7° Domingo de Pascua. Año C. El sentido de comunidad no se debe perder.

"¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!”

29 de mayo de 2022, Homilía 7º Domingo de Pascua

En Estados Unidos, estas últimas semanas hemos sido testigos de dos grandes hechos de violencia, verdaderas masacres: en Buffalo y en Texas. Nuestros hermanos y hermanas fueron asesinados en nombre de la violencia y el porte de armas. No estamos ajenos de ello, cuando en Chile promulgamos diálogo, pero vivimos de odio en nuestras relaciones, en las redes sociales, de malas prácticas políticas y religiosas, de mentiras y fake news. Todo parece dejarnos preocupados, angustiados, con muchas preguntas sobre la forma en que estamos viviendo nuestras vidas, sobre las opciones políticas, religiosas, económicas, familiares y laborales que hemos hecho. Quizás las lecturas de este domingo ayuden a ganar algo de esperanza y luz para entender cómo actuar en la vida real.

En el evangelio, Jesús ora por sus amigos, seguidores y por nosotros: “por los que han de creer en mí [en el futuro] gracias a la palabra de ellos”. Toda la humanidad está presente en esa oración. Todos reunidos en torno a Jesús, parece la meta perfecta para el movimiento ecuménico y para nuestra actitud como cristianos. Jesús nos está pidiendo que estemos juntos, y si vivimos esa unidad, entonces estaremos viviendo la plenitud de Dios.

El problema es exactamente cuando vivimos nuestras vidas sin este sentido de comunidad. Jesús insiste en que él y el Padre son uno, y que debemos llegar a ser uno, como ellos lo son. Esa es la perfección de la unidad que mostrará al mundo el verdadero amor de Jesús. Pero nuestro mundo carece de unidad. La comunidad es el lugar donde nos sentimos nosotros mismos, donde todos conocen a todos y es un espacio al que pertenecemos. Tu vida es importante para mí en la comunidad porque tenemos una experiencia compartida de amor, vida y fe. Cuando perdemos ese sentido, tu vida no importa, mi prójimo se vuelve un objeto, alguien de quien aprovecharme, o alguien a quien puedo desechar, sin importancia. La unidad es la gloria de Dios, es decir, su manifestación. La división, en cambio, es la perturbación del proyecto de Dios. Y nosotros debemos escoger cómo queremos vivir.

La primera lectura muestra un ejemplo de vida vivida en términos de comunidad. Esteban vio la gloria de Dios, es decir, miró a la comunidad, tanto al pueblo como a Jesús. Somos una comunidad gracias a Jesús y a su proyecto para el mundo. Esteban fue asesinado, como mártir, por el proyecto de unidad y justicia de Jesús, que se articula por encima de todo principio religioso. Esteban murió a los pies de Saulo/Pablo. Eso hace de san Pablo, un hombre de comunidades. Pero no toda comunidad es buena para nosotros y para el reino de Dios. Algunas comunidades prefieren doctrinas y reglas, otras queremos buscar y preferir el amor y la unidad, el diálogo y el compañerismo. Pablo transitó de una a otra comunidad en busca de la plenitud de Dios en Jesús.

La segunda lectura es el final del libro de Apocalipsis. Juan, el testigo, está viendo venir al Señor. ¿Y qué dijo Jesús? “Yo, Jesús, envié mi ángel para darles este testimonio para las iglesias”. El testimonio no es privado ni individual. El testimonio es para la comunidad. Como comunidad experimentamos la presencia de Jesús, es decir, su amor y sentido de unidad. Y somos enviados a vivir con los demás, haciendo de sus vidas, alegrías y tristezas, nuestras propias vidas, alegrías y tristezas. Esto es compasión y comunidad radical. Sentir con los demás.

Debemos orar todos los días para sentir ese sentido de comunión con Jesús, con el Padre, y también con nuestros hermanos y hermanas. Esa es la plenitud de Dios, su gloria y nuestro proyecto. Tal vez entonces, y sólo entonces, nuestro país, nuestras escuelas, nuestros barrios se convertirán en lugares seguros para todos, donde las personas de diferentes orígenes y lugares puedan estar reunidas, como quiso Jesús.

Amén

P. Juan Salazar Parra, SJ.

Comentarios

Entradas populares