Domingo 27 del Tiempo Común. El vínculo como la mayor expresión de la fe

 "Auméntanos la fe"

Homilía Domingo 27 del Tiempo Ordinario 

02 de octubre de 2022


Vivimos tiempos complejos. Frente al huracán en el Caribe, al terremoto en México o a la guerra en Europa del Este, los cristianos no podemos quedarnos quietos. “Hay una luz al final del túnel”, suele decirse para expresar algún tipo de esperanza en el futuro. Muchas personas de fe y de buena voluntad suponen que los sufrimientos de hoy se viven porque después vendrá una recompensa mayor. Las lecturas de este domingo nos ayudan a entrar en otra lógica, en cómo el pueblo de Israel y su Dios nos invitan a mirar la catástrofe y los momentos difíciles.

 

El profeta Habacuc grita, llora, desesperadamente, frente al desastre que están viviendo como pueblo. Habacuc se queja del imperialismo, de la fuerza de los poderosos que oprime a los pequeños. En vez de una sencilla aspirina que calme el dolor hoy, Dios le ofrece una visión. ¿Qué va a pasar? La destrucción de Babilonia. El mensaje del profeta es un grito de esperanza. El pueblo de Israel sobrevive al imperio, por su fe. En el Antiguo Testamento, la fe es la relación personal con Dios que se vive por la fidelidad a la Alianza. No se trata del cumplimiento de los mandamientos, sino de la relación personal con Dios. Tomarse de la mano y dejarse guiar.

 

Tal vez, eso es lo que los discípulos están experimentando. Quieren dejarse guiar, aunque no saben cómo. Ellos piden que Jesús les aumente la fe. La palabra que usa el texto griego significa, al mismo tiempo, fe y fidelidad. ¿Qué estarán pensando cuando piden eso? ¿Qué pensamos nosotros cuando el escritor del texto de Lucas nos ofrece esta lectura? 

 

Una opción es que pensemos que son hombres y mujeres inconsistentes, que necesitan fe para enfrentar la dificultad. Recordemos que la comunidad de Lucas es, principalmente, una comunidad de gentiles que buscan la salvación. Y podríamos creer que ellos necesitan aumentar sus prácticas religiosas, que deben ir más seguido a la sinagoga y guardar todo lo que la Ley de Israel, la Torah, les manda. 

 

Otra opción es que tomemos en cuenta que Lucas no quiere que esos hombres y mujeres gentiles se conviertan al judaísmo. Lucas quiere que se salven. Eso es lo que ha aprendido de los apóstoles. Y la salvación no viene por la práctica de rituales para los gentiles. La salvación viene del encuentro personal con Jesús y de la fidelidad a su mensaje de justicia del Reino.

 

Nosotros, hombres y mujeres del sigo XXI, hemos ido perdiendo la capacidad de encontrarnos, de relacionarnos con otros, y con Dios también. Nuestra falta de fe no pasa por la falta de prácticas religiosas. Aquí estamos, celebrando misa. Nuestras faltas de fe pueden pasar por nuestras faltas de encuentros reales. En nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestros trabajos y también en la comunidad eclesial. 

 

Cuando vienen las tempestades, a los discípulos les falta fe, no son capaces de mirar más allá de su propio temor, y el miedo los enceguece. Jesús no les dice que la tempestad no volverá a sus vidas, Jesús no les ofrece una falsa esperanza que todos desconocen. Jesús les extiende la mano y se vincula. Ese es el llamado de la fe: extender nuestras manos y vincularnos con otros. Esa es la única forma, según el texto lucano, de ofrecer esperanza en tiempos difíciles.

 

Si estamos verdaderamente preocupados por lo que pasa a nuestro alrededor, no debemos simplemente quedarnos de brazos cruzados. Debemos buscar una forma de extender nuestras manos en un gesto de solidaridad, y vincularnos, para que el Reino de Dios se haga vida. Eso es del tamaño de un grano de mostaza, pero no es lo más fácil. Mucho más sencillo, es juntar dinero en una cuenta y enviarlo, o apagar la televisión y volver al rosario. El vínculo puede parecernos pequeño, pero tiene una fuerza inconmensurable en su interior, y es la muestra de nuestra fe y fidelidad al Reino.

 

Amén.

 

 

 

 

 

 

 

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