14° Domingo del Tiempo Común. Año C. Esperanza para todos y todas: esa es la verdadera misión
Todos reconocemos gente importante para nuestras vidas. Algunos nos han enseñado las cosas elementales para sobrevivir; otros, nos han mostrado cómo vivir dignamente; otros nos han enseñado a rezar y a participar de la comunidad. Normalmente, esas personas no son las más importantes, no son políticos que aparecen en noticieros, ni son los youtuberos más famosos del momento. Son personas anónimas, sencillas, que, con su ejemplo honesto y algún consejo sabio, nos han mostrado caminos de esperanza. El evangelio de hoy, particularmente, nos habla de ellos y de la misión de la que todos participamos.
La primera lectura, del tercer Isaías, es un himno a la alegría y a la esperanza. El pueblo ha vivido por mucho tiempo fuera de su tierra. Ha sufrido los horrores del exilio y del abuso. Algunos, por supuesto, apoyan esas formas de represión o se acostumbraron a ellas. Pero el profeta, cuando se empieza a ver la luz del retorno, entona este cántico de la esperanza. Jerusalén era concebida como ciudad, pero también como madre. En Jerusalén, en la verdadera Jerusalén, hay cariño maternal, hay abrazo para los desposeídos, hay sueños que se pueden cumplir. Y todo va a ser obra de Dios.
El apóstol Pablo, en estos versos que son el final de la carta a los Gálatas, nos recuerda que, cuando nos encontramos con el Señor, somos recreados, que siempre hay esperanza para nacer de nuevo, para convertirnos en nuevas criaturas. Frente a un mundo desolado y desesperanzado, las palabras de Pablo resuenan en nuestro corazón. Siempre podemos cambiar y siempre podemos esperar que otros sean mejores. Pero ser mejores no es ser como yo quiero que otros sean, sino que es ser como Dios quiere que sean, al estilo de Dios. Por eso, tampoco vale el enrostrar permanentemente los errores ajenos. Eso supone mi criterio, que yo tengo la verdad. Y eso no es así. Cada uno de nosotros porta una verdad, una vida que debe desplegarse. Ese es el Israel de Dios. Un lugar donde todos pueden desarrollarse, donde el bien triunfa, donde podemos ser auténticos, sin máscaras, respetando la vida de otros, amando y sirviendo al que lo necesite. Al estilo de la verdadera Jerusalén que el tercer Isaías nos presentó en la primera lectura.
El evangelio nos presenta a esta multitud de apóstoles, setenta y dos. No sabemos sus nombres, ni sus orígenes, pero sabemos tres cosas, al menos: (1) que el Señor también los ha escogido para una misión que no es fácil, (2) que lo primero que deben hacer es ponerse en actitud de oración, y (3) que la misión es anunciar paz al corazón de la vida de los hombres. En primer lugar, la misión no es sencilla, van como ovejas en medio de lobos. Habrá dificultades, sentirán el cansancio y desfallecer sus fuerzas, pero saben, como el profeta en la primera lectura y el apóstol Pablo, que la gracia viene de Dios y en él todos podemos entregar lo que somos. En segundo lugar, la oración, el contacto con el Señor, parece ser el primer requisito. Jesús no está hablando de una misión personalista, en la que el misionero se llena de bienes y se enriquece a costa de otros, sino de una misión justa, que requiere su descanso, pero que no se puede vivir si no es para el Señor. Finalmente, el anuncio de la paz es el eje central de la misión. No es el anuncio de una doctrina o de una religión, no es el anuncio de preceptos, ni de fatalidades, tampoco de amenazas (“si no te conviertes, te pasará esto o aquello” o “si no mandas esta cadena a 12 personas, algo grave te sucederá”). La misión es anunciar la paz a los hogares, es decir, a lo más íntimo de la vida de las personas. Que nuestras palabras sean de paz, para iluminar con esperanza todos los rincones y dimensiones de nuestras vidas.
La misión es confiada a un grupo amplio de personas, no a una élite o grupo selecto de seguidores. Toda la bondad que pueda existir en nuestros mundos, las constituciones que se escriban, los políticos que se escojan, los proyectos que se emprendan, los trabajos que realicemos, las religiones que profesemos deben tener estos dos criterios de las lecturas de hoy. Por un lado, deben orientar a la paz y la esperanza, y éstas deben ser para todos, no para un grupo pequeño de privilegiados.
Tal vez, de esta manera, podamos unirnos al salmista, con la esperanza del profeta, con la claridad del apóstol y la fuerza del evangelista, y decir a viva voz: “Que todos los pueblos griten de alegría, Señor”.
Amen
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