados les quitan, día a día, ganancias, oportunidades y beneficios. El discurso del mérito se ha instalado en nuestras vidas. Y la posibilidad de la violencia está cada día más presente. E incluso, a veces, en nombre de Jesús. Matanzas, violaciones a derechos humanos, mujeres maltratadas y golpeadas, con menores salarios que hombres, hermanos de la comunidad LGBTIQ+ cuyos derechos no son reconocidos civilmente y que, diariamente son discriminados y muertos, indígenas, menores de edad, ancianos, trabajadores, educadores, campesinos, pobladores... La lista de los injusticiados de este mundo y también de esta iglesia es larga.   

 

Pero el encuentro con Jesús debiera producir el efecto contrario. Y esa es la invitación de este domingo. El Señor nos invita a transformar las vidas de estas personas, como Él transformó la de Zaqueo y la de los pobres a los que el cobrador robaba injustamente. La vida de Zaqueo se transformó porque desde ese encuentro con Jesús puede volver a la comunidad. La vida de los pobres se transformó porque sus bienes fueron restituidos. Muchos de esos injusticiados requieren que los recibamos no solamente con una mirada compasiva, sino que les ofrezcamos un lugar en las comunidades. La pertenencia no es sólo decir “yo te miro”, sino que es “yo te invito a mi casa”, “quiero cenar contigo”. Cuando estamos con Jesús, cuando verdaderamente lo seguimos, nadie queda excluido y nadie tiene necesidades. Ese es el horizonte. Hacia allá debe caminar el cristianismo.

 

Y esa transformación comenzó con una curiosidad. Sin esa curiosidad inicial, nada hubiera sucedido. Ni los pobres tendrían sus bienes restituidos, ni Zaqueo tendría su identidad restituida. Por lo que para hoy vale preguntarnos también, ¿qué me llama la atención de Jesús? Tal vez al seguirlo, muchas cosas nuevas puedan suceder en nuestras vidas, en la iglesia y en la sociedad.

 

P. Juan Salazar Parra, SJ.

 

 

 

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