6° Domingo de Pascua. Año C. Libertad y diálogo como categorías centrales del(a) cristiano(a) de hoy
“Dios, déjanos alabarte”
[Quiero extender, de manera personal, en esta ocasión, mi oración por el P. Johan Konings, SJ. Jesuita belga, avecindado en Brasil, profesor de Sagradas Escrituras. Varias veces, ustedes han leído que lo cito o hago referencia a sus enseñanzas. Quiero elevar una oración, y que nos unamos en oración por su eterno descanso. Ha partido al encuentro de Dios este sábado 21 de mayo. Seguirás siendo una inspiración para nosotros, Konings. Como el discípulo amado, hoy disfrutas del regazo de tu Señor. Gracias por animarnos a vivir la amistad y sencillez de la Palabra de Dios.]
22 de mayo de 2022, Homilía VI Domingo de Pascua
Al prender la TV para ver las noticias, por lo general, vemos diferentes guerras: la guerra en Europa del Este, en el Medio Oriente, la guerra económica, la guerra política entre candidatos, pero también la guerra contra los negros, indígenas o inmigrantes, la guerra por las drogas, la guerra contra los naturaleza (producto de nuestras industrias y pesticidas). Vemos mucha violencia en este mundo. Y podríamos tener la tentación de venir a la Iglesia para alejarnos de ese mundo violento y tener un espacio agradable y seguro. Y este es un espacio pacífico. Por supuesto que lo es, y debería ser siempre pacífico. Pero este no puede convertirse en un espacio separado de la realidad. Esto es algo de lo que hablan las lecturas de hoy.
La primera lectura presenta el encuentro de los apóstoles que enviaron una carta a los cristianos de Antioquía. En lugar de desarrollar una gran lista de reglas o mandamientos de la iglesia, los apóstoles escribieron una lista de libertad. Están discutiendo sobre la necesidad de preservar algunos rituales judaicos en la iglesia primitiva, porque los cristianos vivían el judaísmo para unirse a esta nueva comunidad y abrir la palabra de Dios y la posibilidad de salvación a Europa y Asia. Se dieron cuenta de que para convertirse en cristianos, el judaísmo y sus prácticas ya no eran una opción válida. Sin embargo, en lugar de prohibir todo el judaísmo, señalan algunas reglas que debían obedecerse y dejaron todo lo demás al discernimiento de la comunidad. No dijeron nada sobre la circuncisión (con la que empezó el problema), sino que se dedicaron a la forma de adorar a Dios: sin matar animales y siendo fieles en todas las relaciones.
La segunda lectura muestra cómo esa iglesia brillará si Jesús está en el corazón de la comunidad. Esta nueva Jerusalén, según el libro del Apocalipsis, es esplendorosa, Dios y el Cordero están siempre en la ciudad, y en ella no hay templo. Sí, porque cuando Dios habita en nuestro corazón y dirige nuestra vida, el templo está en todas partes: cuando rezas con tus hijos, al comienzo de la cena, al caminar solo o al escuchar algo de música. El templo para el judaísmo es una marca de la presencia de Dios que está justo en ese lugar. Con la muerte de Jesús, el velo del templo se rasgó. Entonces, Dios está con nosotros todo el tiempo, y no solo en el edificio. El lugar puede ser importante porque permite a la gente reunirse, pero no es lo fundamental. Lo fundamental es la comunidad, no la construcción.
El evangelio insiste en esta idea. Jesús está dando la paz como don pero también como tarea para los cristianos. Mantener sus palabras es mantener vivo su proyecto de una nueva sociedad y una nueva iglesia. La paz del mundo es una paz que nos prepara para la guerra. La Pax Romana fue un tiempo de tranquilidad entre tiempos difíciles. La paz de Jesús no es esa Pax. La paz de Jesús nos está animando a construir un mundo nuevo, como la nueva Jerusalén, donde nuestras normas no sean mandar a todos según nuestra voluntad, sino enseñarles la libertad de Dios. La paz, la libertad y el Espíritu están conectados en este evangelio. Y también deberían estar conectados en nuestras vidas.
En una sociedad que exalta la guerra y la división, los cristianos están llamados a ser ejemplo de unidad en la diversidad. Debemos dialogar con el mundo. Un diálogo es una calle de dos sentidos. Mostramos al mundo nuestros valores, sin imposición (como los cristianos de la primera lectura); y los valores del mundo a la comunidad, a la iglesia, para discernir lo que es bueno para nuestra vida, y para renovar la sociedad y la iglesia (como la segunda lectura nueva Jerusalén). Por lo tanto, la paz vendrá no como regla, sino como un estilo de vida según el Espíritu. Y el templo ya no será símbolo de división entre la realidad y la fe, sino símbolo de unión entre personas que se aman y quieren aprender unas de otras, para crecer como una nueva ciudad con los valores del Reino de Dios en el corazón: paz, justicia, unidad, libertad, respeto y diálogo.
Amén
P. Juan Salazar Parra, SJ.
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