4° Domingo de Pascua. Año C. El agua viva es para todos, sin excepción. Todos tenemos vocación a la plenitud en Cristo.

 “De toda nación, raza, pueblo y lengua”

8 de mayo de 2022

Homilía 4º Domingo de Pascua

Vocación es una palabra compleja. Decimos que los profesores tienen vocación, los sacerdotes, los religiosos y religiosas y los padres y madres de familia también. Hoy la sociedad civil celebra el Día de la Madre. La maternidad también es una vocación. Nadie debe ser obligada a ser mamá. Y ser mamá no es solo dar a luz a un niño o niña. Ser madre requiere de algunas habilidades, pero principalmente paciencia, amor y tiempo. La vocación, entonces, no es solo una llamada telefónica de Dios diciéndole a alguien lo que debe hacer con su vida. Por el contrario, es un proceso para mirar nuestros corazones, buscar la voluntad de Dios y comprender lo que la sociedad necesita. Las lecturas de hoy son una invitación a comprender la “vocación” en ese amplio sentido.

Estamos celebrando el domingo del buen Pastor, pero el evangelio no comienza hablando de este pastor. El cuarto evangelio comienza hablando de las ovejas. Ellas oyen su voz, y al escucharla, sus vidas cambian. Cuando escuchamos atentamente a alguien, llegamos a conocer a esa persona. Muchos de nuestros problemas, en la familia, en el trabajo, en la sociedad, se resolverían mejor si nos escucháramos unos a otros. Escuchar y conocer a alguien genera un vínculo.  El vínculo es gratuito, no puede ser obligado o forzado. Y por eso una vocación es más que una simple “llamada”. Seguir a Jesús es más que solo escuchar lo que dice. Es escuchar su voz, dejar que nos conozca (de verdad), y luego seguirlo. Eso es un proceso. Una madre o un padre cuyo hijo está enfermo, no solo escucha el llanto del bebé, sino que también conoce a su hijo, porque ha pasado tiempo con él. Así, pueden atender las necesidades de sus hijos. La vocación es un vínculo. Y nosotros nos vinculamos unos con otros, y también con Dios. Todos estamos invitados a crear ese vínculo.

En la primera lectura somos conscientes de que algo está pasando con Pablo y Bernabé. Van a la sinagoga, y los siguen porque están predicando a Jesús. Pero no están simplemente predicando un concepto de Jesús o una idea moral de Jesús. Están comunicando su experiencia de pertenencia a Cristo. Están comunicando un vínculo con Jesús. Por eso se sienten llamados, tienen vocación de Apóstol (Pablo) y de predicador (Bernabé).

La segunda lectura conserva la imagen del Cordero que vimos la semana pasada. El libro del Apocalipsis es el libro de esperanza para el hombre y de la gloria de Dios. El cordero es adorado no porque sea inmaculado, sino porque sufrió. Ese sufrimiento hizo al cordero parte del resto de la humanidad. Podemos orar al Cordero y tener una relación con Cristo no porque sea magnífico y grande. Él lo es, por supuesto. Pero él es magnífico porque sufrió y porque en ese acto de amor que supone entregar la vida por los demás, brotó lo más grande de la humanidad. Compartimos esa parte de la vida con Cristo, y él comparte los dones de su presencia, representada como símbolo del agua, pero sobre todo de la felicidad ("el Señor apartará el llanto de nuestros ojos", dice el texto final). Un cristiano debe ser una persona de alegría. No de una esperanza absurda o de "andar arriba de la pelota", sino que tenemos vocación, somos invitados, a mostrarle al mundo que no queremos más sufrimiento, porque el reino de Dios es un reino de felicidad. Y cuando uno de nuestros hermanos o hermanas está sufriendo, nosotros también sufrimos. Compartimos esta vida, nos vinculamos como hermanos y hermanas, en la alegría y en el sufrimiento. Cuando el sufrimiento de otro o sus alegrías las siento como mías, entonces sé que el vínculo es verdadero.

Jesús nos está invitando a ver nuestra vida con esta óptica del vínculo. Todo el mundo tiene vocación de vínculo. Y esos vínculos nos conducirán a la felicidad y la justicia. Debemos escuchar a Jesús, tener una relación con él y luego seguirlo. ¿Hacia dónde nos lleva? A una nueva realidad, que estamos llamados a construir ahora, una realidad de plenitud, justicia y dignidad, que es para todos, sin excepción, como dice el texto del Apocalipsis, para gente de toda raza, nación, pueblo y lengua. En un Chile que se quiere construir desde la igualdad y la diversidad de culturas, lo primero es reconocer la profunda vocación que el Señor nos ha regalado, vincularnos, no desde las ideas, sino desde las experiencias humanas de vida, con todos los que comparten con nosotros esta tierra.

Feliz día de la Madre a todas las mujeres que ejercen la vocación de vincularse con niños y niñas, de educarlos y mostrarles un camino hacia la vida plena.

Que así sea. Amén

P. Juan Salazar Parra, SJ.

Comentarios

Entradas populares