5° Domingo de Pascua. Año C. La novedad de que nos preocupemos verdaderamente uno de otros.

 “Hago nuevas todas las cosas”

15 de mayo de 2022

Homilía 5º Domingo de Pascua

Vivimos en un mundo con exceso de trabajo y muchas agendas personales. Todo se trata de trabajo y velocidad. Vivimos para trabajar, y vivimos rápido. Debemos ser conscientes de nuestro estilo de vida. Tal vez nuestra familia está siendo descuidada, o nuestra salud, o nuestro trabajo, o nuestra oración, etc. Las lecturas de hoy son una llamada de atención para vivir nuestra vida cotidiana.

Si comenzamos nuestra reflexión desde el final del Evangelio, el texto dice: “Ustedes son mis discípulos si se aman los unos a los otros”. El escritor del cuarto evangelio vincula el "discipulado" al "amor". A veces pensamos que el discipulado es una actividad, que debemos “hacer” muchas cosas para ser llamados verdaderos cristianos. Cuanto más tiempo paso en la iglesia, mejor (o cuanto más lloro en un retiro, o más llaves de la capilla, parroquia o colegio tengo en el bolsillo). Todas pueden ser cosas buenas si nos llevaran al Señor. Pero para convertirnos en verdaderos discípulos de Jesús, debemos amar. Y el evangelio no habla de un amor etéreo, sino que presenta un desafío: amar a las personas concretas. Amar a mis vecinos, a mis parientes (incluso a aquellos que no me caen tan bien), a mis compañeros de clase, a mis compañeros religiosos también, a los miembros de mi comunidad parroquial, etc. Y amar tampoco es algo romántico. Jesús nos mostró cómo amar: dando vida. Cuando ayudo a algún anciano de mi calle, cuando soy paciente con los pequeños detalles de alguien, cuando paso cinco minutos saludando a alguien o escuchando cómo está. En cada pequeño detalle estoy experimentando el amor de los unos por los otros. De esa manera, nos vamos convirtiendo en mejores discípulos y discípulas de Jesús. La primera idea de este evangelio, entonces, es que para ser un discípulo necesitamos amar, necesitamos una relación verdadera con otras personas.

Y el mismo texto comienza con una relación entre Jesús y el Padre. Uno de sus amigos lo ha dejado, y entonces, Jesús dice que cuando algo le pasa a él, algo le está pasando al Padre. Hay una hermosa relación entre Jesús y el Padre. Y si nos manda a seguir su ejemplo, debemos evaluar nuestra relación con Dios. ¿Cómo está mi vida de oración? ¿Hago las cosas por simple costumbre, o porque Dios mueve mis entrañas para estar en Misa o en el trabajo, por ejemplo? ¿Es el lugar que habito (mi parroquia, mi colegio, mi familia) una verdadera comunidad para mí? Todas estas preguntas son parte de la segunda idea del evangelio. Necesitamos una relación con Dios. Pero como vimos, no podemos tener una relación con Dios si no tenemos una relación con otras personas. Esa es la premisa número uno.

Estas nuevas relaciones, más honestas y reales, llenas de justicia y de verdadero interés mutuo, van a crear un mundo nuevo. En términos del libro de Apocalipsis, “un cielo nuevo y una tierra nueva”. Nuestro antiguo mundo se acabará. Esa es la esperanza cristiana. El mundo donde todo está calculado, donde todo es individual. Ese mundo, cuando caminamos hacia el verdadero discipulado, cambiará. Los proyectos personales seguirán siendo importantes, por supuesto. Tu éxito puede ser grande. Pero la parte más importante es que tu éxito se unirá al éxito de muchas otras personas. El sentido de comunidad crecerá, y como comunidad seremos responsables de esta tierra, de la creación, y, tal vez, en este nuevo mundo no habrá aflicción. Podremos sufrir, pero no estaremos solos, porque “Él enjugará toda lágrima de sus ojos”. Esto es algo realmente nuevo…

Oremos por esta novedad. Oremos por nuestras relaciones: con la familia, la escuela, los amigos, el trabajo, la iglesia, a través de las cuales Dios está actuando en nuestras vidas, haciéndolas nuevas. Esa es nuestra esperanza: “Yo hago nuevas todas las cosas”.

Amén

P. Juan Salazar Parra, SJ.

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