Domingo 29 del Tiempo Ordinario. ¡Nunca más, sin las mujeres! La experiencia de Dios no se limita a aprender a rezar, sino a la justicia que todos y todas merecemos.
Domingo 16 de octubre de 2022
Homilía 29° Domingo del Tiempo Ordinario. Año C.
En este domingo, se nos cruzan dos temas importantes: la insistencia de la oración, y de dónde aprendimos a ser insistentes. Siempre me ha llamado la atención ver a padres y madres en el supermercado o en una tienda, junto a un niño que llora insistentemente, o cuando les pasan los aparatos tecnológicos. Probablemente, al final le dan en el gusto (si es que el dinero alcanza) y muchos se podrían escandalizar, diciendo ¿cómo es posible que el adulto ceda ante el llanto de la criatura? O ¿cómo no va a poder controlar a sus hijos? Justamente, de eso se tratan las lecturas de este domingo. La oración es exactamente lo opuesto al control. La oración es pura libertad, es puro deseo de compartir lo que me pasa.
El autor del texto de Lucas escribe hacia fines del siglo primero CE. No está la misma efervescencia por la fe, el imperio ha atacado duramente, las personas viven en un contexto de mucha mezcla: son gentiles, viviendo bajo el imperio de Roma, escuchando a predicadores que vienen -en su mayoría- de la tradición hebrea (como el caso de Pablo), y les invitan a creer en Jesucristo. Ante semejante combinación de culturas, es evidente que la experiencia de Dios cambia, y a veces se pone en peligro. Ante eso, el escritor reacciona y nos ofrece esta parábola.
El juez es catalogado de una manera particular: no temía a Dios ni respetaba a los seres humanos. Es un ser desinteresado. Difícilmente, podríamos comparar a alguien de esa categoría con Dios. No es un juez justo, no tiene particular preocupación por las personas. Y nosotros sabemos, porque lo dicen las Escrituras, porque así lo experimentamos en la vida personal, que Dios sí se preocupa de nosotros, y de la sociedad, de los más pobres, de los vulnerados, como sería el caso de la viuda. ¿Cómo sabemos que Dios es así? Porque el juez no es el personaje más importante del relato, sino que es la mujer.
El autor del texto nos pone a una mujer como ejemplo de vida espiritual, como ejemplo de encuentro con Dios, de insistencia en la oración. Si la oración es la comunicación de lo que necesito, de lo más profundo de mi corazón, para que Dios lo conozca: mis alegrías y tristezas, la expresión de mis necesidades y de mi gratitud. Entonces, una mujer es el ejemplo que se nos ofrece. La segunda lectura -que normalmente no tiene mucha relación con el Evangelio, - en esta ocasión, nos presenta también la importancia de la transmisión de nuestra experiencia de Dios.
Lo que yo sé sobre Dios, lo que hayamos estudiado en la catequesis, en las clases de religión o lo que el sacerdote predique en misa, no tiene el mismo valor que una experiencia honesta y verdadera de Dios. Caminar a su lado, confiar, amar, parecen ser las características propias de esa relación. Y la carta a Timoteo nos dice que, nuevamente, esa experiencia se aprende siguiendo el ejemplo de mujeres. Al comienzo de la carta, en el capítulo 1, se dice que Timoteo aprendió de su madre y su abuela. Ahora, el autor sólo le recuerda que sabe de quién lo aprendió.
En una sociedad que maltrata a mujeres, que les ha restado derechos, que las ha relegado a vivir tras bambalinas, los textos de hoy nos recuerdan que de ellas hemos recibido lo más importante: a Dios. Y que si queremos crecer en nuestro camino de fe y acercarnos a Dios, debemos parecernos más a ellas, hacernos más “iguales”.
El autor del siglo 1 no está hablando de derechos laborales, ni de acceso a puestos de poder (esa es nuestra mirada, 20 siglos después y que, precisamente, hoy nos hablan de mayor igualdad y justicia, valores nucleares a la Palabra). El autor nos está invitando a no dejar de anunciar con nuestra vida el Evangelio, a ser claros en lo que los vulnerados necesitan, a mostrar a otros que la vida junto a Dios, es una vida de alegría y esperanza. Con las mujeres como parte central de la vida de la comunidad cristiana y escuchando sus necesidades (como las de la viuda, y no sólo la de varones injustos como el juez de la parábola), podremos caminar más cerca De Dios, podremos ayudar a que se haga justicia, podremos ser testigos verdaderos del Reino. Y no se trata simplemente de gratitud (que también es importante), sino de relevar el rol y ofrecer caminos de desarrollo de sus vocaciones, de modos de hacer de la vida de la comunidad de fe, una vida más parecida a lo que nos ofrecen las Escrituras de este domingo.
Pidámosle al Señor que nos ayude a cambiar nuestras formas de relacionarnos, que, al igual que la viuda, nos comuniquemos más honestamente con Él y que, al igual que la madre y abuela de Timoteo, nunca dejemos de anunciar con nuestra vida, que creemos en Jesús, justicia, esperanza y alegría para todas y todos, sin exclusión.
P. Juan Salazar Parra, SJ
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