15° Domingo del Tiempo Común. Año C. La compasión es un movimiento ágil y subversivo, no una simple sensación para los "bonachones"

 

"Busquen al Señor y vivirán"

Homilía para el 15° domingo del Tiempo Común

10 de Julio de 2022

“Entre el dicho y el hecho, hay mucho trecho” reza un refrán popular. La semana pasada recordábamos a esos 72 discípulos que fueron enviados en misión y que “dijeron” o anunciaron la buena noticia. Hoy el relato del evangelio nos ayuda a ver qué “hacer”o cómo actuar cuando uno ha confesado la fe en Jesús (o incluso cuando no lo ha hecho). Es una mirada a la distancia entre el anuncio recibido y la acción que realizamos como mujeres y hombres de fe.

 

Sólo quiero colocar la atención en dos verbos que aparecen en este relato del evangelio de Lucas. El primero es repetido en los tres personajes de la parábola. En orden, en sacerdote, el levita y el samaritano hicieron una primera cosa exactamente igual. El sacerdote “vio y pasó de largo”. El levita “vio y pasó de largo”. El samaritano “vio y sintió compasión”. Los tres “vieron”. La actitud primordial para relacionarnos con los demás es “ver”, es decir, prestar atención a lo que les pasa a las personas alrededor mío. Muchas veces, en nuestra vida cotidiana, pasamos por el lado de mucha gente, y no somos capaces de “ver”. Muchas de nuestras discusiones ocurren porque no queremos “ver” lo que el otro está diciendo, cuál es su punto de vista. Lo que hoy Chile está viviendo, la nueva constitución, las demandas sociales que se han plasmado, no podemos dejar de “verlas”.

 

Pero mientras el sacerdote y el levita vieron y pasaron de largo, el samaritano vio y se conmovió. El verbo que utiliza el texto original es splagchnizomai. Esta palabra, que se puede traducir por “compasión” (o conmoverse), está asociada a las entrañas (splagchna) y más que un mero acto de piedad, es un movimiento corporal. Para entender la imagen, se puede vincular a cuando una enamorada o un enamorado siente “mariposas en el estómago” o uno está nervioso y se le “revuelve el estómago”. Pero la mejor expresión es cuando uno expresa algo profundo y se dice “le salió de las entrañas” (o “le salió de adentro”). Las entrañas son, para el mundo antiguo, propias de lo femenino, se vinculan al útero, al lugar donde brota la vida. Por eso la palabra es un movimiento y no una simple definición. El samaritano vio y se movió desde lo más profundo de su ser y, por ello, después sigue una secuencia de seis verbos: se acercó, vendó las heridas, las cubrió, lo puso en la montura, lo condujo, lo cuidó. 

 

De esto, podemos decir que la compasión no es un mero acto pasivo o de ternura. Por el contrario, la compasión es un acto subversivo, es movimiento, demanda una acción que sea contracultural (como la relación que estaba vetada entre un samaritano y un judío) y que tenga efectos positivos en el otro. Por otro lado, es interesante también pensar que si la palabra que traducimos como “compasión” está asociada a lo femenino, el rol de la mujer deja de ser, para la vida de la comunidad cristiana, un evento pasivo o limitado a un segundo plano, sino que es completamente activo y de primer nivel. Tal vez, junto con las demandas generales de las sociedades en las que vivimos, debemos como Iglesia, mirar el rol que ejercen las mujeres en nuestras comunidades y entender que el evangelio nos está demandando un acto de mayor agilidad y, probablemente, contracultural respecto de la actual normativa religiosa.


Con todo, el samaritano es el prójimo del hombre o mujer que ha caído víctima de la violencia de su tiempo. Hoy en nuestro país, debemos ser capaces de reconocer a todos y todas los que caen producto de la violencia, los que mueren a causa de ella, y los que quieren seguir perpetuándola física, económica o simbólicamente. Estamos llamados, como cristianos, a ser como el samaritano, a romper las estructuras anquilosadas que nos retienen, e ir al encuentro de otros y otras que requieren de nuestra “compasión”, pero no de esa que mira y no se hace responsable, sino que de aquella compasión que propone Lucas, es decir, de nuestras acciones que son producto de nuestra mirada de fe en el mundo. Tal vez así acortaremos el trecho entre el dicho y el hecho.

 

Que así sea. Amén.  

 

 P. Juan Salazar Parra, SJ.

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